viernes, 7 de diciembre de 2012

El Ser desnudo

Esto dejó escrito el poeta Rafael Cadenas:
"Sondear ese extraño que uno es. Pero ¿quién indaga? Alguien perdido sale a buscar a alguien perdido"
Por algún motivo, pensaba en este aforismo, que no es verso, sino dicho, la otra noche, mientras asistía a la presentación del libro de un escritor. El lugar  inmaculado, una de las salas de conferencias del colegio de abogados de Barcelona. Paredes y techos decorados con hermosas pinturas, lámparas de araña que pintaban una luz acogedora y elegante, la sala y el anfiteatro a rebosar. Personalidades de la cultura, de la Política. El inigualable Iñaki Gabilondo, amigos del autor, periodistas...
El caso es que mientras se iba desarrollando la presentación según el guión previsto, yo que estaba de pie, apoyado en una columna al fondo de la sala empecé a imaginar que todo aquello no era real.
De repente pensé  cómo sería aquella sala cuando todo terminase, las luces apagadas, las copas de cava vacías, los aplausos y las risas silenciadas. Imaginé la enorme sala a oscuras y en silencio. Y me imaginé a mí, sentado en una de las sillas. Solo. Y tuve la intuición de que morirse es algo parecido a eso: enfrentarte al vacío que dejan los sonidos de tu vida al retirarse como una ola. Nada de lo que haya hecho hasta ahora o de lo que haga en el futuro perdurará más allá de un eco lejano que se irá apagando lentamente. ¿La gloria? ¿Qué es la gloria frente a esa certeza?
Y en ese momento, el grupo de música que había tocado una pieza al principio, acabó con otra canción, mezcla de flamenquito, de barrio y de fusión (Lamento muchísimo no recordar el nombre del grupo). La letra hablaba de un drogadicto y de su lenta derrota, de los personajes de la calle que se levantan a pesar de que les pesan las piernas como plomos. Me concentré tanto en aquella voz desgarrada, en los sonidos arañados de la guitarra que olvidé dónde estaba y viajé a mi pasado, a mis primeras luchas contra los dragones y sentí que el niño que llevo dentro lloraba y yo le consolaba,  porque yo le guardo aunque me sangren las heridas. Aquella canción me trajo todo el dolor que pueda llegarte de modo inesperado. Al acabar los parlamentos y la presentación, mientras se formaban grupitos de autores, público y demás, logré escabullirme hasta aquel músico. Sé que le acaricié la cara con fraternidad. Y sé que me entendió.
Aquella noche, mientras regresaba a casa conduciendo por la autopista escuchaba canciones de Diana Navarro, volví a a sentir lo mismo que otras veces. Lo mismo que había sentido aquella tarde. Que desaparecían los faros de los coches en el carril contrario, que mi coche y la música se transformaban en una burbuja. Que yo estaba dentro, flotando a la deriva. Sin encontrar mi sitio.
Detuve el coche en área de de descanso y bajé a fumar un pitillo. Era de noche ya, lo peor del invierno es la sensación de que la noche pesa más que el día, aunque no eran más de las nueve. Me apoyé en el capó mirando las estrellas, las mismas constelaciones de cada noche cuyos nombres soy incapaz de recordar. El firmamento hace verdad el dicho: cuanto más miras más ves. Así que si concentras la mirada en la noche descubres que existen matices incluso en la oscuridad más cerrada, mantos de negro que superponen como capas que vas desvelando pacientemente.
Se me ocurrió que nací dentro de esa oscuridad, en el útero de mi madre, ciego, sordo a nada que no fuera el latido de mi propio corazón. Y que a lo largo de los años he ido abrigando mis desnudez con capas y más capas, pero que sigo sintiendo el mismo frío que sentí al irrumpir en el mundo con llanto.
Tenté la oscuridad con mi mano, alcé el brazo hacia el cielo y lo dejé allí, entre mi mirada y una miríada de puntos brillantes. Fue un instante, nada más, pero me sentí feliz, libre de pesos y cargas, parte de aquella oscuridad.
Entonces escuché ruido a mi derecha. Un camionero que había saltado del camión a orinar me miraba con recelo. Sonreí y mi brazo volvió a mi cuerpo.
Una bonita noche dije.
Él se encogió y dijo que no me entendía. Pero yo sé que sí me entendió. Al pasar a su lado con mi coche, le vi mirando el firmamento.

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