miércoles, 31 de octubre de 2012

Baja por la Ternura

Me dice el diccionario que la ternura es la cualidad de tierno. De frágil. De delicado. De poco endurecido. Pero ambos sabemos que un diccionario no es más que una colección de palabras. Poca cosa sin la voz que lo alimenta. Nada sin la experiencia que lo matice.
Dejarse llevar por la ternura es como abandonarse a una corriente de arroyo boca arriba con los brazos en cruz, mientras el cauce nos lleva y confiamos. Es sentir el agua entre los canales de los dedos, la calidad del sol en las pestañas donde cuelgan minúsculas gotas que se secan despacio. Es el susurro del agua entrando y saliendo de los oídos. Es flotar.
Bajar por la ternura es pasear a las tres de la tarde en un pueblo desierto de mi tierra, donde crujen las chicharras como los pasos de un perro. Las calles vacías, entregadas al Sol, a las sombras aquietadas de los abuelos en un porche, bajo su sombrero desgastado. Acariciar las fachadas de una casa arrugada, vieja, acabada, y sentir bajo el grueso yeso el palpito de un cansancio, de un sudor, de los ruidos y vidas que allí vivieron.
Atarse a la ternura es una fotografía de un soldado que llora con el fusil entre las rodillas y las manos manchadas de sangre ¿de qué sangre, de la de otro, de su víctima, de la suya? No importa. Sólo están esos ojos que miran y se derriten de tristeza y quieres abrazarle.
Vencerse por la ternura es ese gesto tan bonito que trazan las hojas a punto de desprenderse de la rama, sin querer caer porque caer es morirse. Y ni siquiera las hojas del otoño se quieren despedir para siempre.
Estoy en las páginas de aquel libro que te prometí, enredado en las palabras que siempre nos son más sencillas cuando las pensamos antes de pasarlas de mi boca a tu boca. Es cierto, es más agreste descrito que sentido, pero también eso es ternura. Mi imposibilidad para decir cuánto te debo. Cuánto soy de ti en cada paseo que vengo dando desde entonces, en cada pequeño hemisferio que he ido surcando estos años.
Se vence el tiempo sobre nosotros como una barra de acero. Es ternura ver cómo vamos cediendo, milímetro a milímetro, nunca del todo, nunca por entero.
Quería decírtelo hoy. Cuando te miro, me bajo a la ternura, y me acuerdo de todo lo pequeño. Y me acuno con las espigas, y me duermo con el rocío. Y no invento poesías, ni sueños. Sólo te miro y sí: soy frágil, ya no tan duro, un poco más tierno.
A mi padre. Porque hoy me lo trajo el viento.

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