miércoles, 9 de enero de 2013

Distintas complejidades

Se suele decir que la realidad es un concepto subjetivo, matizado por la percepción individual. No sé si esto es del todo cierto. Más bien, me inclino por pensar que las cosas son como son, y que lo único que podemos hacer es enfrentarlas como mejor podamos. ¿Significa que debemos resignarnos ante las evidencias? Obviamente, no. Comprender la realidad no implica aceptarla, pero es necesario conocerla.
Ayer viajé por primera vez en el AVE a Madrid desde Barcelona. Se dio la casualidad de que al tiempo que yo salía de Sants entraba el tren procedente de Atocha. Viendo el montón de trajes, corbatas a juego, y señoras con zapatos de tacón resultaba fácil imaginar quién llegaba. Por si quedaban dudas allí estaba esa nube de periodistas y cámaras que son el presagio de algo por venir. El Presidente del Gobierno y la ministra de Fomento venían a decirnos que España es una y que aquí no pasa nada, sonrientes ellos, traedores del progreso, como bienchores que "regalan" infraestructuras a sus súbditos. Al otro lado del andén, imagino que esperaba el President de la Generalitat y su séquito agraviado.
Entretanto, la gente, todos nosotros, a lo nuestro, a nuestras vidas.
 Por suerte, el paisaje se tornó pronto borroso para mí. A 300 kilómetros por hora, el tiempo y el espacio se miden en función de las páginas que puedes leer de un libro entre el origen y el destino. Cuando alcé los párpados y vi los melancólicos mamparos de Atocha, pensé en uno de los personajes de mis novelas, y como a él,  se me ocurrió que así de risibles son las cuitas de los hombres y sus banderas.  Las fronteras las inventan quienes quieren y el viento las desmiente.
Desde Madrid, otro tren, esta vez a Alcalá de Henares. Aquí la cosa cambia, y la niebla que cubría tantos barrios y polígonos fantasmas encoge el corazón, como si se atravesara el cadáver de un enorme dinosaurio: las grúas abandonadas, aceras y farolas sin calles ni edificios, nudos de vías herrumbrosos. Los trenes de Cercanías no tienen glamour: transportan gente cansada, mano de obra, miradas que sueñan otras cosas. Nada que ver con hoteles y flashes del Madrid de Feria y poetas, nada que ver con flores y discursitos de "yo he venido a hablar de mi libro"
Mirando las manos de un hombre que se sujetaba a la percha vi mis manos hace un tiempo, y las de mi padre cuando abandonábamos la ciudad para escondernos en nuestro suburbio. Sé que es absurdo, pero sentí un poco de vergüenza cuando comparé aquella imagen con el hombre que vi reflejado en la mampara del vagón. Este hombre que ahora soy yo.
Llegamos a una estación en una  ciudad dormitorio pasado Torrejón que se ha quedado a medias, de allí tomamos un taxi hacia un conjunto de naves donde más que actividad industrial se ven pulular bajo un frío helado travestidos masacrados por la vida, fantasmas que te encogen la alegría con sus miradas de vidrio, con sus sueños de transformarse en amapolas que se han quedado en adefesios por falta de dinero para cirujías y hormonas.Qué pena tener que chupar pollas (perdonadme) para ser lo que necesitas ser, porque es lo que eres aunque la naturaleza te haya traicionado.
El objetivo de mi viaje era presentarme en la distribuidora de libros que trabaja con mi editorial. Veníamos a presentar Respirar por la Herida a los comerciales, a enganchar con nuestro optimismo la fe que tenemos en esta novela. El discurso lo tenía claro. Podré vencer cualquier obstáculo, me había dicho al subir al tren en Barcelona. Pero a medida que van pasando todas estas imagenes la realidad me cala despacio como la niebla y este intensísimo frío industrial. Ya no estoy tan seguro de nada, me digo, mientras sigo sonriendo para que mis compañeros de la editorial no noten lo que me está desmontando.
Es cierto, yo tengo mi realidad, debo luchar con mis armas pero somos seres polifónicos, no vivimos ajenos a la respiración de los demás.
Por suerte, me rearmo con rapidez, explico lo que he venido a explicar con convicción, porque la única convicción creíble es la que se siente como verdad. Veo las caras de los comerciales, en el lunch, y luego en las sesiones de trabajo. Están cansados, están tan aturdidos como todo el mundo, quieren trabajar, quieren salir adelante, pero todo es gris, todo es dudoso. Las cosas estan jodidas. Asiento sin perder la sonrisa, porque he descubierto que mi mayor poder es trasmitir la tranquilidad de quien no tiene otra cosa más que luchar y luchar sin ceder al deánimo. Al final siento que ellos creen en lo que hemos venido a contarles. Y así todo será un poco más fácil. Necesitan algo a lo que agarrarse, y yo les digo con entusiasmo que ese algo está aquí, en sus manos.
Por suerte no notan mi flaqueza, a pesar de todo, la imagen de esos travestidos humillados, de esas manos callosas en el tren grafiteado de Cercanías. Ni siquiera me inmuto cuando me muestran el almacén de libros y contemplo los paliers con cientos, de cientos, de cientos de miles de libros que, probablemente, jamás llegarán a tus manos, lector. No muestro dudas cuando en mi interior me pregunto: ¿en qué lugar de este almacén morirán mis ilusiones? Me quito eso de la cabeza. Con rapidez.
La vida es multicolor. Todo sucede al mismo tiempo en todas partes. Y yo he vivido muchas vidas, y con cada una de ellas he laminado un poco más mi escudo frente a las adversidades.
De regreso a Barcelona, ya de noche, han desaparecido los periodistas, los políticos y sus discursos. Subo hacia el parquing a buscar mi coche, cansado, con ganas de dejar de pensar, llegar a casa, abrazar a mi compañera y escuchar sus palabras de siempre: Esto es nada para nosotros, las hemos visto mucho peores. Necesito oírlo, rearmar entre sus brazos mi fe.
Enciendo un pitillo y en el chaflán del hotel, entre bidones y restos de obras, casi tropiezo con un bulto compacto que se mueve. Lo miro y descubro el perfil de una persona. Es un mendigo. Os juro que estaba leyendo un libro, y que esa imagen casi me revienta el corazón.
¿No es una hermosa maestra la vida?
No hay moralejas, solo distintas complejidades.
 

2 comentarios:

  1. Como siempre que leo algo tuyo dejo de hacer lo que estoy haciendo, estudiar inglés en este momento, y me quedo enganchado a lo que escribes que siempre tiene algún mensaje que me interesa, y no puedo parar de leer hasta que lo he acabado. Después reflexiono, la reflexión ha sido triste, pero de una tristeza real, de la vida diaria, sin concesiones al melodrama. Escribes de puta madre y tienes el gran talento de llevar al lector por donde tu quieres. Eso se llama ser grande. Saludos, Manuel Ruiz.

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  2. Hay algo que va más allá de lo estético en todo lo que hacemos. Una intención, la voluntad dde entender, aunque sea un poco, lo que nos rodea. Gracias por decirme que sí, que vale la pena, Manuel

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