miércoles, 26 de septiembre de 2012

Ficción y realidad en La Tristeza del Samurai


Hace unos meses, en la feria del libro de Madrid, tuve la suerte de conocer  a un buen amigo, Sergio. Charlamos, claro, de libros, de lecturas, de gustos y de autores. A pesar de su juventud, Sergio es una persona de un gran sentido crítico, en el estricto sentido de la palabra: analista, conciso, argumentador. Durante quince minutos me dio una lección magistral sobre su tesis doctoral sobre comprensión lieraria. Me habló de los diferentes niveles de lectura de una novela, y cómo estos calan uno tras otro en función del lector, de la riqueza del texto y de otra serie de condicionantes. Hasta ese momento, no me había planteado seriamente qué tipo de interpretaciones podría hacer el eventual lector de las novelas que yo escribo. Ciertamente, yo comparto la opinión de Tabucchi: cuando el escritor pone punto y final a una novela, esta se convierte en un universo en expansión. Cada lector convierte en propia la historia que lee, puede discrepar de la verdadera intención del autor y de su resultado, la incorpora a sus vivencias personales, a sus gustos estéticos y decide, inconscientemente, hasta qué nivel quiere descender en la lectura. En palabras de mi amigo Sergio: sólo una obra bien escrita resistirá esa indagación del lector.
A lo largo de estos meses en los que la Tristeza del Samurai está rondando por estos mundos de Dios, son muchos los lectores que han ido añadiendo matices a la historia de Isabel y de María, interpretaciones en clave personal, psicológica, histórica y aún política. De todas las lecturas, esta es la que más preguntas y dudas me ha suscitado. Preguntas que me han exigido una reflexión muy seria sobre lo escrito en busca de respuestas.
Yo no escribí esta novela en clave política, no en el sentido de juzgar los hechos que se narran, ni en el de situar las opiniones del autor en primer plano, por más que tenga mis propias convicciones.Buscar una certeza donde no quepa el maniqueismo, los buenos, los malos, era mi obsesión. Me interesaban las personas, sus actos por si mismos, sus circunstancias.
Pero es inevitable plantearse si esa atmósfera de horror, de miedo, de represión y de exacerbación de lo peor del ser humano podría volver a plantearse en un país cualquiera, en la Europa del siglo XXI.
Al albur de los acontecimientos que esto días nos inundan de dudas, de miedos, de desconfianza los unos en los otros, releo esta novela en una clave: ¿Qué es la democracia?¿Hacia dónde hemos caminado después de la Transición? Y sobretodo ¿hacia dónde nos dirigimos?
Leo blogs, periódicos, escucho radios, veo canales de televisión y veo cómo aquel viejo cainísmo del que habla La Tristeza del Samurai sigue latiendo bajo formas diferentes, el modo en que nos escupimos olvidando la memoria del pasado, cómo nuestros políticos (algunos, los menos por suerte) vuelven a invocar aquellos viejos fantasmas del pasado, hacen sonar las cornetas y piden cerrar filas frente al otro, al que piensa diferente.
Hoy, más que nunca, me pregunto qué sentido tiene escribir historias como la Tristeza del Samurai. Y gracias a amigos como Sergio obtengo la respuesta: cuando el silencio es olvidar, cuando callar es otorgar, simplemente no tenemos derecho a permanecer callados. Ese es el penúltimo nivel de lectura al que yo he llegado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario