miércoles, 5 de febrero de 2014

Crónica del amanecer o mi experiencia en el Hay Festival.

Regresando a casa, cruzo el Océano y dejo atrás las costas de América. La gente dormita en el avión, ve películas, hay silencio y amodorramiento. Miro por la ventanilla y me concentro en el motor del ala y en los guiños intermitentes de las luces de posición mientras me pregunto cómo empezar el relato de este viaje. El Hay no es un único festival; como una matrioska, hay muchos, idénticos pero distintos.
Creo que debo empezar mi relato por una noche, cuando ya ha empezado todo y nada ha concluido todavía. La tronera del baluarte de San Lorenzo enmarca la bahía de Cartagena como si fueran las manos de Mordinsky tomando un plano, pidiéndome que pose de este modo o de aquel. Yo no conocía a este fotógrafo que ha retratado a Gabriel García Márquez y a Vargas Llosa como nadie más lo ha hecho. Se me presenta con una boina, cámara en ristre y mirada de argentino que no se toma muy en serio su condición. Me hace sentir bien, alejarme de la intrusión de la cámara mientras me cuenta anécdotas amables. Esta noche caribeña, mientras suena en el escenario música colombiana (yo siempre me decanto por el vallenato) lo veo ir de mesa en mesa, trabajando con soltura, mientras lo demás se divierten (y trabajan). Sopla una suave brisa que sacude los vestidos elegantes de las Primeras damas, actuales o pretéritas, que estrechan la mano amablemente y se interesan por saber de dónde eres, qué escribes. Por suerte nadie me pregunta quién soy, no sabría qué responder a eso. El embajador viste guayabera, esa prenda que es de etiqueta que Márquez lucía como su sonrisa de dientes amplios. Yo me paseo con mi traje de europeo y miro las estrellas, tratando de reconocer las que veo desde mi casa a más de 8000 kilómetros. Saludo con la copa en alto a Gael Garcia, dura vida la del actor agasajado, imposible tener un minuto de calma sin que alguien le meta una tarjetita de contacto en el bolsillo. Conseguimos charlar un momento, hablamos, claro, de cine, de la conferencia que ha dado Campanella y de la clase magistral de cómo rodar un plano secuencial. Me gusta que le sude la camiseta, que por momentos le cueste dar con la palabra, que se muestre un poco tímido. Lo hace humano y me relaja. Me gustan solo las estrellas cosidas en esta noche de fiesta.
El embajador me cuenta que tiene otitis. Yo asiento y me digo con mordacidad que esa es la excusa que podrían utilizar muchos políticos españoles para no oír lo que no les conviene. Es un tipo amable, inteligente, me hace sentir cómodo. Le agradezco a Bernabé, el diplomático que me lo presenta, que tome incansable la conversación para sacarla del forzamiento. Se acerca Merche, la directora de Acción Cultural, me cuenta cómo sobreviven a los recortes del Ministerio, qué iniciativas llevan a cabo. Se entusiasma hablando de los colombianos, de su optimismo pese a llevar cincuenta años en guerra.
Escuchando a Javier Vásques la entiendo, debate con Pligia, charla con firmeza y alegría. Aquí todos charlan, es un foro de encuentros, pero son llamativos los rincones, los silencios que se abren como paréntesis mientras la noche avanza. Felipe González anda cerca, uno lo reconoce antes de verlo por el aroma de su habano. Sigue teniendo fuerza y carisma, lo sabe, lo emplea, se dosifica. Intento ver y comprender qué es el verdadero Poder pero no lo logro del todo, creo que no me interesa. Armas Marcelo me da unas clases aceleradas, pero yo prefiero su cátedra Vargas Llosa.  Intercambiamos palabras fórmula con la Primera Dama y me digo que las mujeres de Colombia han decidido ser bellas por encima de cualquier otra cosa. 
¿En serio? Sigue la música, y las luces del Down Town que cierra la bahía emulando Ciudad de Panamá o Miami titilan al son de las cumbias y los boleros. Me pregunto qué hay más allá, dónde están los manglares, porqué siendo la mayoría negros a las charlas y encuentros solo acuden blancos. ¿Dónde está el Pueblo? ¿Qué hay más allá de este maravilloso sueño Naïf que es Cartagena tras sus murallas, sus buganvillas, sus carrozas y sus casas pintadas como para darle la razón a las novelas de Márquez?
Saco a bailar a Clara Sánchez, me gusta su timidez, intentamos imitar lo que vemos. Imposible. El baile es como la literatura, se lleva en la sangre,  por más que pueda aprenderse. Lo nuestro es sentarnos y charlar de libros, de los suyos, de los míos. Dice que soy un escritor con futuro, si las editoriales lo quieren. Me consuelo pensando que soy una persona con presente. El que yo he elegido.
Avanza la noche que aquí nunca se termina, la música sale de los balcones, de los taxis, de los vendedores ambulantes de sombreros y quincalla en la Plaza Bolívar o en Santo Domingo, se escucha en las carrozas tiradas por rucios desahuciados como Babieca, en los niños raperos que por parejas van saltando de turista en turista, en las casas de cambio donde te quieren vender esmeraldas de plástico. La música está en el aire que respiras.
Conozco a una guapa colombiana, me asegura que ha estado en mi charla, me pregunta cosas a borbotones sin esperar mis respuestas, al final me encojo de hombros y sonrío. Aquí todo es distinto, mejor no pensar. Me dejo llevar hasta un grupo de amigos, todos bailan, el camarero me trae más ron de roca, hablan y ríen. Cantan. No, yo no canto, ni bailo. Soy español. Ah, me compadecen. Y llega la jodida crisis, ahora que yo estaba tan bien, sin televisión. Prefiero escuchar sus historias, todo es posible en Colombia, lo mejor y lo peor. Milagros y horrores.
Me invitan a pasear por la bahía, lejos de esta fiesta, de estas murallas. Por supuesto, digo que sí.
Hablar de la vida de uno mismo a desconocidos es difícil. Es mejor dejarse llevar por la orilla entre edificios enormes y calles desiertas. Al final me quedo solo, lejos de todos y de todo. Y mientras busco un taxi que no aparece por las calles vacías no siento miedo, ni escucho todas esas cosas que dicen. Solo me interesa ese color que aparece por el este.
Está amaneciendo. Los colombianos tienen un nombre precioso para esta hora incierta y maldita, cuando todos los pecados de la noche aparecen y las máscaras se deshacen. Pero lo guardo para mí. Tengo la impresión de que he venido a Colombia solo para encontrar esa expresión, que será una nueva novela.
El baluarte está ya vacío, los camareros recogen lo que los invitados han dejado. Y la música, a pesar de todo, sigue sonando. Camino hacia el hotel y me cruzo con caras que no me miran con simpatía. El HAY cruza fronteras a las otras orillas de Cartagena, pero yo llevo traje de europeo en la noche caribeña. 

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