jueves, 17 de enero de 2013

La libertad pervertida

Todos somos presa de los animales políticos, nos guste o no. A todas horas, en todas partes, vemos sus caras agriadas, escuchamos sus mentiras, sentimos la desazón de su cinismo sin límites. Ellos copan las portadas de los periódicos, las cabeceras de los noticiarios, las parrillas de la radio. Nos guste o no, nos obligan a mirarlos, nos obligan a escucharlos, nos obligan a obedecerles. No importa si creemos o no en ellos, les da igual. Importa que les obedezcamos.
Pero existe un horizonte que va más allá del televisor y que empieza en la persona que tienes al lado. Existen lugares en los que la palabra que se da es sagrada, un compromiso se cumple, un apretón de manos es mucho más que un gesto de hipocresía. Hay cientos de miles de personas que tienen conciencia y se la manchan a cada momento porque se mojan en la realidad. Hay miles de miradas limpias y sonrisas sanas, personas que aman su vocación, que creen por encima de si mismos en los demás. Y entre todos ellos, no pocos son políticos.
Yo conozco a unos cuántos, son esos mismos que desobedecen a su partido cuando el partido es una excusa para que medren cobardes, mediocres y avaros, gente que dimite cuando se cierra un centro de asistencia, personas que cobran apenas para vivir dignamente. Los podéis encontrar en los pueblos, en las asociaciones, lejos de los focos y de las cámaras. Los reconoceréis porque se sonrojan con facilidad cuando ven a sus líderes y camaradas mintiendo sin empacho y emponzoñando la vida pública, tirando al traste su trabajo diario. A estos políticos no los veréis ladrando embustes en televisión, no les escucharéis decir imbecilidades ni arremangarse la camisa cuando se conecta el telediario a su congreso. No, son anónimos, pero en sus pueblos los conocen por el nombre y el apellido, aunque nunca les pondrán una placa en una calle o una plaza, y tampoco les darán una plaza de ejecutivo inútil y paniaguado en ninguna multinacional.
Por ellos, que son como nosotros, sigue funcionando mal que bien esta democracia pervertida.
También conozco personalmente a alguno de los otros, los que juegan en primera división, los amos del mundo. En su estupidez creen que su acta de Diputado, senador o ministro es una bula del Todopoderoso para hacer lo que les venga en gana. Son fácilmente reconocibles, también: el Poder los elige desde muy jóvenes de entre nosotros, el Poder tiene olfato para estas cosas: sabe quién se someterá a sus directrices sin rechistar por unas pocas prebendas, pequeñas y grandes corruptelas diarias que son el precio de su dignidad. Estos, actores fracasados de esta comedia bufa, consideran que ellos son la Democracia, que ellos son la Verdad, que ellos son el Todo, y el resto, pobre rebaño, pobre calaña, turba que triturar, como siempre ha sido, porque ellos son la Historia.
La Historia dirá, cuando de ellos y de nosotros no quede nada, que estas horas son las horas más tristes de la libertad. Dentro de mil años, los alumnos no comprenderán cómo un puñado de cínicos pudo llevar tantísimo dolor y padecimiento a tantos millones. Y los profesores tendrán dificultades para explicar que todo fue culpa nuestra, que nos dejamos arrebatar migaja a migaja nuestra libertad con la esperanza de que pasaran de largo, dejándonos algo de dignidad. Pero que nos dejaron sin nada.
Que aquellos de vosotros que estáis luchando cada día no os sintáis solos del todo.
Que un día seamos capaces del mayor acto de rebeldía que puede cometer un ser humano: vivir sin nuestra libertad pervertida.

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