lunes, 12 de noviembre de 2012

París: la patria imaginada


Tal vez el distrito XIII de París naciera como un barrio obrero en el lado izquierdo del Sena, pero no parece que hoy quede mucho de aquellos focos de la Comuna de París que también tiñieron estas calles de sueños y utopías que se fueron con el eco de los gritos y las explosiones. Mientras paseo por las calles de la "butte aux Cailles" y me paro a contemplar los murales pintados en las paredes y los pequeños restaurantes comunales pienso que esta lluvia que me está calando hace mucho que lavó la sangre de los adoquines. Hace un frío que pela y el cielo dibuja tirabuzones negros que ya no tienen nada que ver con las chimeneas de las fábricas. Me siento en un bistrot a tomar un café y leer Éloge de l'Ombre,  regalo de una amiga que parece haber captado qué clase de literatura puede atraparme. Sonrío con disgusto cuando veo la cuenta. ¿Un barrio obrero? Tal vez lo fue, pero dudo que un obrero pueda pagarse muchos cafés a 2'50 euros. Eso sí, acompañado de un vasito de agua.
Y aún así, esto es París. El de verdad, una parte de esta ciudad que existe en el imaginario de los que todavía soñamos con Cortázar y la sonrisa de Rayuela. No hay turistas, y yo no lo soy. Me disfrazo de uno más, escandalizado con el precio de los pisos que veo en una inmobiliaria.  Pequeños comercios, plazas habitadas por la gente de los barrios, salvo el barrio asiático que existe en toda ciudad que se precia de cosmopolita. Niños que juegan al balón chapoteando en los charcos, madres con expresión de aburrimiento. Una iglesia baptista que tiene un cartel con una imagen de algún hombre santo. Hombres santos en tiempos difíciles.
El edificio del ayuntamiento queda frente a mí, al otro lado de la Plaza de Italia. Es una muestra más de este distrito populoso que entremezcla sin fricción edificios nuevos y altos de oficinas con viejos bloques parisinos, tan característicos como su buhardillas de pequeños ventanales de madera. Han colgado algunas pancartas del París Polar y unos afiches. Mi nombre está escrito, y como me ocurre al mirarme en las fotografías, no me reconozco, me "sueno" extraño.
Tal vez sea cierto, como dice una amiga, que soy un romántico y que por eso prefiero París en otoño e invierno. En cualquier caso, me atrae un pensamiento que me aleja de todo unos minutos: Somos estrellas errantes en busca de un destino imposible. Inventamos los lugares en los que queremos habitar.
Me obligo con un esfuerzo de optimismo que a veces roza la ingenuidad a creer que soy dueño de mí mismo, y que contra "Unamuno y los demás" puedo vencer sobre mis circunstancias.
Una boda civil me saca de este peligroso deslizarme hacia la realidad. Un matrimonio mixto: ella oriental, vestida de novia con toda la parafernalia: copa en la cabeza, cola larga que se bebe los charcos (¡qué lástima manchar esa blancura virginal de barro!), arroz, pétalos. El novio circunspecto, alto y rubio, mira al cielo con un mal augurio.
Una mano amiga me estrecha el brazo por detrás. Mi amigo Pierre, escritor, músico, bon vivant, me abraza y con su francés escupido (olvidamos que las lenguas son un incordio) me desata su retahíla de comentarios mordaces sobre el supuesto laicismo de los franceses. Creo que algunos invitados nos han oído y miran los hierros que sujetan sus piernas de mala manera. Los chicos terribles de la novela negra: siempre contra todo, sobretodo siempre contra la tristeza que aulla en sus corazones.
Es extraño sentirse en casa cuando estás fuera. Las caras familiares, las bromas que son el preludio de una aceptación. Como en las cárceles, nadie cuenta la razón por la que estamos aquí. Estamos y eso es lo que cuenta. Un salón barroco, frescos en las cúpulas, lámparas con lágrimas de cristal. Mesas tapizadas de rojo. Empieza el espectáculo y toca dar lo mejor. Nadie que se acerca hasta aquí merece otra cosa que lo mejor de mí mismo.
Al salir a fumar y integrarme en los corrillos, no dejo de pensar que los escritores somos como esas voces molestas e inconvenientes de los borrachos. Se tolera lo que decimos  hasta que ciertas voces empiezan a molestar. Esa expresión metafórica gana fortuna y en algunos casos, es estrictamente real. Mejor no tomarse muy en serio. 
Alguien me pide fotografiarme. Me re parece extraño, pero accedo. Cada ojo tiene su visión. Luego esa persona me dice que mirar a los ojos de un escritor es peligroso. Porque a veces el torbellino puede arrastrarte, te succiona. Tal vez sea por eso que la gente se acerca a pedirte que le firmes un libro con un punto de inquietud.
Me gusta mirar a la gente. Me gusta que me miren y no me importa la corriente subterránea que se establece entre sus pesares o ilusiones y los míos. Basta una palabra para que se desate el encuentro, la coincidencia, las vidas que deseamos compartir. Nadie quiere estar solo en este mundo de sombras y soledades. Por eso, pienso, escribimos y leemos. Inventamos personas, como inventamos lugares, y nos asusta que la confrontación de la realidad destroce nuestros castillos de aire.
Me toca hablar en una mesa con grandes escritores. Grandes por lo que dicen, Scolombe, que adora las comas porque son la respiración del texto, y Anne Secret. La sala está a rebosar y la gente espera algo de mí...algo que no sé qué es. Solo estoy aquí, escribo libros, invento patrias. Me busco en las palabras y no suelo encontrarme. Tal vez por eso hablo del silencio, del eco de las palabras que no se gritan. el desespero de un mudo que no sabe cómo hacerle saber a los otros de su dolor.
Maldita lluvia que alimenta esta sensación.
Hay una comunión de emociones. Si son auténticas las notas en esos rostros que te escuchan y que mueven los labios, quieren hablar, quieren decir. Y mientras doy mi parte con el micrófono no puedo evitar escucharles en mi cabeza, mezclar sus voces con las mías. Todos hemos perdido algo, y me parece casi un milagro que ellos piensen que yo se lo puedo devolver. Me asusta.
Acabada la conferencia, tengo que marcharme. El avión no espera. No tengo tiempo de quedarme a firmar más libros, ni de recoger ese poso de expectativas. Otra vez será.
Camino al Charles De Gaulle arrecia la lluvia y los faros de los coches son como diademas de fuego que rebotan en los cristales del taxi. La circunvalación de París es un caos. El taxista me habla de la crisis de España, y así trata de expulsar el temor de que también llegue hasta ellos esa sombra de miseria que se cierne sobre toda Europa. Asiento y respondo con monosílabos hasta que el hombre deja caer la conversación y puedo cerrar los ojos y sumirme en el silencio. No quiero hablar hoy de esas otras patrias que expulsan a sus hijos. Quiero vivir un poco más en las fronteras que yo he inventado. 

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