domingo, 10 de febrero de 2013

Equilibrio

Siempre le he tenido miedo a las alturas. Eso que llaman vértigo. Una vez, siendo muy niño, mis padres me llevaron al teleférico del puerto de Barcelona. Había que subir a una de las torres y en una cesta ascendías hasta la montaña de Montjuïc. Lo que tenía que ser un día de excursión y pasarlo bien se convirtió para mí en un suplicio que aguanté paralizado y en absoluto silencio. La cobardía no era un pecado admisible en mi infancia.
Muchos años más tarde un médico me explicó que tengo una pequeña disfunción en un oído y que eso afecta a mi percepción del equilibrio. Ha aprendido a dominar ese pánico, pero nunca lograré superarlo.
El equilibrio es el modo exacto de controlar el balanceo de lo físico: nuestro cuerpo, los objetos, pero también lo que no se percibe a simple vista. Todo es equilibrio, ciclos perfectos que se suceden.  He llegado a creer que la felicidad, esa palabra tan difusa, es precisamente eso: equilibrio, armonia entre lo que hacemos y lo que sentimos. Y que por tanto, la infelicidad es el caos, la ruptura de ese equilibrio.
Puede que mi amiga Julia tenga razón cuando dice que los escritores tenemos una idea vanidosa de lo que creamos. Porque ¿no es vanidoso convertirse en una especie de demiurgo, una divinidad que pretende encajar todo el caos en un orden, en un universo llamado novela? No lo sé, nunca he ido mucho más allá en los razonamientos que se exponen en una mesa de café; me limito a disfrutar escuchando esas idas y venidas de palabras, ideas, conceptos y chismes y risas y cosas supuestamente sesudas que se dicen cuando cinco o seis personas se unen y beben y fuman por los descosidos. Escucho e intento empaparme de todo, sin comprender siempre a la primera. Soy lento, a veces me imagino a mí mismo como la tierra que se desborda con una tromba de agua: Incapaz de absorverla toda de una vez se producen charcos, pero poco a poco la tierra va bebiendo y termina por succionarla por entero. Allí dentro se queda, formando ríos subterráneos durante mucho tiempo, a veces años, hasta que de ese agua manan raíces y cosas nuevas. Así es mi manera de absorber las experiencias, la vida. Con calma.
Tal vez sea por eso que ahora pienso en un chico cubano que me demuestra que es capaz de desmontar un fusil AK 49 en menos de 20" y sin pausa me habla de Veria y de los poetas cubanos, o me da consejos sobre el lenguaje corporal. A veces la gente quiere ver detrás del escenario y entra en las bambalinas sin llamar. Yo le escucho e intento saber qué quiere decirme, pero sobretodo porqué quiere decírmelo. Hay gente que habla en tercera persona de sí misma, ahora lo entiendo. Gente que necesita demostrar su valía comparándola con la tuya. Yo no sé desmontar un fusil y he leído menos poesía de la que debiera. No soy consciente de lo que hacen mis manos cuando hablo o de lo que dicen mis ojos o de la posición en perfil de mi cuerpo. Todo eso será importante, sin duda. Pero más importante es que a pesar de mi problema de equilibrio me esfuerzo en escuchar.
Así que, horas después, cuando todo el ruido de abrazos, de risas, de firmas y de discursos se ha terminado, cuando ya no queda nadie en la calle que antes hemos poblado con nuestras "vanidades" vuelvo a ella y me detengo delante de la librería, ahora cerrada. Me apoyo en la pared y fumo un pitillo, intentando verme unas horas antes. Y pienso en lo que ha dicho mi amiga Julia y los otros de la mesa. Y ese agua almacenada en mi interior encuentra su camino hacia afuera.
No, no creo en la vanidad, ni del escritor, ni de la persona. Creo que sencillamente necesito poner en orden, en equilibrio, todo lo que me rodea, el bien y el mal que percibo en las cosas, en las personas, en la verdad y en la mentira. Creo que el mundo solo es un teatro cuando nosotros decidimos fingir que somos actores en un drama o en una comedia. Pero lo único cierto es que yo necesito sentarme ante una mesa y escribir, dejar que todo lo que me grita dentro encuentre su forma de salir. Lo demás no me interesa, la explicación y las consecuencias. Me gusta la gente, me gusta mirarla a los ojos y no hay una intención en ello, solo disfruto de mi privilegio de hombre libre, apoyo las manos en los bolsillos porque así paso muchas horas mirando. No pretendo tener discursos brillantes porque mis pensamientos son demasiado complejos para mí mismo y solo llegan a través de un lago proceso de maceración. No pretendo ser lo que no soy, ni lo que se supone o se espera que sea. Odio los corsés.  Por eso prefiero la música, la pintura o la escritura. O un parque el domingo por la mañana, mirar a la gente que no se sabe observada, charlar con quien no sabe nada de mí. Porque en las cosas sencillas las panoplias desaparecen dejando eso que se parece a la verdad.
Todo está dentro de nosotros, lo bello y lo horrendo, lo miserable y lo sublime. Y somos nosotros los que elegimos qué vestido ponernos cada mañana. No se trata de modestia o humildad. Basta con ver el mundo, con fijarse en las caras de los que nos rodean, para aceptar que los egos no son más que telarañas que estorban el equilibrio. Todos somos pasado, presente y futuro. Y todos vamos entrelazados, nos guste o no, hacia lo mismo. Pequeños seres errantes que nos erigimos en reyes de un Universo que no nos pertenece, y que solo nos está dado contemplar con el asombro de un niño.
Eso soy, eso somos.

2 comentarios:

  1. Coincido contigo en que escuchar, con todos los sentidos, y aprender es algo grande. Por eso hago tantas preguntas, a veces un poco extrañas, que incomodan a algunos. Tu aguantaste el chaparrón bastante bien. Iré preparando otra batería de preguntas incómodas para la próxima vez que nos encontremos en ese teatro de vanidades que siempre es la calle.

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    1. Y allí, en ese escenario de cemento, desarrollaremos nuestra pequeña tragedia bufa. Un saludo

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