miércoles, 4 de julio de 2012

No es mucho

Canta Rafael Alberti en su Elegía del niño marinero:
Tendió las redes  ¡qué pena!
por sobre la mar helada.
Y pescó la luna llena,
sola, en su red plateada.

Cómo se deshace el nudo de las contradiciones cuando se hunden los pies en el mar, en la mar. Cómo se va nuestro peso en la huella que queda en la arena blanda, un segundo, antes que la orilla la llene y se la beba para borrarla.
Cómo se calla todo para que se escuche el rumor de la ola eterna.
Un cementerio de aire. Y el miedo a pensar, a no pensar. El miedo de Ser Todo y no ser Nada. Qué cierto es uno debajo de este cielo de fragua. ¿Quién me habita?
¿Porqué aquí soy un titán y al alejarme se me quedan las fuerzas atrapadas en las corrientes de la playa? ¿Porqué me traiciono, una y otra vez? ¿Porqué tarda tanto la Paz y se marcha tan pronto la serenidad?
No somos esta inconsistencia. Somos otra cosa, una aspiración, ¿un amontonamiento de barro que poco a poco debe irse petrificando hasta encallecernos?
Pienso en un horizonte. Pienso que tal vez no hay Destino que no sea caminar. Que yerran nuestros pasos, que volvemos a empezar una y otra vez, cada vez, a cada instante. Que esa es nuestra naturaleza, el error, la promesa, la esperanza. Que sin todo este disfraz de palabras nos sentimos desnudos ante nuestro pobre empeño.
Queremos la luna pero no la podemos tener. Aullamos, como si nuestro grito fuese el llanto de los dioses que una vez conocieron la inmortalidad.
Vagamos por la orilla, buscamos el pasadizo secreto para entrar en el mar. Pero no lo encontramos. Y a veces, ilusos, nos llama un espejismo y nos dejamos ahogar.
Que no somos alas sino polvo en los pies. Ese es nuestro pesar.

Y sigue Alberti:
Ay mi niño marinero,
tan morenito y galán,
tan guapo y tan pinturero,
más puro y bueno que el pan!

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