jueves, 10 de julio de 2014

Hasta luego, Josep


Me digo que ya está. Que esas manos se me hacen extrañas, que no parecen tuyas. No se mueven, no gesticulan.  No atrapan la pluma ni escriben en tu libreta con letra apretada. Ya está. Este no eres tú ¿No lo eres, verdad? No veo tu chaqueta de pana, no veo ese jersey que me hizo pensar en ti como un cantautor de los setenta, en francés, claro. El pelo canoso, tus gafas de pasta, la nariz larga y el discurso rápido, vehemente, sin fisuras. Y esa pequeña rojez que te salía en el cuello cuando algo te irritaba o te emocionaba.

¿Te acuerdas? Fue en la Virreina, por supuesto; tu campo de batalla desde que bajaste de Arán y ya no existía aquel puesto de periódicos en la Terminal de Lleida. Allí, sentados en la terraza, soñabas que Rimbaud, por fin, te llevaba a tu querida Francia. Y yo negué tres veces antes del alba, y tú tres veces aguantaste mi embestida, y como bien sabe el agua solo dejaste que fluyera la magia. ¿Cuántas veces, Josep? Las jodidas palomas en la mesa buscando nuestras migajas, los libros esquivando surcos de cerveza, tú de agua. Siempre protestando, siempre quejándote porque nosotros, Gori, Ilya y yo queríamos comer fuera para fumar. Siempre tuviste el frío cerca, pero al final, era la conversación la que te calentaba.

Aquella primera vez, cuando volvías o ibas a Valencia con Gori, y me llamaste para decirme aquel mítico ¡¡¡ Tioooo els americanssss!!! Fue nuestro primer gran momento. Predijiste tantas cosas que me pregunto si no te has ido para no tener que contarlas.

Sé que es verdad, porque están aquí ellos, los de tu círculo. Porque al abrazar a Olga, lo que me dice me explota dentro, como al ver a Pol. Dios, qué muchacho has levantado. Sí, es verdad, y de nada sirve ese mecanismo de pararlo todo para no pensar. Te has ido, qué putada. Ahora comprendo aquella conversación en Bilbao, cuando ya éramos otros tú y yo pero todavía éramos nosotros. Creo que en ese momento fui de los de verdad, de los que fluían en el mismo río. Luego, aquella conversación en el Frankfurt junto a la vieja Catalonia lo cambió todo, para siempre.

La única experiencia radical posible con la que hay que contar es la muerte. Cuando te llamé para decirte que iba a prologar Respirar por la Herida con esa frase tuya…¿Qué me dijiste? La muerte, los sueños, siempre acabábamos ahí. Te vi cerca del tuyo, en la presentación de tu Rubianes. Te vi feliz. Y te vi triste cuando nos fundimos en aquel abrazo. ¿Eso te dejo, Josep? Una frase tuya en una novela mía. Tan poco a cambio de tanto.

Te has ido. No sé por qué. Y ya no puedo decirte por enésima vez que mis enfados son aire contigo, ni tú puedes decirme que, quizá, además de la muerte, Rimbaud olvidó algunas otras experiencias radicales. Como la del amor y la verdadera amistad.

 La tuya y la del grandote.

Siempre queda algo que decir cuando no queda tiempo. Otra frase de nuestros encuentros. ¿Qué nos hubiéramos dicho, Josep? Cabreados, dolidos, abrazados. Solo el verdadero amigo se ofende cuando aquel a quien quiere no puede decirle las verdades del domingo sin aminorar un ápice el rumbo de esa amistad.

Te miro. Veo tu reloj, las flores, escucho las voces. Veo como ellos protegen a tu familia, como cierran filas contigo. Vete tranquilo. Ahí están todas las respuestas que buscabas? Vete apuntando. Cuando nos veamos, me sueltas tu frase preferida: ho veus? Ja t’ho deia jo!

Maldito y querido genio, querido amigo, busca una terraza donde se pueda fumar, una esquina de la plaza donde dé el sol y espérame. Puedes seguir escuchando,mientras me esperas, tu música preferida con esos auriculares gigantes que te dan aire de sabio enclaustrado en su pensamiento.
  Salgo de la sal de velatorio sin saber qué decirte: un ja parlarem? un això ho hem d'aclarir? un lo he pensado, y tenías razón? Es, ahora lo sé, mientras te digo adiós, un hasta luego, Josep!

1 comentario:

  1. Egoistamente, cuando una persona de tu misma edad se muere de repente, y tu te crees joven aùn, te preguntas cuando te tocarà a ti… Ademàs, aunque no conocí personalmente a Josep Froment, hablé con él por teléfono hace poco, y él aceptò leer un manuscrito mío con una naturalidad y simplicidad que me conmovieron, ya que en otras editoriales el contacto a menudo es bastante impersonal… No me dio esperanzas falsas pero me hablò con mucha humanidad y mucho profesionalismo. Es una pena pensar que no llegaré a conocerlo...

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