martes, 10 de junio de 2014

Cruzando Alcalá con Un Millón de Gotas.

Hay quien piensa que todas las praderas de cemento se parecen, pero sentado frente a este río de hormigón que es el Paseo de Gracia de Barcelona, se hace difícil evocar ese mismo cielo que a todos nos cobija y que ha sido mi paraguas azul este fin de semana en el Retiro de Madrid. Es como pintar un espejismo que cosido en las pupilas se difumina lentamente, uno de esos sueños abandonados que llegan justo antes de despertar.
Corren los tiempos que corren, y lo hacen a toda velocidad. Se van los Reyes que parecían eternos y con ellos se cierra el telón de mi infancia, voces antiguas regresan en Repúblicas aprendidas en la oralidad de los mayores, se convulsiona la conciencia de las sociedades, de prisa, sin tiempo para la pausa, cuando pedir tiempo para pensar es perder el paso de lo inmediato y quedar excluido. Soplan vientos favorables para los filibusteros, para los bucaneros de ocasión, para los idealistas sin ideales, para los rebeldes con causa (la que sea), para el farfullo y la grosería, vientos de tormenta que quizá solo sean nubes pasajeras o quizá revienten las crujías de este barco que ya lleva demasiado gritando Tierra sin ver nada. Y mientras cruzo Alcalá con Un millón de anhelos bajo el brazo, atrapados todos en un libro homónimo, vuelvo la mirada hacia esa gran puerta de números romanos (que cada año leo para no olvidar la cifra) y me pregunto cosas. Me pregunto para qué sirve una puerta sin batientes, los arcos que atraviesa esta mañana, la misma que cantaba Víctor Manuel y también me pregunto qué diría Carlos III al ver el todo para el Pueblo sin el Pueblo revertido en el Paseo de los carruajes; qué clase de apoplejía sentiría al comprobar que ese hormigueo que baja hacia el ángel caído va y viene, nada más y nada menos, que en busca de un libro. Cientos de miles de ellos, todos iguales, todos distintos, esperando, ávidos la mano que los abra, la mirada que los acaricie, temiendo la indiferencia del que pasa de largo. Qué extrañeza sería para el monarca ilustrado y sus cohorte de habladurías cortesanas ver a esos seres encerrados en casetas numeradas, escritores ellos (¿tantos?), que parecen puestos en museo para ser observados, algunos admirados, pocos leídos, menos comprendidos, y mayormente ignorados. Así es la Democracia, querido monarca. Incluso Su Alteza pasaría desapercibido, pues aquí, cruzando Alcalá, el único dueño es el silencio de lo dicho. El libro.
Y como en un zoco medieval, convergen con el público y a su llamada los tahúres de lo mediático, las estatuas humanas, el señor robot de plástico que morirá asfixiado bajo el calor en su traje reciclado si alguien no lo remedia; en las esquinas un cuarteto de cuerda hace sonar la melodía de Juego de Tronos, se lee en alto al Gran Aureliano Buendía, un anciano desvariado (o certero) usa el aire de púlpito y grita diatribas contra políticos a los que condena a la condición de reencarnarse en pulgas (nadie le escucha, pero todos le entienden)
Y yo, en medio de todo, parte de todo. Fuera y dentro de todo. Me acerca mi amigo Paco a la caseta un vermut y sigue calle arriba, firma mi compañero de mil batallas sin desánimo y sostiene la mirada de cuantos le miran y le cuentan.
Me encantaría conocer a quién pertenece esa bella voz que cada hora anuncia el nombre de los escritores y sus casetas. Espero con la sonrisilla traviesa de un chiquillo el momento, "ya llega": Víctor del Árbol firmando Un  millón de Gotas en...Nadie parece escucharla, pero tiene una voz tan bonita como la de la megafonía del AVE en Atocha, como la del Aeropuerto de Barcelona, como la de un anuncio de vacaciones paradisíacas. Preferiría no saber que es una cinta grabada (si es que existe todavía tal cosa)
En un bar, bajo las lonas, suena música de Rosario Flores, y a mí, que no me tira el flamenquito playero se me ocurre pensar que sin música el mundo sería silencio, y que no podría inventarme playas en El Retiro ni versos en la libreta que me ha traído mi amigo Juan Carlos. Tan abstraído me tiene el run-run de esa música que casi se me olvida el nombre de quien tengo delante. Se me van los nombres y eso es terrible, porque querría acordarme de todos, de todas las caras, de todas las experiencias, de todos y cada uno. Porque cada vez que un libro sale de mi mano y pasa a las suyas me gustaría saltar el muro de feria y dar un abrazo. Pero claro, la gente se asusta con esa clase de gestos. Somos como esas bellas imágenes de Wildlife que escoltan el paseo de Carruajes: la vida Salvaje, lobos, tigres, Osos, ballenas en espectaculares imágenes estéticas y estáticas. La gente los fotografía también, pero correrían si saltaran del marco a la palestra. Tal que nosotros, y ¿Quién sería yo? me pregunto: el tiburón blanco que salta con la boca abierta para zamparse una pobre foca? Preferiría ser el Tigre Siberiano que alarga la zancada elegantemente en la nieve, pero uno no siempre puede elegir ser lo que es.
Llega Raquel y que me perdone mencionarla, para enseñarme una palabra nueva, una que vosotros, santos inocentes, desconocéis igual que yo:bipandador. ¿Para qué sirve eso? Me enseña una fotografía y lo entiendo. Buscadla también, y preguntaros, como lo hago yo, qué ignorantes somos del significado de algunas palabras hasta que vemos la encarnación de para qué sirven. Se llama Alejandro, tiene unas pestañas como arcos tensados o trampolines que empujarían hacia arriba la lluvia, y unos ojos tan hermosos como los de cualquiera que solo tiene mirada. Y parálisis cerebral, y una madre que no podrá darle a leer mi libro, y que tendrá que buscar bajo las piedras esos 1.800 euros que vale el dichoso aparatito y que nadie, ni en Monarquía, ni en República, ni en El Paseo de Gracia ni en Alcalá, está dispuesto a darle.
Qué jodido es a veces el mundo real. En cuanto levantamos la vista de un libro, zas, ahí está para golpearnos.
Llega esa hora de retroceso y soledad, ese momento de despedirse de los libreros y de los libros y de remontar el Paseo, camino del hotel. Pienso en ese chiquillo, miro mi libro, enciendo un cigarrillo. Cruzo en rojo. Casi me quedo sellado en un paso de peatones de Alcalá.
No hubiera sido un mal destino, frente a la puerta del Retiro.
No me jodas, me digo en El Paseo de Gracia, acabando esta crónica que no lo es antes de acabarme mi quinto. Uno no debería morirse nunca cerca de lo que quiere estar siempre vivo.
Larga vida al libro, larga vida a la Feria de Madrid, y un abrazo desde el alma, Alejandro.

3 comentarios:

  1. Madre mia no me canso de leerte,no te quedes sellado en ningun sitio.Si,larga vida al libro y a ti.
    Herminda

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  2. Es un lujo leerte, en libro o en pantalla, en capítulos de papel o en post de blog. Gracias¡¡¡

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  3. Gracias, Víctor! Seguimos sin bipedestador. Este verano nos lo dejará el colegio y en septiembre, volveré a la carga!
    Un abrazo fuerte de toda la familia y una sonrisa de oreja a oreja de Alejandro! ��

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