domingo, 12 de enero de 2014

Con permiso de la Verdad


La prudencia es una virtud mientras no se convierta en un defecto. Sopesar lo que se dice es deseable cuando buscamos el modo y la forma idóneos de expresar lo más exactamente posible aquello que pretendemos comunicar. Parece lo más civilizado acercarse a la opinión propia o a la de otros desde el respeto a los argumentos, y hacerlo en todo caso desde el respeto, por uno mismo, por los demás, y sobre todo por el contenido de nuestro mensaje. Ser prudente es aceptar las limitaciones de la propia opinión, aceptar que no conoces todos los elementos de la ecuación, que puedes estar equivocado o no suficientemente informado, y que a fin de cuentas no buscas postularte sino compartir y establecer un diálogo. A esto, las personas civilizadas lo llaman comunicación, y los sabios de siempre lo llaman buena educación. Gritar, insultar, faltar al respeto, recurrir a una ironía hiriente, a una demagogia dañina y escupir culebras puede servir como desahogo, pero desde luego no invita a empatizar.

La prudencia, por contra, se convierte en defecto cuando se hace un "pepe grillo" que habita en nuestro cerebro con una calculadora en la mano, sopesando la oportunidad en función de los réditos o los perjuicios que un posicionamiento o una opinión puede causarnos en determinada coyuntura. Los cobardes, a menudo, se consideran prudentes, cuando son en realidad timoratos, oportunistas e hipócritas. Nadar y guardar la ropa es una opción como cualquier otra, menos suicida si se quiere. El problema viene cuando, al soplo de los vientos hay quien se alinea con ellos haciendo una profesión de fe que están lejos de sentir como suya. Callar suele ser una virtud, excepto en los momentos en los que se necesita hablar.

Diferenciar lo uno y lo otro en una misma actitud me parece un barómetro adecuado para calibrar la honestidad intelectual y vital de las personas que, tengan relevancia o no, expresan sus opiniones en foros públicos. Vivimos un tiempo muy propicio para los debates, y no tanto para las opiniones meditadas. He aprendido a distinguir a esa especie de halcones que sobrevuelan la realidad con una mirada de rapiña, personas rápidas de reflejos que saben de qué lado ponerse, lo mismo en una mesa de debate sobre literatura que frente a cualquier problemática social. Personas que dominan el arte de hipnotizar con el "digo pero diego" sin que se les mueva una sola pestaña de su conciencia.

En la vida, todos tenemos opinión, todos tenemos pareceres, todos expresamos voluntades. Eso nos confiere personalidad y criterios propios. La pena es bastardear los ideales por intereses espurios, fingirnos una cosa y a la mañana siguiente otra, servirnos de la cultura para encumbrarnos allá donde nuestros méritos no nos llevan, renunciar al compromiso personal por un minuto bajo el foco de la gloria.

Allá cada cual en elegir su camino y la forma de andarlo. Pero bien haríamos todos los que escuchamos en masticar lo que se nos dice, cómo se nos dice, quién nos lo dice y por qué se nos dice.

Dejo una última reflexión, que puede ser errónea, que puede estar equivocada o contaminada por mis propios prejuicios, pero que por alusiones, y desde el respeto, quiero responder: en mi opinión, un escritor lo es por lo que escribe y no por las opiniones que vierte más allá de lo que escribe (eso le convierte en ciudadano, pero no en escritor), y poco importa si lo hace desde una visión social u otra, en una lengua u otra. La literatura se defiende a ella misma de los impostores con la vara insobornable del tiempo. Uno no es mejor que otro porque grite más, en un idioma u otro, porque busque el amparo de las Instituciones o por erigirse en adalid de causas propias o ajenas que le granjeen la popularidad de los suyos y las palmaditas en la espalda en forma de ventas de libros o presencia en los medios. Ni siquiera lo hace mejor o peor ser muy conocido, leído o vendido. Ni lo contrario. Quien se refugia en el victimismo, en el ego herido, quien busca enemigos en las sombras, se empequeñece a sí mismo y empequeñece a los que le rodean.

Hay que huir de una atmósfera maniquea, del si te mueves no sales en la foto, de la autocensura y el miedo, pero también de la vanagloria estúpida, de la estridencia y los numeritos teatrales. Hay que hablar para escuchar, para cambiar los paradigmas de la realidad. No para inventarnos entelequias.

Uno es escritor cuando escribe.

Toda esta reflexión, me viene a manos llenas tras acabar de ver una excepcional película que les recomiendo: "Good" del actor Vigo Morterssen. Una fábula sobre el papel que juegan los intelectuales en el soporte de los regímenes Totalitarios, y cómo a veces, queriéndolo o no, también los escritores acaban sucumbiendo a la manipulación y a su propio ego, traicionando la verdad de sus silencios vertidos en palabras escritas.

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