jueves, 18 de octubre de 2012

Toulouse: la ciudad del rosa al negro

Al bajar del avión en Toulouse, lo primero que veo es un avión muy extraño. Tiene forma de ballena beluga. Lo segundo son dos cazas que vuelan raseado y en formación. Los aviones militares son grietas en el cielo, pájaros de mal agüero. Y sin embargo imperiales. A veces nos atrae la oscuridad.
En el hall está Miguel Ángel, presidente de la Casa España, y a su lado el escritor Mateo Sagasta, que también acaba de llegar de Madrid. Lo primero que se me ocurre al verle es que se parece mucho a una escultura del Quijote que preside mi despacho: enjuto, alto, perilla y mostacho mosquetero, pelo canoso, frente amplia y voz ronca. Y como la intuición no me miente, descubro que escribe novelas de Historia y misterio ambientadas en la España del siglo de Oro. Me cuenta que Avellaneda le ha robado un personaje a Cervantes. En los días que vienen me acercaré a él para escucharle. Moderado mesetario, tiene la buena educación de no preguntarme por la política hasta que convergemos de manera natural.
Llaman a Toulouse la ciudad rosa por sus fachadas que reflejan los atardeceres con esa tonalidad. Sin embargo, el cielo está encapotado, el tráfico es intenso, y nos dirigimos hacia una barriada del extrarradio, Gambo, tristemente conocida porque aquí vivía el chico que mató a varios militares y que murió en Toulouse a manos de la Policía. Población de muchas nacionalidades, nudos de carreteras y plazas duras. Aquí ha plantado su pica la librería Renaissance (Renacer). Como un ejercicio de voluntad inquebrantable de Rosalyne, su hermana Silvia, y el equipo de la librería. Contra viento y marea resisten, y parece que sus estantes de libros quieran proyectar un poco de luz sobre todo este cemento.
Aquí, en la casa del PCF (veo un viejo cartel colgado en una de las fachadas) ondea esta extraña bandera de palabras. Hay un enorme cartel anunciando el festival, una imagen de cómic inquietante: unos rapados dispuestos a sollar a un adolescente, y sobre las cúpulas de Toulouse un justiciero enmascarado.
Me tropiezo con unos ojos enormes y bellos, parecidos al mar cuando está anocheciendo. Y una sonrisa que se descorre como una cortina para mostrarme el escenario de esta experiencia.
Ya hace algún dia que han ido llegando los demás escritores y en cierto sentido es como llegar a una fiesta cuando esta está en marcha. Enseguida reconozco a amigos franceses y me reconocen. Saludos, abrazos y el primer café en la barra, bajo el entoldado. Ida Masplede va de un lado a otro como Siva con sus ocho brazos, reparte besos, bienvenidas, organiza y dispone con una energia apabullante. Algo más pausado, algo más plácido, Claude, el alma mater, me saluda desde su bonomía, y uno se siente un chiquillo desarmado. Claude es de esas personas que le alegran a uno el corazón. Un niño detrás de su vieja mirada.
Enseguida llegan las primeras exposiciones, en la casa España con Ramón Eterovich. Silvia, una voluntaria que nos avizora desde la distancia prudente está atenta a todo. La conversación, a caballo de Pinochet y Franco, del detective de Ramón y de mi María Bengoechea nos lleva de Santiago a Madrid como una cadena de trasmisión a todas las iniquidades, sin que importe el paralelo.
Mientras firmo libros escucho historias, humanidades que están por encima de lo que la literatura puede abarcar. Pasa lo mismo cuando entro en el foro con Ernesto Mallo, Mauricio de Giovanni, o yo mismo.
La sala abarrotada, la gente en las escaleras. Hablamos, y cuanto más lo hacemos más denso se vuelve el silencio, más cargado de emoción. Literatura y dolor, dolor y dictadura. Ernesto habla de la estupidez, del absurdo. Yo hablo del silencio que heredamos, de las culpas que nuestros abuelos no merecieron pero de las que les hicieron creerse culpables. El público asiente, interviene, y en algún momento tengo que mirar al suelo para no enfrentarme con esos fulgores que veo en tantos ojos. Les das voz a sus silencios, se abren las puertas y las tristezas y alegrías del pasado se desbocan. Por suerte, Ernesto, poeta y hombre de mundo, sabe romper con humor esa concentración de recuerdos y respiramos con una sonrisa triste.
En el set de France Bleu me piden que despida el programa con una canción de Jeanette. Risas en directo para Francia. Un Toulouse, que me despedirá con lluvia, mientras fumo y tomamos café al borde de la terraza, contemplando los charcos que se van formando, me muestra su cara amable.
Mil pequeñas conversaciones, complicidades y momentos mágicos, como cuando Salem se despoja de su inevitable pañuelo y yo adivino en ese gesto la voluntad de despojarse de su personaje para ser él mismo.
La noche entre escritores abre demasiados caminos y no todos pueden ser recorridos. Es mejor retirarse antes, pasear tranquilo bajo las estrellas, por el casco viejo, escuchando a lo lejos la campana de un tranvía y las canciones de unos borrachos.
Hay mujeres que un día fueron jóvenes y me miran con ojos agotados. Hay hombres encorvados sobre un libro que alzan la cabeza al pasar.
En Toulouse converge Mérida, la estepa rusa, el ayer y el ahora. Ignacio del Valle me saluda desde su gorra de béisbol, alto, formal, magníficamente honesto. Pero paso esta noche del patê, del canard, del buen vino.
Me gusta estar en medio de todo sintiendo que mi burbuja es flexible, que puedo salir y entrar.
A qué negarlo, este es mi lugar. Lo sé, soy feliz, mientras lo pueda ser, canto mientras me alejo. Ellos, sus cantos, sus miedos que se escriben, sus páginas que dibujan una manta para protegernos de la oscuridad, los escritores, seguirán ahí hasta que amanezca y no teman cerrar los ojos.
Se acaba Toulouse como el viento que rachea la lluvia contra la ventana del TGV. Rumbo a Burdeos leo, pero en realidad sólo pienso. Y preferiría no pensar.
Siempre me siento así al partir. Pensando en lo que dejo atrás.
Siento el suelo que se mueve, busco mi pequeña y fiel libreta, el oído que recibe mis confesiones, y empiezo a escribir:
Érase una vez...

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