lunes, 8 de octubre de 2012

Polar Pau: La imposibilidad del Tiempo

No hay vuelo directo de Barcelona a la ciudad de Pau, capital del Departamento de los Pirineos Atlánticos en Francia, como si esta hermosa tierra quieta en el tiempo  no se dejara arrastrar por la marabunta turística. Pau está aquí, rodeada de montañas, y parece decirte que si quieres encontrarla, tienes que currártelo. Vale la pena el enlace desde Lyon. A mí, que me gustan los aeropuertos como a Tom Hanks y su personaje de una república del Este imposible, el viaje me brinda la oportunidad de observar sin ser observado. La invisibilidad del narrador entre gates y salas de espera. El zoológico humano desfila ante mis ojos de un avión al siguiente.
Primera sorpresa: la puntualidad de Air France. Segunda sorpresa: los aviones pequeños vuelan con rotores de hélice y eso despierta un temor infantil. Me paso la mitad del vuelo mirando el giro invisible de las hélices pensando en qué momento van a detenerse. Pero el pequeño se desliza con suavidad entre las nubes (día gris, precursor de un buen festival de Polar) y además, los asientos son más amplios que los de Ryanair. Y la azafata es guapa a la manera que es guapa la gente normal. Ensayo mi oxidado francés tratando de recordar cómo se pronuncia "zumo de naranja" lo logro a medias y, superado por mi imposibilidad, señalo con un dedo las galletas saladas. La chica me sonríe con conmiseración. Pobre chico, debe pensar. La culpa es mía, debería haber prestado más atención en el colegio. Ahora toca aprender a marchas forzadas.
Llego a Pau un jueves. La terminal es elegante, reducida, asequible, humana. Me espera Marie, y su bebé de 11 meses, preciosa, todo ojos, como su madre. Un utilitario pequeño con el logo del festival, una silla de bebé, peluches, canasta de pertrechos infantiles. Aquí la novela negra se conjuga sin estridencias con lo cotidiano; es lo primero que pienso: me va a gustar. Marie habla español perfectamente, con ese levísimo acento que hermosea las lenguas propias en boca de extranjeros. Hablamos poco, el trayecto apenas dura veinte minutos, tiempo de subir al hotel en el casco histórico, peatonal, impregnado todo con la presencia del rey Enrique IV y su omnipresente castillo. Me encuentro la bolsa de acogida en la bonita habitación: nada menos que Armagnac, vino dulce y foie. Todavía no sé, ingenuo, lo que este bravo licor hace en las entrañas, pero lo voy a descubrir muy pronto a costa de mi estómago. "Ça, n'est pas pour gamines" Qué narices: esto es un festival de novela negra, gente dura...¿De verdad gente dura?
La primera conferencia llega enseguida en la moderna mediatheque, una especie de foro -ateneo que demuestra el vigor cultural de esta ciudad de unos 80.000 habitantes (no será casualidad que desde los tiempos de la V república aquí gobierne la gauche). El encuentro está moderado por Jean -Jacques, librerio de la Tonnet, una librería que si vais a Pau debéis conocer. Desde 1789 existe esta isla de libros e ininterrumpidamente la ha dirigido la misma familia. Jean me muestra orgulloso el acta fundacional manuscrita de sus antepasados y recorremos los niveles del local mientras hablamos de la Tristesse. Hombre tranquilo, enamorado de España, me hace fácil este aterrizaje forzoso.
Saltamos de acera y entramos en este espacio moderno, con jardín japonés detrás de una vidriera, sala de actos con unas treinta personas dispuestas a escuchar lo que yo quiero o puedo decirles sobre mis novelas, sobre mi visión de las cosas. Hablamos del odio, del silencio, de la culpa, hablamos de los niños que se mueren en sus sueños...Hablamos, todos, y el tiempo se va. Y empiezo a sentir antes de tiempo esa nostalgia de ser consciente de mi privilegio, estar aquí porque otros quieren que esté. Porque otros aman lo que yo escribo, y español trágico al uso, envidio esta sensación de pertenencia, y mirando el reloj pienso en lo que me han grabado mis compañeros de los Mossos al despedirme: "Memento mori, Víctor": Recuerda que eres mortal.
Poco a poco llegan los otros escritores, conozco a los demás miembros del festival, se conocen, hay una camaradería que me parece ser sincera (luego veré que es así, efectivamente) Son los chicos terribles de la novela francesa, la mayoría con unos niveles de ventas que darían vértigo en España, pero se dan a la risa, a las viejas bromas en la mesa. Me interpelan sin reverencias, ya me conocen o me han oído. me felicitan sin atisbo de engaño por la novela, y luego me tratan con la ironía de quien no debe tomarse muy en serio a sí mismo. Nada de gravedad, literatura, vida, imposibilidad de quedarnos aquí, en este estado, para siempre. Carpe diem.
Y sin embargo, cuando asisto a las mesas redondas, a las firmas compartidas, a las conferencias, no puedo más que admirar su entereza: saben porqué escriben, para qué lo hacen, y para quién. No queda aquí espacio para las medianías ni los lugares comunes.
Me sorprende ver en el pabellón de firmas, junto a la edición francesa, la edición española de bolsillo en una pila grande, me entristece no ver el trade de Alrevés, y encuentro, además, mi primera novela, "El Peso de los Muertos"en una pila igualmente grande. Hace ya tiempo que rompí con mi primera editorial, y desde entonces no han vuelto a liquidarme los derechos de autor, pero se aprovechan del esfuerzo de Alrevés para seguir vendiéndola. Me jode, pero lo callo. Me comentan que hay muchos estudiantes de español, y muchos hijos y nietos de españoles nacidos en Francia que quieren leerme en español. No puedo evitar una sonrisa irónica (los franceses me quieren leer en español, y en cambio...) pero me trago el comentario porque me puede la emoción. Lo importante es que lo leen, y yo debo estar a la altura.
 Horas escuchando, firmando y esforzándonos, lectores y yo en entendernos. Es gratificante,  increíble las cosas que te dicen, las puertas de su memoria que La tristeza del Samurai ha abierto y quieren compartir eso conmigo.
Hay un mirador en el stand que da a los Pirineos y al río que transcurre a los pies de la parte alta de la ciudad. De vez en cuando necesito salir a esa balconera y fumar un pitillo. Miro a lo lejos, los picos de las montañas, a la izquierda el pequeño funicular que da nombre al festival. Todo pasa y todo está quieto. Pienso en Heráclito, en la imposibilidad del tiempo cuando utiliza la metáfora del río. Nunca podemos ser los mismos, ni las cosas que pasan vuelven a repetirse.
Soy plenamente consciente de mi privilegio y quiero saborearlo pero es imposible, se me va entre los dedos. Nuevas firmas, otros colegas que quieren hacerme sentir integrado y se esfuerzan por darme conversación: Lalie, Carryl, Hervé, Puy...grandes escritores, tan cercanos que sus éxitos se trasladan a la sonrisa.
Subo al funicular, me dan dos viajes (tres minutos) para hablar de la novela a la gente desconocida: como si te metes en el metro de sopetón y empiezas a hablar de Isabel, Fernando, Andrés o María. Opto con la ayuda de Verónica, una "benévola" a una lectura compartida: yo en español, ella en francés, como un dúo bien avenido. Resultado, genial.
Un coche con una profesora, Anike, entusiasta de la novela me lleva a veinte kilómetros de Pau para dar una conferencia. Me esperan treinta alumnos de 17 años, un profesor de filosofía y una profesora de español. Hablamos de la novela, del franquismo, de la libertad y de su precio. Hablamos del silencio que es una forma de violencia, del olvido imposible de la memoria, de la imposibilidad del tiempo cuando se oculta la verdad. Mi mayor orgullo: llega la hora, se ha acabado su jornada escolar, pero muchos de ellos optan por quedarse y seguir debatiendo y preguntando conmigo. Amo esta vocación.
Podría hablar mil horas, conversaciones privadas, confesiones de esperanzas de recorrer la ruta de Kerouac en moto, un escultor rumano afincado en Francia, un pintor que viaja a Bruselas y promete enviarme sus cuadros, rostros especiales, lecturas extraordinarias, incluso estoy aprendiendo a reír con los chistes franceses de Puy.
Pero lo que me queda de este viaje a esta pregunta "moi et l'autre" es quién soy yo. Escribir es algo que trasciende la propia intención, ahora lo comprendo. No importa si se me cataloga en un género u otro, ni los problemas editoriales, ni las ventas, ni los egos. Aquí, mirando ese pico doble a lo lejos y el río a mis pies, comprendo mejor que mis ojos miran para otros, que mis palabras hablan para otros, que mis páginas abrazan otros corazones.Y a través de vosotros, lectores, aprendo quién es este hombre que escribe. Me miro en vosotros y me reconozco, y me siento en paz. Por primera vez, empiezo a saber qué sombra es la que habita Victor del Arbol.
Mi gratitud por ello.

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