domingo, 1 de diciembre de 2013

Sol de invierno y El Enigma.

Me aventuro en las calles de Barcelona y no sé qué busco; quizá solo busco la compañía de este sol engañoso, juego a seguirlo cambiando de acera, deteniéndome en las esquinas donde alumbra con prudencia, indeciso, lejano. Desciendo por el Paseo de Gracia en dirección al mar, me desdigo, cruzo a la Rambla, avanzo y retrocedo en busca de un estanco, misión casi imposible en esta ciudad de buenas costumbres y descanso dominical.
Bajo el brazo, un libro de Camus con la esquina de la página doblada en El Enigma. Delante, apenas hay cola para entrar en la casa Batlló. Me fijo en la cinta roja que encauza la marea, ahora inexistente. Hay gente que hace fotografías doblando la espalda como un arco hacia el cielo frío, contorsionistas del instante. Aún no lo saben, pero un día estas fotos quizá tendrán un valor que ahora no tienen. Ahora solo coleccionan, avaros. Pero un día, dentro de mucho tiempo, evocarán.
Leo: " un escritor escribe en gran parte para ser leído (aquellos que dicen lo contrario, admirémosles pero desconfiemos)" No le conocía esta vena irónica a Camus. La ironía es el filo inteligente del humor; no se me da bien. Se me ocurre, mientras subrayo la frase que, muchos escritores no serán jamás leídos, y sin embargo serán nombrados y reconocidos por lo que otros escribirán sobre ellos. Pienso en El Quijote, en la Biblia, en El Capital, en El Principito...Se me enreda el pensamiento, y sigo caminando en busca de mi estanco imposible.
Por momentos Barcelona me parece un desierto de piedras y hierros donde los seres humanos son sombras que se fingen reales. Como si el alma le faltase a este decorado, como si algo sonara a falsete, tal que el turista haciendo la foto, la frase de Camus o este Sol que miente y no calienta. Veo los escaparates navideños con las puertas cerradas, los maniquíes que me miran como seres de Pompeya, cada vez hay más sombras que hablan, escucho sus voces, la música de villancicos llegando a la Feria de Santa Lucía en la Catedral. Los fastos que adoramos no son nada. El ruido nos impide verlo, nos oculta la verdad. Ya no es Navidad, ni siquiera aunque lo diga El Corte Inglés. Para eso, tengo que volver a muy atrás, cuando a mediados de Diciembre mi padre aparecía por la puerta con una rama de pino enorme al hombro y mi madre bajaba del armario una caja de zapatos con guirnaldas deshilachadas por el uso de cada año y bolas de plástico a las que les faltaba el enganche.
¿Era feliz? Qué importa. Era inocente, y aunque en la inocencia anide la culpa de quererse mentir, y con ello, dejar expedito el camino a lo peor, era mi Navidad.
En cualquier caso, las melancolías son como las hojas que caen de los plataneros. Bucólicas, hasta que pasa el camión de la limpieza y las absorbe bajo sus ruedas de cerdas metálicas. Sigue afirmando Camus (tampoco le conocía esta rotundidad que me desconcierta): "La idea de que todo escritor escribe sobre él mismo es una de las puerilidades que el Romanticismo nos ha legado". Subrayo y asiento, como si él necesitara de mi complacencia. No tiene sentido la nostalgia en un escritor, me parece, no en su obra, en todo caso. Me interesan los otros, su época y sus mitos. A veces como materia, otras como idea, y en ciertos casos simplemente como hermanos de camino. La recreación de uno mismo, de sus obsesiones y deseos es sin duda la tentación del Desierto que debe vencerse. Aceptar que lo que los otros esperan de uno no es necesariamente lo que uno cree que esperan. En todo caso, remacha el clavo Camus: "ningún hombre ha osado jamás pintarse tal cuál es". Miro estas calles, estas caras, este decorado: Simplemente aprendo a tomar la distancia que me permita comprender la lógica de su movimiento. Solo así puedo superar la superficie de lo que veo, y negar este nihilismo que me tienta cada vez que el sol se esconde de mí para recordarme que sin su presencia solo está el frío. No puedo dejarme llevar por el pesimismo. Si nada importara, si todo fuera simple apariencia e imposibilidad, nada tendría valor. Y nosotros le conferimos valor a la vida misma, en cuanto necesitamos vivirla y a veces, por qué no, soñarla.
El mundo es injusto, y cruel, y violento. La muerte nos espera detrás de cada fulgor, de cada esperanza. Pero eso no niega la evidencia contraria: el mundo está lleno de Humanidad. Hombre y Naturaleza, sin Historia, sin pasado. Siempre el mismo ciclo, el mismo sol, el mismo cielo. Siempre obstinado el Ser Humano en avanzar, en sonreír, en buscar una esquina, entornar los párpados y sentir el sol. Siempre hay una navidad, como la de unos chicos que rapiñan el musgo caído de una caseta de la feria para su pesebre, esa pareja que se besa, ella protesta entre risas porque los dedos de él están fríos para buscar bajo el jersey.
Sí, hay vida más allá del miedo, y del ruido, y de uno mismo. Y eso me congracia con Barcelona hoy. Y que por fin, en Portaferrisa, encuentro un estanco abierto.
Hay algo invisible que sostiene la esperanza del Hombre en todos los Tiempos, algo que supera las corrientes de la Sociedad, la ética, la Justicia o la moral. Es el entramado de hilos que tejemos anónimamente los unos con los otros, con cada palabra amable, con cada beso, con cada esfuerzo por los que amamos. Este tejido en el que a veces quedan prendidas las gotas de la nieve deshaciéndose, esperando el verano.
 Concluye Camus: "Existe para los hombres de hoy un camino interior que yo conozco bien por haberlo recorrido en ambos sentidos, y que va desde las colinas del espíritu a los desiertos de la materia. Y si uno renuncia a una parte de lo que es, renuncia a Ser"
Quizá sea este el enigma. Cómo vivir sin morir.

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