jueves, 3 de julio de 2014

La visión subjetiva del paisaje




 
En el museo Malraux de Le Havre exponen una maravillosa monográfica sobre el pintor Nicolás de Staël (todavía estáis a tiempo de disfrutar de ella) En uno de los paneles explicativos se cita una frase suya, cuya literalidad es, más o menos, esta: pinto la expresión subjetiva de una emoción causada por la visión de un paisaje. Vale la pena pensar sobre ella; a mí me ayudó a comprender el porqué de esas fuertes formas grises, verdes y azules, a veces incluso en paisajes muy alejados de Normandía, como el Mediodía francés, el sur de Italia o la Francia ultramarina.

Me pregunto de qué tonos pintaría el genial pintor la geografía de esta España nuestra; qué emoción subjetiva llevaría al lienzo. Quizá, al vuelo de lo que ocurre en estos tiempos en el tuétano de este sistema en juicio, se fijaría en la etapa oscura de Goya. Y quién sabe si, de sus obras más oníricas y terribles, no sería la de Cronos devorando a sus hijos la más inspiradora.

La verdadera profundidad de este desmayo colectivo, de ese horror sordo, se hace evidente y doloroso cuando la ilusión ya no prevalece. Ninguna falacia, por necesarias que estas sean,  se sustenta en cuanto hemos perdido toda fe en los símbolos que la crearon. Suenan extemporáneas las llamadas a la decencia en quien no es decente, la invocación de la Democracia en quienes la pervierten con su latrocinio, el escarnio y la burla a la opinión pública en quién ni siquiera puede sostener un discurso digno, el retorcimiento bizantino de leyes que solo son vara cuando a quien las promulga les conviene, y goma cuando hay que estirarlas para que quepan sus comportamientos.

Pero que nadie se llame a error, la corrupción solo es llevable cuando a nadie afecta en apariencia, como la carcoma no se toma en serio hasta que el mueble se pudre. Los corruptores, en otro tiempo llamados triunfadores, envidia de los mediocres que sueñan con dejar de serlo a fuerza de gomina y maletín y cacería y tarjeta de empresa con sede en Suiza, ya no son el modelo. Se detestan sus pelos engominados y sus trajes de cuatreros, se celebran sus cementerios de ladrillo, monumento a su ruina, se les espera con ansia en furgones policiales y cárceles. Ya no cortamos cabezas, no hay guillotinas (aunque lo nuestro era el garrote), solo esperamos verlos pudrirse en una celda. En cuanto a los corrompidos, a esos que se enseñorean de su cargo o su función, que se diluyen entre las filas prietas de un partido, un sindicato o una sociedad mercantil, sus llamadas al respeto de la ley, sus declaraciones altisonantes de inocencia y persecución, provocan tanto hastío como antes indiferencia. No se les exigirán dimisiones. Quien será cesado, si los ciegos no quieren ver y los sordos no quieren oír, es el sistema que ellos han convertido en un barco de cuadernas podridas.

Quizá de Staël encontraría matices en este cielo que pesa como una losa. Atisbos de luces ciruela, reflejos brillantes, pequeñas gotas de color que salpican el manto. Gente modesta, pero gente que, después de todo, seguirá aquí cuando pase la tormenta.

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