sábado, 2 de febrero de 2013

Volver a empezar

Hay quien dice que todo Hombre tiene un precio, y que solo es cuestión de saber cuál. Como toda sabiduría popular, la corrupción ha calado tan hondo en la condición humana que hemos llegado a aceptarla como algo cosustancial a nuestra naturaleza.
Corrupción (del latín, corruptio) tiene originariamente el significado de romper algo que en su estado primigenio era entero. Las palabras tienen el don de desnudar la naturaleza de cada cosa sin eufemismos: pese al refranero popular (¡vaya!), la corrupción  no es algo que genéticamente esté en nosotros. Las personas no nacen con la voluntad de ponerse en venta, sino que en algún momento deciden que su dignidad vale menos que su ambición o su codicia.
Yo no creo que todos los políticos sean corruptos, como no creo que todos los banqueros sean usureros y ladrones, o que todos los empresarios y altos ejecutivos sean unos estafadores y unos avaros. Creo que la corrupción ataca a quien es subceptible de ser corruptible. A gente mediocre, estúpidos que no tienen más que ponzoña en sus tripas, gente que sin el poder o sus prebendas no podría medrar, no sería nada, ni nadie. Ser una alimaña y un cáncer no va asociado a un cargo público o a una posición privilegiada. Y, como dice el refranero, tampoco es cierto eso de que "la ocasión hace al ladrón" El ladrón se hace solito y se busca las ocasiones.
 ¿Qué podíamos esperar? España es una democracia que ya nació enferma, raquítica. Sí, una joven Democracia pero una sociedad de hidalgos, vieja y cansada. Desde 1978 los escándalos se han ido sucediendo uno tras otro, desde la UCD al PP pasando por el PSOE, los partidos Nacionalistas y la mismísima IU. Lo que ocurre ahora es simplemente la plasmación de  tal grado de desfachatez en el que ya los poderosos ni siquiera necesitan disimular. ¿Porqué? Muy sencillo, porque nunca hemos reaccionado como ciudadanos.
Recuerdo las manifestaciones por aquel chico del PP, Miguel Ángel Blanco, las calles llenas. Las manifestaciones contra Aznar y la Guerra. Las calles llenas. Y me pregunto qué pasaría si día sí y día también, ejerciésemos sobre los ladrones la misma presión que ejercemos cuando por ejemplo el Barça o el Madrid gana un título.
Somos una mayoría silenciosa y resignada (es lo que hay, nos decimos) que engrosa paulatinamente las filas del paro, de la caridad, de las preferentes, de los deshaucios, de las listas de espera de la sanidad. Y mientras, cada cierto tiempo, se van creando discursos artificiales y artificiosos para desviar la atención.
Nos están saqueando el país y nuestras libertades y sobre nuestra conciencia de ciudadanos recae. El caso Palau, el caso Pallerols...Todo esto es nuestra responsabilidad, por permitir a políticos corruptos, banqueros usureros y estafadores y grandes empresarios neocon y defraudadadores creerse, y hacernos creer, que la sociedad solo es populacho manipulable, por convencerse de que no somos ciudadanos sino súbditos, y por entender que el estado de derecho es un Cortijo donde ellos nos expolian y nosotros pagamos sus lujos.
Los ricos que ganan dinero con su capacidad deben merecer el respeto y el reconocimiento de una sociedad madura pero aquellos que se ponen gomina para robarnos con sus títulos y sus prebendas, aquellos que se creen los dueños del Cortijo deben ser desterrados para siempre de la vida pública, juzgados y encarcelados.
No hay mal que por bien no venga (o al revés, también): Si algo debemos tener claro después de esta larga y prolongada crisis es que ya se ha terminado el periodo de transición. Hemos dejado de ser adolescentes y ha llegado el momento de convertirnos en adultos. Se acabaron las quimeras, los Quijotes y las pamplinas. Necesitamos una refundación del Estado, una Constitución y un sistema nuevo, porque, que nadie se engañe, estamos asistiendo al resquebrajamiento del Antiguo Régimen. Necesitamos ir hacia Europa, y puede que tengan cosas que detestamos nuestros vecinos alemanes, franceses o ingleses. Pero si algo sólido debemos copiar son sus valores democráticos y la exigencia vigilante de sus ciudadanos.
Fuera corruptos, fuera para siempre.
No todo está perdido, cuando son los medios de comunicación y los jueces y fiscales de este país, algunos con un riesgo absoluto, los que han empezado a demoler este andamiaje de infames.
Hay que ser valientes. Hay que ser decididos, y no ceder al desánimo. Si queremos un Estado más justo, hagámoslo, sin una sola concesión a la cobardía, la desidia o la autocensura. Dentro de cincuenta, de cien años, este País y sus generaciones venideras nos lo agradecerán, como nosotros agradecemos a las generaciones de nuestros abuelos y padres que nos trajeran hasta aquí.
No podemos traicionar nuestra responsabilidad, y no importa de qué siglas seamos o a quién votemos. Es nuestro futuro, el de todos.

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