martes, 17 de junio de 2014

Olas de río en Le Havre

Perderse puede ser la oportunidad excepcional de encontrarse. Se me ocurre que muchos descubrimientos se hicieron por casualidad, por un error de cálculo que creyéndose fatal acabó resultando extraordinario.
Mientras viajo en coche desde París a Le Havre me pregunto qué hago aquí, qué hace este paisaje pegado a la ventanilla, escuchando música country entre prados de lino, con una escritora sueca que no habla francés. Sonrío, pienso que los caminos directos no siempre son los mejores, así que a pesar del cansancio agradezco que Chantal se haya equivocado de autopista y que el viaje se prolongue por carreteras secundarias; me entretengo observando la lenta puesta de sol y pienso en Nicolás de Staël y en sus grises y azules normandos. Qué vida tan extraordinaria la de este nómada de la luz a quien -me prometo-le debo una novela. Dice el pintor: "el paisaje solo es la impresión subjetiva de una emoción" y al leerlo me conforto con una frase propia: "el paisaje no cambia, lo que cambia es la mirada de quien lo observa, y así el paisaje se convierte en un espejo que refleja un estado de ánimo"
Miro las nubes que las corrientes del Atlántico hacen cambiar en rápidas sucesiones, sus reflejos sobre los campos, sobre las casas con tejados de pizarra. Veo a lo lejos la catedral de Rouen y pienso en la pobre Juana, tan dramáticamente apegada a sus ideales religiosos y le pregunto si ser mártir fue recompensa para una vida perdida. No sé qué pensaría Elías Gil de esto, y sobre todo, no sé lo que diría Laura.
Más tarde, sentado en la terraza del Gaveroche me sentiré más que extranjero entre el resto de escritores ingleses, alemanes y franceses. Buscaré a la sueca Tove con la mirada e intercambiaremos una sonrisa tímida. Ella que ha escrito sobre Tarifa sabe poco del Sur que esconden algunas miradas. Lástima no poder explicárselo sin mímica. Me contará mi ángel de la guarda, Harmonie, (ella ha traducido mi canción "Vestidito limón" al francés) en este bar que tiene el nombre de un chiquillo de la calle que hizo famoso Víctor Hugo en Notre Dame, lo que es Le Mascaré. La ola de río que se llevó por delante la vida de Leopoldina, la hija más querida del escritor. Cuando el mar entra en la desembocadura del Sena y se mezclan el agua salada y el agua dulce hay unas corrientes increíbles que levantan una ola asombrosa. Ahora los puertos están dragados y le mascaré es una diversión para surfistas, pero en tiempos de la niñez de Harmonie era algo terrible y devastador (lo veo en su mirada mientras me lo cuenta). Me vienen muchas metáforas a la cabeza con esta historia, la sacudida brutal de lo dulce y lo salado, el choque de los opuestos; he aquí una buena novela (y van...)
Por suerte, el fútbol no llega hasta Le Havre más que como el rumor de las gaviotas (así, con un murmullo lejano me entero de que los holandeses se han vengado de pasadas afrentas, y la verdad, me queda lejos), lo mismo que los comentarios y las opiniones sobre algo que está pasando en España con el Rey, con un nuevo partido político. Me dicen con conmiseración que estamos mal, sonrío con precaución y les digo que no peor de lo que muy pronto estarán ellos. No hay que ser condescendiente, les advierto. Hay que ser decidido.
Dormiré estas noches en una buhardilla de madera como un niño. Un sueño sin sueños, al fin, una felicidad pequeña al despertar y sentarme en un pequeño jardín de geranios con mi amiga Armonía (así es cuando estamos solos con su pasado español y mi presente sin futuro), el café preparado, un pitillo, Un millón de gotas -pienso - al ver su libro nuevo bajo el brazo para que se lo firme "en castellano",
Miraremos en silencio los cielos de Normandía, de dónde vienen las tormentas que pasan sin respiro a un sol deslumbrante. Hablaremos de esas mismas nubes en los lienzos de Staël que me han atrapado ya para siempre. Y cuando me pregunte mi amiga ¿por qué no escribir una novela sobre su vida? entornaré los ojos, fumaré despacio y observaré el vuelo bajo de una gaviota. Algún día, tal vez, responderé en un francés que solo podría entender la sueca Tove.

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