sábado, 15 de diciembre de 2012

Tanto ruido. Tanto miedo.

Ayer fue uno de esos días que uno se guarda, cuando puede, para dedicarlo a los amigos sin prisas.
Vivo fuera de Barcelona y eso es como decir que vivo en el coche y en los atascos de entrada a la ciudad, de modo que me fui con tiempo de sobras. Los atascos son la excusa que utilizo para regalarme una hora de calma antes de las citas. Me senté pues, mientras esperaba a mi primer encuentro, con tiempo de sobra en el café de la Virreina y un libro del escritor Alfonso Cervera.
Es una alegría encontrarte con palabras que puedan reconciliarte con la escritura, y aún, con la lectura. Dicen que se lee poco en este país y que se lee mal. La misma perorata de siempre: que la gente escoge lo fácil, que ya nadie escribe desde la honestidad...Es mentira. La gente quiere encontrar algo en los libros, en las historias que escribimos. No necesita que se le tome el pelo con estupideces y zafiedades. Cuando abres un libro y destila Verdad, no puedes sustraerte a él. A mí me gustan las historias pequeñas, esas que desde la modestia (que no simpleza) crean un universo complejo y rico donde puedo identificarme.
De modo que cuando llegó mi primera entrevista (mezcla de trabajo y amistad) no podía disimular ese gozo de reencontrarme, después de mucho, con algo que me hacía palpitar. De alguna manera, me sentí optimista, no como los estúpidos que niegan la mayor, sino del modo en que uno comprende que está en un todo, y que dentro de ese todo están las partes. Que también hay sitio para la esperanza que unos y otrs se emperran en arrancarnos. Y sin esperanza, no queda ni siquiera la capacidad de luchar. Sólo la resignación. Y eso es lo que pretenden. Y contra eso luchamos.
La ilusión contra una cierta realidad. Ilya es un buen hombre. Trabajador y honesto, profesional. Supongo que pensaba que debe infundirme ánimo para lo que viene. Ser escritor no es más fácil ni más difícil que cualquier otra cosa en estos tiempos. Pero se lo nataba en su mirada, el temor. El temor a que todo no sirva para nada, el temor a fallar ¿a mí, a la editorial, al mundo, a sí mismo? Hacemos juntos un ejercicio de voluntarismo. Nos recordamos en lo que creemos, en porqué hacemos las cosas del modo que hemos decidio hacerlas. repasamos el planning de la próxima novela, presentaciones, medios, etc, y cuando por los descosidos se le escapa ese temor, pienso en mi amigo Cervera, me acuerdo de mi mismo hace muchos años sentado en el castillo de Torrebaró, mirando la ciudad de Barcelona, esperando ver subir por la cuesta de la montaña a mi padre con un inodoro en el hombro que se había encontrado en una escombrera. Pienso en la cara de felicidad de mi padre al verme esperándole, aquel niño de rodillas solladas y piel agitanada. Mira, ya no tendrás que ponerte en cuclillas en la letrina.
Pienso en el punto de partida. Le sonrío a Ilya. Todo irá bien.
Lo sé.

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