miércoles, 19 de septiembre de 2012

Vida exprés


En los Estados Unidos de América (diferencia de concepto que me han enseñado mis amigos de los Estados Unidos de México) tienen entre muchas otras virtudes, y algunos defectos, el de ser tan pragmáticos en los negocios como deudores de una cierta bisoñez en algunos otros aspectos de la vida. Ellos acuñaron el concepto de Best-Seller. Al principio, este término se acuñaba cuando un libro, por las razones que fuesen, destacaba en ventas. De ahí, pasamos al producto como tal, es decir, el best-seller ya no es una obra que alcanza tal categoría, sino que se piensa y se crea para tal finalidad (que lo consiga o no, es otro tema) Existe una cierta tendencia a menospreciar este tipo de literatura, aduciendo que es un producto fast food, de consumo popular para generar pingües beneficios a las editoriales. Sin embargo, y siendo una parte cierta, no lo es en su totalidad: best-sellers serían por poner ilustres ejemplo: Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez; o Libertad, de G. Franzen, (por buscar un símil reciente)
Me sirve esta entrada para comentar la sorpresa que me provoca la deriva de este concepto, incluso la brutalidad (grosería sería otro término adecuado) en que incurren últimamente las campañas en este sentido: desde crear libros de formato exageradamente grande, pasando por megaediciones de cientos de miles de ejemplares que acaparen todos los espacios de los pobres libreros, al autobombo de autores en las redes sociales que nos saturan con una propaganda que suple a veces los medios de las editoriales. Se hace perentorio estar para existir, más aún: gritar muy fuerte, hacerte visible a fuerza de codos, acaparar blogs, medios, redes, tuits, muros...Hacer ruido, cuanto más mejor. A veces cayendo incluso en la exageración, la sobresaturación o, directamente, la mala educación de invadir espacios privados sin pedir permiso, etc. También a la literatura llega esta pasión desenfrenada por la notoriedad que viene de la televisión. Algunos y algunas sueñan desde sus escritorios con ser estrellas del Rock.
Pero, ni siquiera eso garantiza el éxito, y a menudo se acaba sucumbiendo en el marasmo de esa exigencia; sobretodo cuando un producto se construye de manera artificiosa.
Sin embargo, es ineludible reconocer que esta política funciona, o al menos les funciona a algunos. Y esa es la meta: más, mucho más, y cuanto antes, mejor. (Recuerdo un editor, ya no es el mío) que me recomendaba sacar como mínimo un libro al año o "te perderás en  las librerías" o "si no vendes 10.000 ejemplares en dos meses, ya no vale la pena insistir. Mejor probar con otra cosa"
Hay otra manera de enfocar las cosas, sin embargo. Empezar desde abajo, hacer las cosas bien: para empezar, escribir una buena historia y ¿quién sabe qué es una buena historia antes de leerla? (pidamos al menos que pueda interesar a los demás, que técnicamente sea correcta, y a ser posible que sea estimulante) Y luego, darle su tiempo. Dejar que crezca sin prisa, no pretender engordar un libro como si fuese un pollo de almacén, sino uno de granja, a su ritmo.
Adolecemos de impaciencia en este tiempo. Pecamos de ego, sufrimos las inseguridades del ahora o nunca. Por eso me congratulo cuando entro en una librería y veo alguno de mis libros, seis años después, o un año y medio después. Es algo insólito que un librero decida que una novela vale la pena y merece esos pocos centímetros de su estante. Como lo es que alguien decida hablar de una novela sin importarle la fecha de edición en un blog o en un medio de comunicación. Porque le gusta, sin más. Sin que se la metan por los ojos. 
Con los libros pasa como con los futbolístas profesionales. Este veterano ya no vale (y descubres horrorizado que tiene veinticinco o veintinueve años). Un libro que lleva un año y medio en las estanterías sin un super nivel de ventas, es un milagro digno de adoración.
La mejor manera de combatir la impaciencia es confiar en que si algo merece la pena, perdurará, y lo hará hasta que, tarde o temprano, un lector curioso lo encuentre en el estante y encienda la mecha.
¿No me creen? Lean ustedes la biografía de Gabriel García Márquez o algunas de las entrevistas que le hacían a Pablo Neruda. Son la mejor vacuna contra esta esquizofrenia y este griterío.

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