domingo, 4 de mayo de 2014

Mayormente nublado.

Apenas pongo un pie en el aeropuerto de Ginebra, mi teléfono me advierte de que el tiempo que me espera para este fin de semana es "mayormente nublado"; como si no me bastara con alzar la cabeza para ver los gruesos nubarrones que se concentran sobre el Palexpo y la autopista que lleva a la ciudad. Un cielo opresivo casi a ras de los dedos y unas gotas de lluvia a modo de advertencia.
Bajo el brazo traigo un periódico que he tenido tiempo de leer en el avión. Un periódico nacional con el desfile habitual de noticias penosas e hirientes sobre la deconstrucción de nuestro joven estado del bienestar. Paro, corrupción, pocas noticias positivas sobre Cultura o educación y mucho fútbol (felicidades, por cierto a los "Indios" del Atlético). Nada nuevo en el horizonte que dejo atrás, soleado pero con más nubes que este cielo ginebrino.
Alguien hará un chiste fácil unas horas más tardes mientras le firmo un ejemplar de La Tristeza del Samurái ("Usted podría haberlo titulado la Tristeza de Suiza si lo hubiese escrito aquí). En todo caso, le respondo, debería leer bajo las palabras y se daría cuenta de lo que pone en realidad, "La Tristeza de España", la tristeza de comprobar cómo aquel sueño que nació en 1978 se va deshaciendo poco a poco hasta convertirse en mera caricatura.
Miro a mi alrededor en este salón del libro y veo los pabellones de África, de Túnez, de Arabia Saudí, del Canadá, de Francia, de UK; hay cientos de niños en edad escolar de primaria que recorren los estands, hojean los libros, recogen puntos de lectura, se sientan en el suelo formando corrillos para escuchar a los cuenta cuentos. Observo los diferentes puntos de encuentro simultáneos a rebosar de público (desde literatura de viajes a novela negra, hay decenas de ellos a la vez). Pregunto el precio de algunos libros; tienen un 20% de descuento y aún así son desorbitados para los estándares españoles, pero la gente se los lleva casi con avidez. Qué extraña maravilla, pienso.
Suiza es un país que forma una especie de burbuja rodeada por realidades que quieren entrar en este lugar de idílica apariencia (inmigración, paro, alto nivel de vida, tasas impositivas -estas sí, a la altura de las nuestras -la crisis y la corrupción también asoman la patita por aquí). Pero a diferencia de nosotros, no miran para otro lado ni se desentienden de la realidad cotidiana. Tienen clarísimo que la educación, la cultura y el espíritu crítico son la base de su independencia. Me explican proyectos culturales, la política del libro del Estado, los programas de divulgación que van desde la música clásica a la propia lectura en colegios. Es impensable que un gobierno se dedique a torpedear la cultura, el cine, la literatura. ¿Por qué íbamos a hacer algo así? me comenta incrédulo un político regional: sería torpedear nuestro propio barco.
Sonrío. A veces la evidencia me sonroja, me avergüenza tanto que soy incapaz de tratar de explicar lo incomprensible.
Paseo por Naciones, observo las embajadas, los centros de la ONU, y leo sin engañarme el contraste con las mansiones a pie del lago, las grandes centrales bancarias, los organismos internacionales convertidos en hormigueros de burócratas. Nada es perfecto, desde luego. Pero qué quieren que les diga, por mucho que llueva en Ginebra uno siempre encuentra rincones en los que ve a la gente leer, pequeños ensayos de músicos y cantantes en los jardines de la Universidad, discusiones con sentido sobre política en el faubourg donde viven mayoritariamente subsaharianos. Ah!! Barcelona!! me dicen con tono admirativo: qué hermosa ciudad y qué derroche de Cultura. Yo ensayo una sonrisa que ni dice que sí, ni dice que no. Sí, Barcelona es preciosa (todos miran al cielo añorando ese sol mediterráneo de las postales), pero me pregunto qué pensarían si conocieran la verdad, las dificultades para sacar cualquier proyecto cultural adelante, la fiscalización brutal contra el libro, la piratería, el comadreo...Pienso en mi último fin de semana en el II encuentro de las Casas Ahorcadas en Cuenca, en los esfuerzos de Sergio y sus amigos para divulgar la lectura (negra, blanca o rosa, qué más da...). Casi algo heroico, cuando debería ser algo normal. 
Van a llegar las elecciones europeas, y yo, europeísta convencido, ya lo saben, divago con la mirada perdida en el lago de Ginebra y pienso si seremos capaces de creer que podemos aprender de nuestro pasado, dejar atrás nuestro miedo y atrevernos a ser ciudadanos de pleno derecho. Me digo que sí, pero con la boca pequeña. Entretanto, dejo que los demás me envidien por ser catalán y de Barcelona, sin saber cuánto les envidio yo a ellos.
"Mayormente soleado" me recibe a la vuelta mi teléfono. Solo espero que el sol salga alguna vez de verdad.

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