lunes, 2 de junio de 2014

Se va el Rey. Yo me quedo

En el orden natural de la vida estas cosas pasan con la sencillez de lo inevitable, y aún de lo deseable: los hijos toman el relevo de los padres. Lo que ocurre con el caso de don Juan Carlos I es que las reglas naturales de la vida parece que no sean de aplicación a la institución de la Monarquía. Aunque al final, de sangre azul o sangre de carbón, todos debemos plegarnos a lo evidente. A todos nos espera el mismo horizonte: los años. Eso mismo pensé hace un tiempo, durante una visita al panteón de los Reyes, cuando el guía señaló un hueco que esperaba al entonces todavía lustroso monarca.
Tiempo habrá para conocer las razones de la abdicación que hoy se ha anunciado. Conoceremos las evidentes y las que soto vocce han terminado por decidir al monarca a tomar esta decisión, que, estoy seguro, habrá sido tomada de un modo mucho menos libre y personal del que nos querrán hacer creer. Todo vuelve, habrá pensado el abdicante monarca al pensar en la relación con su padre, el Conde de Barcelona.
El Rey abdica, cuando precisamente todos los jubilados y abuelos de este país no pueden hacerlo. Juan Carlos se marcha con "orgullo y agradecimiento" tras cuarenta años de reinado, satisfecho de su labor, y bien está que tenga esa consideración de sí mismo y de su reinado. Para los historiadores, politólogos e inventores de tramas a toro pasado quedará el análisis de su tiempo y sus acciones.  Pero en lo que a mí me atañe, quiero recordar que cientos de miles de pensionistas han trabajado tan duro como él, o más, para levantar este País y pilotarlo desde la Dictadura a la UE; todas esas vidas, todas esas generaciones de luchadores que también merecerían un justo descanso, pero que no pueden abdicar de los problemas de sus hijos, de sus hipotecas, de las luchas por recuperar sus ahorros, de la pobreza energética. Duele mucho ver a personas que no pueden descansar tras toda una vida de trabajo porque que a caballo de la crisis necesitan de sus exiguas pensiones para sobrevivir y hacer sobrevivir a hijos y nietos. Si todos los jubilados de este País abdicaran, nos iríamos hoy mismo al garete.
Pero no quiero que me acusen de demagogo o de confundir el tocino con la velocidad. De todo este jaleo que vendrá en los próximos días, de tertulianos y periodistas que volverán de las catacumbas para darle lustre a este momento, lo que me interesa saber es cómo vamos a articular el futuro. La Monarquía no es ni de lejos el principal problema del Estado, pero forma parte del engranaje de instituciones que pilotaron la transición española sin haberse sabido adaptar a la realidad actual. Se solía decir que en España no había monárquicos sino Juan Carlistas. Yo nunca he sido ni lo uno ni lo otro, pero tampoco diré que ser una República vaya a hacer de este País algo mejor. Lo que está claro es que el sistema en su conjunto no está a la altura; ya no somos aquella España, ya no funciona el sistema de 1975, y la sociedad actual plantea retos que parecen superar la estructura del Estado.
El Príncipe Felipe me parece un hombre de su tiempo. Y eso puede significar algo, mucho o nada. Que me caiga bien, que parezca sensato, que crea que es un relevo necesario si quieren salvaguardar la Institución, no implica más juicio de valor que la simpatía. No se puede plantear la viabilidad de la monarquía parlamentaria desde ese prisma. Hay que hacerlo desde el convencimiento de que es el momento de empezar a construir un nuevo Estado. Empezando por la monarquía y acabando por el funcionamiento de la vida parlamentaria, por la estructura administrativa, de partidos, sindicatos, etc..
Ese debate, necesario e inaplazable, no podemos hacerlo desde las filias o las fobias, sino con perspectiva de futuro, con criterio de eficiencia, pragmatismo, y sí, con la dosis necesaria de utopía, de esperanza y de decisión.
Entre tanto, reconocer que el presente nunca será justo con el pasado, que pese a esta deriva última e implacable, la España de entonces y la de ahora no podría comprenderse sin la figura de Juan Carlos. Aguantaremos pues, estoicamente, el chaparrón que está por venir, y entre tanto, seguiremos luchando por nuestro día a día a la espera de ver quién hace propósito de enmienda y nos discursea la próxima Navidad.

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