lunes, 26 de mayo de 2014

Corta es la memoria.

Mi colegio electoral está en el aula de un instituto, cerquita de casa. A primera hora, la niebla que baja del Montseny todavía no se ha levantado del todo pero las puertas ya están abiertas, las urnas dispuestas, los pupitres y las sillas arrinconadas en una pared bajo la pizarra donde queda el rastro difuso de una clase de lengua. Las papeletas están dispuestas en montoncitos de voluntades, como en un mercado persa donde uno puede encontrar de todo, desde lo conocido a lo exótico pasando por lo indiferente. Tal vez es una impresión mía, pero tengo la impresión de que a estas elecciones han concurrido más formaciones y partidos que nunca. Quiero pensar que el bipartidismo se resquebraja, que la gente empieza a pensar que existen más opciones; a fin de cuentas ya no estamos en la Regencia, tampoco en el tiempo de los bienios. También tengo la impresión de que concurren aventureros, filibusteros de lo político que se han enterado de que por ahí arriba está bien pagado eso de sentarse en la butaca azul (exageradamente bien pagado, de hecho), gente con problemas domésticos que busca el aforamiento, figuras políticas en declive a las que se les buscan salidas "honrosas" a condición de discreto silencio; también plebiscitos inventados e imaginarios donde se ha metido la idea de que votando una cosa (la constitución del Parlamento europeo) se está votando una muy otra, confundir lo de casa con lo de fuera, remover con un palo y pescar en río revuelto. Otros han planteado estas elecciones como un plebiscito de liderazgo o como el refrendo a una política de gobierno.
Pocos, tengo la sensación, han votado lo que se votaba en la clave que tocaba. Europa, aquel sueño que nació con el llamado Mercado Común Europeo, que buscó su primera identidad unitaria cultural en el fallido intento del Esperanto, que dio filólogos y escritores, pero que no cuajó como lengua de todos.
Delante de mí hay un matrimonio de ancianos. Deben pasar de los ochenta, se sostienen el uno al otro, se consultan entre sí sobre si han escogido la papeleta adecuada (no quiero oírles, pero hablan muy alto). Me pregunto de dónde vendrán, quién les ha acompañado y quién los devolverá a casa. Volver a casa, ese lugar que identificamos con cuatro paredes, con los recuerdos personales, y que hay quien confunde con banderas que se ondean solo cuando conviene. Me hace gracia la alegoría de este matrimonio, que habla en castellano seco, diría que extremeño, la férrea voluntad con la que depositan la papeleta en la urna, casi vacía. Un gesto que les parece de una solemnidad absoluta. Los veo marcharse y me pregunto por qué han venido a votar, qué han venido a votar. Me gustaría preguntarles por qué siguen creyendo en el futuro, y qué futuro imaginan.
Dejo mi voto con un poco más de tristeza; nunca nadie me ha prohibido ejercer mi derecho, excepto mi propio escepticismo, contra el que tengo que luchar. Cada uno elige sus motivaciones, y esta vez mi decisión ha estado supeditada al peso de la evidencia de que las extremas derechas están subiendo en Europa, tan amnésicos estamos, tanto daño nos está haciendo esta generación de ideólogos sin ideas, estos matarifes de la esperanza que reinan de norte a sur en pro de lo que solo les interesa, la divisa. Me cuesta creer que en mi admirada Francia haya ganado Marine Le Pen, y me digo por qué los socialistas franceses no conjuran ese peligro en vez de venir a dar mítines a España.
Me pregunto asombrado si la torpeza, la corrupción, la estulticia y la ceguera de miras de nuestros dirigentes en Europa hará posible que vuelva el horror del populismo que creía desterrado. ¿Morirá Europa, la Europa que sueño, antes de nacer? ¿Se acabarán los sueños de los que no tenemos más hogar que aquel en el que estamos? ¿Se cerrarán las vías de conocimiento mutuo, de compartir, de cultura y progreso que apenas empezamos a trazar?
Me digo que no, que no bastará con mi voto, que la democracia en la que yo creo me empuja a ser activista de esa sociedad en la que creo; que mi obligación es ser puente de un lado a otro.
Salgo del colegio electoral con un mal presagio, y mientras camino de regreso a casa veo a los dos ancianos. Caminan despacio, discuten de política acaloradamente. Sonrío.
Joder, claro que vamos a conseguirlo.

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