lunes, 17 de septiembre de 2012

Hora de decir adiós

La vida tiene guiños humorísticos. Hoy, mientras me despido oficialmente de veinte años de trabajo en la Policia de la Generalitat, al tiempo que trato de reordenar las emociones que este paso me provoca, la señora Esperanza Aguirre se despide de los españolitos con mohín lloroso; será que el poder apega, será que la señora se ha dado cuenta de que mandar, lo que se dice mandar, nadie manda nada, llegada la hora de la verdad. Pero, ete aquí lo extraño de los sentimientos, creo que la entiendo, Esperanza.
No debería enlazar esta entrada con la despedida de la señora Aguirre, pero las coincidencias siempre son algo más que eso, si uno sabe leerlas. Por eso digo que la entiendo.
El primer día que pisé la explanada de la Escuela de Policia, tenía veintitrés años. Desde entonces, y hasta hoy, la vida se me ha ido en un suspiro, como si los años fueran un caldo ligero que se escurre entre los dedos. Ayer ya no es nada. Un fugaz instante para llegar a este punto en el que dices adiós.
Ahora, que todavía palpitan las calles de Barcelona con los cantos independentistas y las esteladas, ahora que muchos de mis amigos todavía andan perplejos ante la magnitud de la movilización, se me ocurre pensar que a lo largo de estos veinte años he recorrido muchos miles de kilómetros de esta tierra, que he vivido momentos históricos, de los de verdad, que he visto cómo este Cuerpo de Policia se hacía mayor de edad. Y se me ocurre pensar que hacer país es también soportar muchas cosas, no siempre justas, con entereza. Es cierto que los símbolos son importantes, que las banderas y los himnos son necesarios, y los discursos políticos, y el ardor de artistas, cantantes y músicos. Es cierto que es necesario el clamor popular para formar eso que se ha dado en llamar "identidad colectiva" Pero en estos veinte años he comprobado que la verdadera seña de un Pueblo es su Dignidad. Ese trabajo laborioso, anónimo, diario, es el que va formando un orgullo se ser parte de algo; de sentir que, de alguna manera, a la tuya, estás colaborando a que el mundo sea un poquito mejor. Sólo un poco mejor. Preguntar porqué una persona decide hacer este trabajo, no tiene una respuesta sencilla, y yo no soy la persona más adecuada para contestarla. Desde luego, no es ni grata, ni reconocida. Pero hay algo que tiene, algo que te conecta a la vida. La gente, las calles, los espejos a los que te asomas una y otra vez, sin permitir que los monstruos te arrastren.
Ese es el verdadero valor de un agente de Policía. No sucumbir.

Como en todos los colectivos, las personas son su activo más importante. Y yo he conocido a cientos, dentro y fuera de mi trabajo. Compañeros, amigos y amigas. Unos llevan galones, otros jamás los tendrán. Unos visten de paisano, otros lucen con discrección y normalidad su uniforme. No siempre hemos coincidido, no siempre resulta sencilla la convivencia entre sensibilidades distintas. Pero he aprendido a ser mejor persona, eso lo tengo claro.
He visto lo que no sale en los periódicos, ni en los medios, ni en las redes sociales, porque no llama la atención: durante veinte años he visto y he vivido la normalidad de un trabajo que nunca, nunca, es normal.
Hace mucho tiempo que supe que mi vocación nunca me dejaría, y nunca he cejado en el empeño de cumplir aquello que todo ser humano debería poder obtener un día: la plenitud personal, la paz consigo mismo, porque sólo de ese modo podemos entregar lo mejor de nosotros mismos.
Yo no sentí nunca que era policía, siempre sentí que era escritor. Pero, qué curioso, ahora que digo adiós, se me encoge el estómago, pienso, pienso y no dejo de pensar, y mi mente se llena de risas, de tristezas solitarias, de desprecios y de reconocimientos, de violencia y de armonía. ¿Cómo puedo decir adiós sin pena, cuando en esta taquilla queda colgada una camisa con mil historias y un escudo del que jamás podré olvidarme?
En el estante de mi biblioteca, junto a mis libros, hay una palca de policia de 1992 en metraquilato. Cada vez que la miro, pienso que ahí dentro quedan atrapados para siempre buena parte de mis recuerdos.
Duela a quién duela. Yo siempre podré decir con orgullo sencillo, como el de mis compañeros que ya no lo son, sin estruendo, sin focos, en la soledad de un coche de patrulla: fuí mosso d'Esquadra.
Y tal vez, sólo tal vez, sirvió para que las cosas fueran, al menos, un poco, sólo un poco mejor.
Molta sort, i fins sempre!

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