domingo, 20 de abril de 2014

La tentación del simplismo.

Es difícil escapar de la sacudida continua a la que se ven sometidos nuestros sentidos. Tenemos, sufrimos y padecemos tantos estímulos a la vez que en ciertos momentos nuestro cerebro se irrita de tal modo que necesitamos hundir la cabeza en una bañera llena de agua para cerrar, aunque sea un momento, ese canal donde todo fluye tan de prisa que es imposible asimilarlo.
La verdad es que le dedicamos poco tiempo a pensar con un poco de calma. El ritmo de la vida nos lo prohíbe. Quedarse quieto, mirando las musarañas, es algo que se nos antoja un lujo inaceptable. Siempre hay un libro que leer, un correo que escribir, una opinión que dar, un programa que ver. Hay que archivar la información en esta o aquella casilla y pasar a la siguiente sin pausa.
Esta práctica es casi tan dañina como la falta de estímulos. No podemos discernir lo importante de lo superfluo, lo cierto de lo aparente, y a menudo tomamos posición ante las cosas, ante los demás, ante nosotros mismos, partiendo de premisas erróneas o incompletas.
Nos hacemos previsibles, o eso se diría a juzgar por el modo de tratar la información, las campañas de publicidad, los discursos públicos y, ya que me toca, la literatura o la cultura. Nos volvemos seres simples que reaccionan a un estímulo inmediato, fabricado para contentarnos o movilizarnos hacia una postura de apatía o de rebeldía controlable.
Es la doctrina del liberalismo que ha terminado por imponerse a cualquier otra forma de consideración del individuo y su entorno. El ser individual sobre todo (pero sin verdadero valor), el presente y lo inmediato como única frontera, la cultura de lo acomodaticio como sueño de progreso. El yo nitzcheano despojado de su súper ego y transformado en caricatura de su propio egoísmo, de su inhabilidad para sustraerse del entorno saturado y descubrir su propia individualidad, sus propias necesidades.
Sin embargo, lo cierto es que no somos tan simples como puedan hacernos creer. Cada persona tiene una particularidad que debería distinguirle del otro como algo positivo: eso es el intercambio. Tú me enseñas lo que no sé, yo te enseño lo que sé. No existe una única sensibilidad, no hay verdades absolutas porque quienes las propagan no están en condición ni en poder de arrogarse esa sabiduría.
¿Somos más felices? ¿Nos sentimos más libres? ¿Realmente puede este sistema basado en el egoísmo y la uniformidad ayudarnos en nuestro desarrollo individual?. Si metemos la cabeza en la bañera un momento descubriremos que no. Y también encontraremos que en los muros que nos han dibujado delante hay resquicios para otra realidad. Una realidad múltiple donde el individuo es mucho más que una célula controlable o amputable, más que mano de obra, consumidor, votante o parte de una masa amorfa y gris manipulable. La importancia de colocar al individuo en el centro de Todo radica en descubrir que junto a ti existe otro igual a ti, idéntico pero diferente, y que juntos formáis una corriente continua que puede y debe dirigir su propio destino.
Hoy es una utopía. Mañana será una realidad.

1 comentario:

  1. Perdona que no sea tan optimista, en contra de lo que pudiera parecer, en esta epoca donde mayor podria ser el conocimiento, mas lejos veo que esto se llegue a realizar, porque las herramientas las tenemos ahi, pero muy poco gente las utiliza de forma correcta para crecer como persona.

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