domingo, 20 de enero de 2013

Aquello que somos

Ayer, Sábado, hacía una de esas noches desapacibles en las que lo último que apetece es salir de casa. llovía, hacía frío y el viento movía como una negativa las ramas del árbol que veo desde la ventana de mi cocina.
Pero era la noche del estreno de una obra de teatro a la que me había comprometido a asistir, así que me di una ducha rápida, me abrigué y conduje mi coche hasta un pequeño pueblo, no muy lejos de donde vivo. Las carreteras locales tienen algo de túnel en las noches lluviosas de invierno. Ves las luces de los pueblos punteando la oscuridad de las montañas y te aferras a esa falsa ilusión de civilización, de no estar solo. La buena música en el reproductor del coche hace el resto.
Calculo siempre mal las distancias y el tiempo necesario para recorrerlas, la obra comenzaba a las diez y llegué demasiado pronto. Llegar pronto a los sitios es peligroso. Los encuentras todavía deshabitados, en estado de transformación, apagados, es una sensación parecida a levantarte la noche de Reyes antes de tiempo y encontrar a tus padres colocando regalos debajo del árbol. Aunque cierres los ojos y finjas que no lo has visto, lo has hecho. Es de esas impresiones de tristeza que no se olvidan. Además, deambular por un pueblo pequeño una noche de lluvia es la excusa perfecta para sumirte en una especie de melancolía pegajosa acompañada de un pitillo tras otro. Empezar a enviar mensajes a conocidos o consultar el correo en el móvil es un mal síntoma. Por suerte encontré un bar abierto, uno de esos lugares que huelen a mezcloanza de cosas espesas, como la madera de las mesas o la mirada del dueño tras la barra. Esas miradas que te catalogan de forastero, como en las cantinas de un western. Un cortado después y la mirada perdida en un estante de botellas con polvo y números de lotería, me doy cuenta de que es casi la hora. Antes de marcharme veo un gato de la suerte chino balanceando el brazo entre cajas de sacarina. Yo que lo uno todo a mi destino sonrío. Ese gato es el protagonista de mi última novela, y eso, me digo, no puede ser casual. Como si no existieran más gatos ni más bares.
El teatro es un viejo cine reconvertido, con las butacas de lona antiguas y los techos altos. Las puertas son abatibles de doble hoja y madera, y no me cuesta imaginarme unos años atrás a los críos entrando a raudales un domingo por la tarde con sus cucuruchos de altramuces, las señoras de domingo, los señores consultando la cartelera.
Poco a poco ha ido entrando gente, y poco antes de que se apaguen las luces el aforo es muy amplio, mucho más que en algunas presentaciones que yo he hecho. Pienso en las caras de los actores que estarán espiando detrás del escenario (un ambiente que será invariable consistente en una librería Cervantes y Cía) y en sus rostros de alivio al ver que su poder de convocatoria ha tenido éxito. Nada debe ser más triste para un actor de teatro que actuar para hileras de butacas vacías; imagino que será una tortura comparable al silencio inánime de los espectadores.
El Till.teatre es un grupo de personas que hacen teatro por pasión. Que yo sepa, ninguno de ellos se dedica a la interpretación de forma profesional. Y Vicente, es el dramaturgo, el responsable de esta obra que hoy se estrena.
A última hora una señora mayor viene a sentarse a mi lado. Tiene toda la linea de butacas para ella, pero se sienta y me sonríe, como si me pidiera comprensión. La entiendo, estas cosas se disfrutan más en compañía. Pienso fugazmente en ella ¿será la abuela o la madre de alguno de los actores? ¿Porqué ha venido sola? ¿A qué huele este perfume que usa? Por suerte empieza la obra y mis pensamientos se concentran en Aura, el nombre que se repetirá una y otra vez durante la hora y pico que dura la representación sin intervalos.
La ironía es un refinamiento del humor, de la inteligencia, si se quiere. Y esta obra pensada por Vicente está cargada de ella, también de sarcasmos (que es algo más parecido a una cierta acusación) y de metáforas que uno tras otro, todos los actores desmenuzan con una pasión encomiable. y eso es lo primero que me sorprende. Se nota que no sienten presión, que están tan metidos dentro de sus respectivos personajes que te cogen de la pechera y te llevan a ese punto de fantasía que necesitas para creer lo que estás viendo. Las cosas más terribles son dichas con la naturalidad de lo cotidiano, el bodevil se convierte en un pasacalles de escenas quasi freudianas donde todo encaja con exactitud, como si estuvieras ahí, en el escenario, con ellos. Una escritora que se enfrenta a la persona que ha inspirado su novela y que decide que esta persona es falsa mientras que la real, la que ella ama, es el alter ego creado por ella. Un Quijote que se rebela contra Cervantes y le reta a quedarse con la autoría de su obra convirtiéndola en autobiografía, una esposa pija y siliconada que tiene abcesos místicos y parafrasea a Santa Teresa de Jesús, una rusa que habla alemán y tiene un cuerpo de infarto. Y una conclusión: no existe lo real, más allá de lo que nosotros decidimos que sea real. Lo demás, todo lo demás, es puro decorado. Por supuesto esto lo digo yo, que no entiendo nada de teatro y me dejo llevar por mis propias intuiciones.
Cuando regreso a casa sigue lloviendo pero ya no siento la pesadez de la ida. Ahora mi mente va de un personaje a otro, me pregunto sobre las complejidades del libreto de Vicente, sobre la energía que tiene María (Mar) que llena el escenario siendo tal cuál es. Y me sorprendo diciéndome que alguna vez tendré que enfrentarme a los personajes de mis novelas cuando estos decidan emanciparse del universo que yo he creado para ellos.
Las personas somos seres corrientes que nos tornamos extraordinarias cuando desatamos los nudos que nos aprisionan. El don de la pantomima, de la risa o del drama sin pausa, transgredir los límites de personajes múltiples, semana tras semana, sin un método, llevados por una pasión que se compagina con el quehacer diario. Profesores, médicos, policías o dependientes se transforman en Cervantes, el Quijote, una escritora lesbiana, la esposa de Sancho, una editora histriónica o un guardaespaldas en período de extinción con una naturalidad que me asombra.
No somos aquello que hacemos, ahora lo entiendo. Somos aquello que sentimos, aquello que realmente nos remueve y nos empuja a dar lo mejor de sí mismos.
A mí, solo me queda darles las gracias por esta hermosa lección.

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