viernes, 26 de octubre de 2012

Despacio

Camina despacio, contando los pasos, llenándose los zapatos de instantes. La ciudad es menos dura  al anochecer. También el otoño la ablanda, como la lluvia que hunde los hombros de su gabán. Las calles le pertenecen ahora. Son el territorio de los valientes, como ella, que se aventuran sin escudos en la noche. Ya nadie le planta el pecho abierto a la tormenta.
 Los curiosos que se protegen bajo la marquesina apartan la mirada. Temen el contagio: la alegría de vivir es una extravagancia en estos tiempos. Imperdonable sonreír cuando el mundo se derrumba, contradecir con una canción silbada el silencio trágico que imponen los tiempos. Su risa, la de esta mujer, les reta entre los truenos y el chapoteo de las canalizaciones. Les tiende los brazos y les invita a bailar. Pero ellos la rehuyen, hostiles, pequeños, diminutos más bien detrás de sus grandes paraguas y sus certezas sin igual.
Pero a ella no le importa el miedo de los demás. Tampoco, esta noche, el suyo. Que lo tiene, ahí, guardado en el bolsillo que se va llenando de agua.
Se siente ligera, acariciada por las medias luces que alumbran la piel brillante de su rostro y su cuello, el pelo empapado, cosido a su mirada  sin rumbo ni decisión, la boca entreabierta para beber, los labios húmedos.
Se detiene en un paso de peatones y contempla el semáforo. Qué hermosos son los colores desdibujados. Qué irreales.
Se da cuenta de que la estoy mirando. Me sonríe y se rompe algo en mí. Estoy quieto, escondido debajo del cuello alzado de mi chaquetón. Pero yo no sé bailar. No puedo, no me atrevo. Mi miedo pesa más que el suyo.
Recoge sus zapatos y cruza la acera, descalza. Casi no puede reprimir la risa. Como antes, no hace mucho, cuando los charcos eran mares que debían badearse con decisión.
La veo alejarse arrastrando la cola del viento, la cohorte de cristales de agua envolviéndola de brillantes. Y entonces, cuando la luna se abre entre las antenas, levanta el vuelo, se eleva y se deshace.
Despacio.
Cierro los ojos y la dejo caer sobre mi rostro cansado, convertida en mil caricias.
Yo también quiero aprender a irme.

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