jueves, 10 de abril de 2014

Diario de una estancia en la memoria. IV y final.

Por fin el último día aparece un día radiante en Gaillac. Me apetece dejar todos los documentos, las grabaciones y las fotografías que he estado estudiando estas semanas. El sol incita a pasear y a relajarse un poco antes de la clausura esta noche de mi estancia, con una lectura y un pequeño coloquio. Camino hacia la Abadía guiándome por el curso del Garonne. Parece que los ríos y los caminos tienen un simbolismo recurrente para mí; me ayudan a pensar, a tranquilizarme y a ver las cosas sin el peso de pensamientos confusos. La rivera del río está cubierta de árboles (creo que son eucaliptos) que se reflejan en el agua de tono verdoso, con los campos al fondo y un cielo punteado con nubes claras. Parece el momento ideal para que un pintor impresionista se acomode y tome apuntes. Los arcos del puente nuevo me hacen pensar en los españoles que vinieron a construirlo. Poca gente conoce esa historia aquí, como pocos saben que a unos dos kilómetros en dirección a Brens hubo un campo de concentración disciplinario, un campo exclusivamente de mujeres donde se juntaban españolas "rebeldes" que protestaban contra la separación de sus familias en Argelèrs, polacas, alemanas, francesas y también judías. Bajo Petain, sesenta de esas mujeres fueron deportadas a los campos de exterminio de Alemania.
La historia viene a contrariar esta postal en el Midy. Camino hacia el café des Sports en el centro y me pregunto cuántas de las personas que toman el café al sol saben que aquí se reunían los españoles que llegaban de todas partes buscando un trabajo, unos papeles para poder sacar a sus familias de los campos, sin importar lo que les pagaran, trabajando por cuatro perras. Supongo que pocos, y aunque lo supieran se encogerían de hombros como lo hacemos nosotros en casa al mirar nuestras fronteras y sus vallas: la vida es dura para el inmigrante, para el desterrado, como lo ha sido siempre. Esa indiferencia ante la Historia es la que relativiza su significado, la que permite que lo horrible se convierta en cotidiano, y con todo, lo más terrible es la auto justificación, el miedo que empuja a los pueblos a ser cínicos o ciegos ante las tragedias ajenas.
A favor de la ficción está que, precisamente, no es Historia. A un escritor no se le puede exigir veracidad (lo que ocurrió) sino verosimilitud (lo que podría haber ocurrido). La ficción no es historia. La Historia, su estudio, es una ciencia que se fundamente como tal en el análisis de datos concretos y hechos objetivables. Más tarde, ciertamente, esos datos serán interpretados de un modo u otro en función de la visión que sobre ellos pose el investigador. La ficción, por contra, es perfecta para recrear lo que la Historia no puede: la emoción. Como escritor, yo puedo, quiero, sumergirme en el proceloso mundo de las historias que he escuchado más allá de los datos, puedo contrastar los relatos con las fechas y los estudios y constatar sus incoherencias, y eso no me importa: yo no busco una certeza histórica; busco una certeza vital.
Si no fuera escritor, no podría escribir sobre lo que he sentido al tener en mis manos una carta manuscrita, escrita en diciembre de 1949 por un condenado a muerte que días después fue fusilado en Barcelona, cuyo cuerpo sigue sin aparecer. Más allá de las fechas y los datos objetivos que esa carta encierra, está la letra picuda, el temple en el pulso, la sangre fría para pedirle a su mujer cosas nimias: mantén la relación con mis padres, el testamento está en tal cajón, cuida que las niñas no falten a escuela...Consejos y temple que se rompe al final con una posdata, como si en el último segundo le faltaran las fuerzas y se delatase su tormento, una posdata escrita en letra nerviosa, en línea descendente con tres palabras: te quiero, te quiero, te quiero...
Para la Historia, esas palabras no son datos. Para la ficción lo son todo. Precisamente porque son reales.
Dice mi amigo y admirado Alfonso Cervera que la emoción es un arma de doble filo, que nubla la vista e impide ir al fondo de las causas y las consecuencias. Yo, cada vez estoy más convencido de que se equivoca, aunque entiendo lo que quiere decir. Yo reivindico la emoción como una forma de inteligencia tan válida como cualquier otra. Porque es a través de la emoción que el relato de lo vivido transciende la simple evidencia de los hechos. Escribir desde la emoción es identificar el sentimiento, adentrarse en el marasmo confuso de las pasiones ilógicas y muchas veces irracionales (ese pastor que se niega a cruzar la frontera porque los gendarmes no le dejan pasar con su rebaño y prefiere volver atrás, ese muchacho que se hace maqui porque un guardia Civil le mató a su perro...), y que, en último término son más reales que la propia realidad.
La verdadera emoción que persigo no es el patético discurso de una desgracia, ni siquiera las lágrimas que afloran en quienes escucho y de las que procuro huir. No es la pasión de un odio anclado en pasados agravios. Aprender a escuchar es aprender también a saber lo que es cierto y lo que es desiderativo (que no mentira), discernir un camino útil entre tantas pasiones para "explicar" una historia. La ficción es limitada en el tiempo y en el espacio por la propia forma del relato, y eso me obliga a ser coherente, a que todo tenga un principio, un desarrollo y un final comprensibles, cuando en la realidad, a menudo todo es disperso, confuso e inabarcable. Desde la emoción, repito, puedo acercarme a estas personas y sus historias y darle un valor añadido al relato frío y necesario de los datos, las fechas y los lugares.
Escuchar no es siempre fácil. Duele, me interpela, hace que me pregunte sobre mi pasado, sobre mis abuelos, sobre el papel que ellos jugaron. Pero me obligo a volver, dejo para más adelante mi propia construcción memorística, y cada noche, al volver y repasar las notas del día siento que estoy vacío, que toda mi energía se ha quedado en esas personas. Y que sin embargo, no estoy mucho más cerca de la verdad. tal vez porque la verdad es una ficción, porque en los muros de un cementerio donde he metido los dedos en las huellas de proyectiles asesinos ya no queda sino silencio. Eso es lo peor, el olvido. Porque no es un olvido sano, no es una cicatriz que curó y que uno ya no siente dentro. Sigue ahí, latiendo, incapaz de salir. Me pregunto porqué esta cerrazón, porqué este negarse a hablar los unos con los otros (una señora francesa, en una discusión entre anarquistas y comunistas espeta: "cuando va a acabar de una vez vuestra guerra"), No se trata de derechas o de izquierdas, no se trata de qué culpas pesan más...No creo que estas personas que buscan aún a sus familiares en una tierra que ya no es suya tengan ganas de venganza. Quieren restitución, necesitan saber que todo lo que les contaron, que sus recuerdos de la niñez son ciertos. Necesitan verlo, saber que en esa fosa está su padre, su abuelo, su tío. Y ¿luego? Luego nada.
Por todas partes suenan otra vez las patrias y las banderas. Siempre suenan las trompetas en los tiempos del miedo. Yo, hombre libre, me declaro insumiso ante esta Historia de los Pueblos que solo es patrística, que solo es cronología, mito, verdad o invento. Me rebelo contra cualquier memoria inventada como coartada para excluir al otro. Porque esa Historia miente, la cuente quien la cuente si no tiene en cuenta a los hombres y mujeres que la pueblan. ¿Tan difícil es abrir los ojos y mirar? ¿No es posible construirse a uno mismo sin destrozar al otro? ¿No podemos convivir en paz?
No hablo de conceptos morales. Hablo de la Ética. Pero, quizá, eso sea motivo para otro viaje a la memoria que todavía no estoy preparado a iniciar.  
De todos los poetas, quizá sea Machado quien mejor habló de lo que es la memoria. Un camino que no existe, un camino que se hace al andar. Resulta paradójico, y triste, pero evidente que el gran poeta de la paz esté enterrado en una tierra extraña que le recibió solo para verle morir.

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