jueves, 8 de noviembre de 2012

Juego de muñecas

Delante de mi casa languidecen los cimientos de dos casas adosadas. En los pequeños recuadros que se suponía iban a ser piscinas, lo único que crece son matojos que dan cobijo a ratones que no son colorados y a toda una fauna de bichos silvestres. Al menos a ellos, la crisis del tocho les ha salido bien. Ahora tienen un hábitat confortable entre hierros oxidados, cascotes y montañas de cemento y arena endurecidas.
En el centro queda la marca y el hollín de la hoguera que en invierno levantaban los paletas para calentarse las manos y de paso quemar plásticos que atufaban el barrio. La valla perimetral ha ido venciéndose con la fuerza del viento sin que nadie se preocupe de cercar esos restos de miseria. La licencia de obras del ayuntamiento caducó hace mucho, tanto como las ilusiones de los hipotéticos hipotecados que nunca llegaron a comprar estas casas adosadas con piscina.
Al otro lado de la acera, un señor de hombros caídos y la piel arrugada se detiene por las mañanas ante estas ruinas que no tienen nada de griegas pero que un día ejemplificarán la codicia humana, como lo hacen los restos de la Roma Imperial.
Este observador de máscara hierática pasa mucho tiempo ahí, con las manos anudadas a la espalda, sin mover más que  una baya de lado a lado de la boca. Me pregunto quién es, por qué razón se le clava cada mañana la mirada en la caseta de obra, en la cementera callada.
Tal vez era un trabajador que se fue al paro con veinte días por año de indemnización tras una vida en la empresa.
Quizá soñaba por contra con una de esas casas para su hija, cuyo nieto lleva él al colegio antes de su parada rutinaria. Puede que incluso avalase con su pisito comprado hace cuarenta años el sueño de su hija o hijo de vivir en una zona tan bonita, con piscina y jardín.
Parece más improbable que sea el dueño de la constructora, aunque quién sabe: tal vez lo sea y rememore los buenos tiempos, cuando todo se vendía sobre plano y exigiendo pagos en negro, cuando los regidores que ahora no le cogen el teléfono se dejaban invitar a restaurantes caros. Tal vez se pregunta cómo ha sucedido todo, ahora que tiene su imperio derruido a sus pies.
No sé quién es. No se lo he preguntado. Puede que un día lo haga, pero probablemente no tenga nada que decirme. A fin de cuentas, tal vez no sea más que un jubilado que hace metáforas de lo que se construye y se destruye, tan frágiles los cimientos como la propia vida.
Entretanto, al otro lado de la calle dos chicos de no más de trece años arrastran sus pesadas mochilas de libros a la espalda como si caminaran con una cruz camino del monte Calvario. Uno de ellos fuma y no entiendo cómo no se tropieza con los pantalones, así de baja lleva la cintura. El otro parece más tranquilo. Sólo mira al suelo, o tal vez mira sus bambas de cordones desatados. Parece que ha pisado una cagada de perro y maldice (en catalán, con acento lejano)
Detrás de mí oigo la televisión. Las noticias de la mañana. El mismo runrún oportunista, la misma poca imaginación mires dónde mires y escuches lo que escuches. Ver las noticias  se ha convertido en algo parecido a la pesada publicidad. Políticos, opinadores, más políticos... La miras pero no la ves. Por inercia.
Ella está desayunando con el pelo recogido. Todos tenemos esos ojitos de bebé, abotargados al despertar. Parecemos limpios todavía, ingenuos, antes de que el día nos ensucie. No sé lo que piensa, pero me doy cuenta de que no está aquí, en la cocina. Solo ha dejado su cuerpo para no asustarme con tanta ausencia. Somos seres mágicos. Tenemos esa dualidad.
Enciendo el primer pitillo y no me acuerdo de volver la cara a la cajetilla. Fumar mata y una calavera me lo recuerda. Gracias. No le pido a la vida la inmortalidad.
 Me bastaría con poder disfrutar unos minutos de un sol que miente porque alumbra sin calentar, de este cielo que es azul porque no podemos ver su verdadero color. Refugiarme en las apariencias como un gato en la tapia, dejar por un momento de pensar.
Por todas partes inventan países, y fronteras, y miedos, y mentiras y discursos. Y hay que lidiar con eso, y con la rabia cotidiana, la quemazón de tanta hipocresía. Pero necesito esta pausa, este verlo todo sin ver nada y encajar una muñeca dentro de otra, las cosas más pequeñas dentro de las más grandes. Y al final esa cara de madera pintada.
Luego todo estará bien, podré continuar.
Aplasto el pitillo, el viejo sigue su camino. Ella ya se ha levantado. Encima de la mesa está el coletero, un vaso a medio terminar y la televisión encendida.

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