jueves, 27 de marzo de 2014

Diario de una estancia en la memoria. Día II


Entorno a una mesa redonda y en una sala abarrotada de libros me espera una docena de personas. Una a una se presentan y me hacen un sucinto resumen de por qué están hoy aquí. Pero al margen de sus relatos, lo primero que me llama la atención son sus nombres: Elliot, Progreso, Armonía, Libertad, Vida, Federica...También los nombres son una esperanza para la utopía. Cuando le preguntaron a B.Brecht qué era eso de la Utopía, él respondió que es aquello que se persigue y que nunca se alcanza. Entonces, insistieron los asistentes a su charla ¿por qué perseguir algo que sabes que nunca alcanzarás? Para caminar, respondió. Creo que todas estas personas son depositarias de los sueños de sus padres, el testigo en forma de nombre que debe seguir adelante en ese camino ensoñado. Un nombre es mucho más que un garabato en el registro de cualquier funcionario, mucho más que un acta de vida. Es un peso, una carga, un destino y en el caso de estas personas, una responsabilidad. Todos pasan de los sesenta años, pero no hay en ellos signos de decaimiento, ni siquiera están dispuestos a concederse el apaciguamiento de la enfermedad. Me muestran con orgullo la labor cultural que han seguido bajo la premisa de sus padres libertarios: el conocimiento, la curiosidad, los libros, el teatro, el compromiso. Ningún acto de rebeldía es más poderoso para el trabajador, para el hombre pobre, que la educación. Sus vidas están pues, marcadas por esa figura que emerge desde la niebla del pasado como una presencia que lo absorbe todo sin remedio. tenían que ser profesores y maestros, técnicos industriales o ingenieros para ser fieles a su memoria.
Les cuesta hablar de política, porque queda un poso de dolor ante la evidencia ¿dónde están los jóvenes? ¿dónde su compromiso de vida? Recuerdan que fueron derrotados pero no vencidos, que la legitimidad no viene de las armas sino de quien detenta la razón, y nos perdemos horas en aquel tiempo que ellos apenas vivieron, rememorado, cuando lo trágico de la guerra hizo al menos posible durante unos meses, unos años, el cumplimiento de la utopía. Aquel tiempo trágico en el que hombres y mujeres corrientes decidieron luchar con uñas y dientes para ver el Paraíso igualitario que les habían prometido, un mundo más justo, más humano, en el que habrían de vivir ellos, sus hijos y sus nietos. Perdieron, sí, y perdimos todos, pero no por entero. No mientras quede quien sea capaz de tomar el relevo.
La memoria no es nada si no se avanza con ella, si no es una catapulta hacia el futuro. Como me dice uno de ellos, yo no tuve tiempo para la memoria porque estaba demasiado ocupado en vivir. Ahora que me queda poco tiempo, puedo recordar y no sé si quiero hacerlo. Pero lo hago.
Quizá la memoria esa eso, el puente que otros nos tienden para encontrarnos a nosotros mismos.
  

1 comentario:

  1. Une phrase qui pourrait être une devise pour une vie entière : "Ningún acto de rebeldía es más poderoso para el trabajador, para el hombre pobre, que la educación."
    Ce que tu dis des nomsme fait penses à ce qui se dit en Afrique de l'ouest où il s'agit pour de savoir "remplir son nom".
    Marc O.

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