lunes, 2 de julio de 2012

El invierno en Verano

Se está poniendo el Sol y en la marisma no hay aves rozando el cielo bajo y gris. El viento sopla fuerte y riza las pequeñas dunas que se abren hacia el mar. Aparcamos el coche entre los pinos y cruzamos un lecho de guijarros hasta la orilla. El Mediterráneo parece otro aquí, más vivo, menos domesticado. No hay sombrillas, palopas ni chiringuitos, entre las rocas los pescadores de la noche se pertrechan con sus cañas y sus luces. Una familia, parecen argelinos, se hacen fotos con los niños pequeños. De fondo, el mar de color metálico y las olas que se encrespan.
Nosotros sentados en una piedra lijada por el viento. Yo fumo, y contemplo el mismo horizonte que aquí es otro mundo. La veo caminar con las sandalias en la mano, dar un corto paseo, el pelo corto y rubio, los ojos aguados, normandos.
Es uno de Julio en Frontignan. Pero parece que ha llegado el invierno. Como si el tiempo quisiera aliarse con nuestras historias desesperadas, negras, oscuras y sin esperanza. Como si el Mundo tuviera esa misma atmósfera de mis novelas. Tal vez por eso sonrío. Porque soy feliz, sí. Pero también porque entiendo: entiendo que el dolor nos empuja a vivir, como los personajes que nosotros creamos. Entiendo que escribo para vivir este instante, aquí, en esta marisma, mientras los demás se van congregando un poco más lejos, donde nos espera una cena en la playa (mejillones y moscato, y musica años veinte, y hogueras en la playa, y conversaciones útiles, interesantes, y también, a medida que avance la noche, nostálgicas)
Entiendo que para escribir hay que sentir. Hay que silenciar todo el ruido que te distrae, las fotos, los reconocimientos, las miradas de desconfianza. Entiendo que lo único que importa es esta marisma donde yo, Victor del Árbol, autor de blablabla, no soy más que esa rama carcomida que la marea ha arrojado a mis pies.
Dicen que somos lo que soñamos. En ese instante de quietud, yo me sueño universo. Estoy en Frontignan, soy escritor, me pellizco, mientras se acerca Wilok con su gabán negro de escritor maldito y se sienta a mi lado a mirar lo que yo veo. No nos decimos nada. Sólo fumamos. Somos hermanos en este mundo de silencios que pretendemos agrietar con nuestras letras.

 El Sábado amanezco antes que el Sol, será la excitación de la noche, o la cama de este hotel que se asoma al gran canal en Sète. Habitación barroca, negra, con doseles. Cama grande, demasiado para una almohada sola. Me largo a ver cómo vuelven los pescadores, la dársena. Están cansados, no sé si a esta gente le importa que un tío como yo esté pensando en cómo inventarlos en una de sus historias. Se reirían de mí. Y con razón.
En la carpa del festival me sientan con quién no conozco. A izquierda y derecha. A veces te entiendes mejor con quién no habla tu lengua que con quién sí la habla y la utiliza para afilar cuchillos que no me da la gana sentir clavados. Cada ciego encuentra su lazarillo, y si uno prefiere la oscuridad, allá él y sus espejismos.
Muchos lectores, muchos escritores, mucho aprendizaje. Es un honor dedicar una página en blanca a personas que llevan un libro en su mirada. Y no lo entiendo, y me sigue maravillando, y me dicen que debo abreviar en las dedicatorias, pero no entienden que soy yo quién se sumerge en esta gloria que desaparecerá como todo lo que no es eterno. Dejadme disfrutar.
Vuelvo a casa cargado de libros, gorras, vino y mar. De unas noches de risas sinceras y música. Cómo se abren las fornteras cuando uno se da sin reservas. En la radio escucho que España gana por goleada. Algunos amigos franceses brindarán a mi salud. Y algún amigo italiano , aceptará resignado lo evidente. Mi amigo Wilok seguirá en la marisma, en el invierno, tal vez pensando en su Irlanda natal.
A bientôt mes chers amis!

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