martes, 2 de octubre de 2012

Cuando mi padre miraba hacia arriba

Una vez mi padre me llevó a ver la catedral de Barcelona. Yo era muy niño, y apenas guardo sensaciones de aquel momento. Recuerdo, eso sí, que me gustaba ir de su mano por las callejuelas del barrio gótico. También recuerdo que mi padre se quedó parado en uno de los laterales de la Catedral acariciando las piedras de la fachada. Era como si acariciase el lomo de un gigante dormido, con un mimo y una ternura que jamás le vi para con otras pieles. "Me gustan las piedras" dijo. "En otra vida, podría haber sido arqueólogo" Mi padre, que tuvo que ponerse a trabajar a los seis años, como tantos, apenas ha leído un libro (desde luego, no los míos), su caligrafía, que yo imito, es sin embargo grácil y hermosa, aunque plagada de faltas de ortografía. Cada error en su texto, una vez me escribió una carta que conservo, es una herida de ternura en mi arrogancia de escritor. Mi padre, que pasó su vida mirando arriba, a las cúpulas de los viejos edificios, soñó ser otra cosa antes de ser lo que fue.
Yo no recuerdo, si es que alguna vez lo supe, cuando dije que quería ser escritor. No hay una fecha señalada en el calendario de mis cuarenta y tantos años; no tuve una visión como Saulo. No supe lo que era; simplemente lo era. Entraba en las bibliotecas de mi barrio y acariciaba el lomo de los libros incluso antes de saber leerlos y comprenderlos (todavía estoy en ello), hojeaba sus páginas y las olía. Sobretodo cuando eran antiguos, el olor de la humedad me emocionaba de un modo extraño. me entretenía durante horas mirando mapamundis. Me asustaba imaginar tanto mar y tan poco tierra, y mi mirada se cosía a países exóticos: zanzíbar, Brasil, Congo...Yo caminaba mirando también las nubes, siempre con la boca abierta y en mi cabeza se dibujaban preguntas que no encontraban respuesta en las palabras. Me llevé más de un coscorrón: cierra la boca o te entrarán moscas. me escapaba con la mente del mundo que vivía, pero yo no sabía que los sueños eran una huída, que estaba construyendo los primeros escalones de mi vida. sólo sabía que lejos del suelo era feliz. Aunque tampoco sabía que fuera infeliz. Pero lo era.
Llegados los años en los que las palabras se convirtieron en mi armadura, comprendí aquella mirada de mi padre. Con el tiempo, aquella escena de la catedral se convertiría en parte de una novela que, dentro de muchos años, tal vez publique. Era ya consciente del dolor que nos rodea, y de las estrategias que todos, también ese hombre grande y fuerte, utilizamos para no olvidarnos por entero de nuestras ilusiones.
Ahora sé porqué escribo, para quién, para qué. Con los años, a base de formular la misma pregunta, he construido un discurso coherente sobre la cuestión. Pero lo cierto es que escribo porque vi la trsiteza en aquella mirada de mi padre, porque imaginé qué hubiera sido de haber podido tener la oportunidad de serlo.
Vengo de un lugar en el que los sueños son sólo parántesis entre el sufrimiento, pequeños aleteos de esperanza para soportar una vida dura. Muy dura. Tantas veces he oído, y continúo oyendo, que hay que poner los pies en el suelo, que hay que ser pragmático, que soñar está bien pero sólo a ratos, como quien ve una película o escucha una canción con final feliz, que lo fácil sería haber sucumbido.
Es difícil explicar en una entrevista, en un coloquio, en televisión o en la radio de qué están hechos mis sueños, porqué a pesar de la crisis, de las dificultades, de que mis novelas se vendan mejor en el extranjero que aquí, yo sigo con la misma determinación, con la misma alegría y convencimiento de que un día u otro, alcanzaré aquí mis metas. Cuesta no ver las cosas con parámetros realistas, no ser pragmático, no dejarse arrastrar por las corrientes del momento.
La única verdad que me sustenta es esta: se puede vivir como uno sueña, si estás dispuesto. Basta con que haya un cielo al que seguir mirando, una historia que me arranque un gemido mientras la escribo, un lugar en el mundo al que querer llegar, estar sin estar.
Hoy soy un escritor que vive, o lo intenta, de sus novelas; viajo por el mundo, recorro ciudades y pueblos, comparto café con desconocidos, los libros vienen conmigo, hablo delante de cien personas, o delante de tres, veo mis libros en las librerías, escucho y leo lo que otros dicen y escriben sobre mis novelas. He conocido a mucha gente nueva, otros se van quedando por el camino, sufro la misma metamorfosis que sufrimos todos, laminados por el tiempo, los éxitos, los fracasos, los aciertos y los errores. Pero nunca me he perdido, ni un sólo día, aunque me sumerga en la tristeza y el llanto, en la melancolía, el miedo al fracaso, o por el contrario aunque me sienta como cierto actor "el rey del mundo" con el viento de cara en la proa, por más que las alegrías asalten mi corazón...Nunca dejo de ser yo, aquel chico acariciando las historias de otros en un estante. Y nunca dejaré de serlo, por más que mis novelas me lleven tan lejos como soñé, o por más que me suceda lo que a tantos, perderme en el olvido de una intentona fallida. Ahora sé que seguiré escribiendo, pase lo que pase.
Y por si lo olvido, recuerdo aquel día, aquel niño, paseando de la mano con un desconocido que era su padre.

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