miércoles, 15 de agosto de 2012

Las esquinas del perfil

Podríamos decir que la identidad de una persona no es unidireccional, que se forma a través de la imagen que proyectamos hacia los demás, el modo en que los demás la perciben y lo que nosotros, pretendemos ser. De este conjunto de imágenes, ninguna completamente falsa, ni del todo cierta, nace la percepción de lo que somos, una percepción subjetiva en todo caso, cambiante y por tanto inexacta.
Imagino que todos nos hemos mirado un día en nuestro reflejo y nos hemos sentido extraños, desconocidos que se miran sin atisbo de comprensión. Ocurre cuando no nos reconocemos en una fotografía, en una grabación de vídeo, o cuando escuchamos nuestra propia voz. Ni siquiera somos plenamente conscientes del olor de nuestra propia piel, necesitamos nuestra ropa para reconocerlo, y aún así, esa intromisión del tejido se interpone entre nosotros y nuestra piel. Ocurre otro tanto con el tacto de nuestro cuerpo, con eso que llamamos química y que sólo percibimos en los otros. Debemos confiar en los demás, para saber a qué sabe nuestra boca, qué sensaciones impulsan nuestros dedos, el contacto de nuestra piel. Sí, nos guste o no, necesitamos de nuestros congéneres para ser algo más que un reflejo en el espejo.
Y eso entraña un riesgo. Más allá del autodominio de nuestro lenguaje corporal, de las estrategias que hemos aprendido y que creemos que proyectan la imagen que queremos mostrar, partes de nosotros se escapan por las costuras de nuestra máscara. De repente, se acercan a nosotros personas con las que, a priori, no tenemos mucho en común, y que no forman parte de lo que nosotros pretendemos atraer a utilizar nuestra imagen como un imán. Cuando eso ocurre, puede deberse a dos razones: una, no sabemos interpretar nuestro papel, es decir, no somos capaces de transmitir esa parte de nosotros que creemos ser, y dos: nos engañamos a nostros mismos. Nos decimos con la voluntad que somos así o asá, pero nuestro interior nos desmiente, el subconsciente nos traiciona y nuestra mirada, un gesto imprevisto, nos delata.
¿Somos lo que queremos ser? ¿Somos lo que pensamos que los demás esperan de nosotros? Al final, opino que todo es mucho más sencillo. Vivimos de juicios, prejuzgamos a los demás y nos prejuzgamos a nosotros mismos. Formulamos apriorismos com una escudo para protegernos de lo insospechado, y en mi opinión, eso nos empobrece, mutila partes de nosotros mismos y nos cierra puertas a la experiencia, al conocimiento de nosotros mismos a través de los demás.
Tal vez si dejamos atrás la autocensura y nos limitamos a ser, a sentir sin cuestionar porqué sentimos, dejaremos que nuestras diferentes identidades confluyan en una imagen única, poliédrica y multicolor. Y así empecemos a reconocernos en el espejo sin miedo.

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