sábado, 11 de febrero de 2012

¿La Eternidad?



Dentro de 500 millones de años la fuerza de atracción del Polo Norte volverá a unir el continente americano con el asiático. Los científicos ya han bautizado al nuevo supercontinente, será Amerasia. Fantástico, teniendo en cuenta que para entonces, probablemente, no quedará un bípedo sobre la tierra para pasear desde Alaska a Siberia.
Leo que el olivo más antiguo de España tiene, nada menos, que mil cien años; es decir, que seguramente Prisciliano ya podía escribir sus escritos de juventud bajo su sombra en el siglo IX. Ahora parece que los propietarios de los terrenos quieren venderlo por una cantidad indecente de dinero.
Medimos los límites de nuestra galaxia, la última frontera de nuestro sistema solar, los nuevos planetas que van apareciendo, en millones de años luz de distancia.
Parece que lo infinito sólo lo es para nosotros.
Ahora miro mi reloj, mi vida se cuenta por minutos, un goteo contínuo e imparable, una porción ridícula, una gota de agua en el Océano ¿Cuánto viviremos? cien, doscientos años, qué más da. Nunca llegaremos a las puertas de lo insondable, jamás viviremos la hecatombe de la faz de la Tierra para ver nacer una nueva geografía, nunca viajaremos al confín de las estrellas y no podremos aspirar a ver los amaneceres de un olivo milenario.
Y eso, lejos de hacernos reflexionar, nos enloquece. Disfrutamos de un segundo, acaso menos que eso, en la Eternidad, nos ha sido dado el regalo de la existencia, a nosotros y no a otros. Formamos parte de una frágil cadena, somos eslabones cada uno de nosotros de esa línea en el horizonte que se llama Humanidad, y que empezó un día, hace casi cinco millones de años en una sabána africana con un tatarabuelo de nombre demasiado complejo.
Desde aquel primer ser con capacidad de asombro, unos pocos miles de millones hemos poblado nuestro Tiempo, todos desde ese instante en que uno, el primero saltó de la copa de los árboles al suelo, hemos nadado en los mismos ríos, hemos hoyado con nuestras huellas de seres erguidos los caminos, hemos visto imperturbables los mismos amaneceres, las mismas noches. Hemos tiritado bajo el mismo frío y hemos soportado el mismo calor, el mismo hambre, la misma sed. A nosotros, a los que aquí estamos, se nos ha dado la oportunidad de vivir, y en la vida hemos llenado esta Tierra de gritos, de dolor, de sangre, de enfermedad y Muerte. Pero hemos nacido una y otra vez, hemos reído, hemos llenado la oscuridad con nuestras pobres lumbres, hemos abrigado a nuestros viejos y a nuestros hijos, los hemos protegido con nuestras vidas de la intemperie y los peligros. Hemos amado de mil maneras distintas, y hemos aspirado, desde la primera vez que trazamos una raya con un guijarro en la pared, a la belleza, a recrear con nuestros sentidos lo que nos envuelve, a perpetuar esa hermosa sensación de libertad y privilegio; hemos pintado cuadros, compuesto canciones, escrito millones de palabras, buscando entender el milagro que nos fue dado.
Un día, no muy lejano, ninguno de nosotros estará aquí. No quedará nadie. No importa si es ahora o dentro de cien mil años. Cuando nosotros no estemos, el universo continuará con su expandirse y contraerse, con ese espasmo de corazón de lago que nuestro asombro sólo sabe llamar Dios, Principio...Y aún así, seguimos obcecados en nuestro ir hacia adelante sin importar el mañana, como si la inmortalidad que nos rodea fuese para nosotros. No somos dioses, amigos, no lo merecemos, tal vez no deberíamos tampoco desearlo.
Pienso en nuestro dolor inmediato, en nuestra angustia que no es Existencial, sino la misma de todos los tiempos: abrigo, cobijo, alimento, agua, estabilidad. Hemos inventado castas desde que existimos, unos pocos arriba, subidos en la espalda de los muchos. Les cambiamos el nombre, refinamos el discurso, pero el curso de nuestra Historia lo marcan nuestras debilidades, y muy pocas veces nuestras virtudes.
Unas pocas personas han inventado el Mundo a su medida, nos dicen qué es real, cómo debemos vivir, cómo morir. Nos obligan a ver las cosas desde su prisma, nos hacen sentir esclavos. Utilizan los medios que tienen, que son los de siempre, aunque se hayan refinado: la demagogia, la mentira, la incultura, la manipulación, la violencia. Ahora son más civilizados, mienten con una sonrisa frente a una cámara de televisión, buscan a su corte de bufones para que voceen sus consignas, y los bufones van con sus micrófonos y bolígrafos, pero también con su arte y su música, van digo, propagando por el mundo su única verdad, la única que durante unos pocos millones de años les ha servido para medrar, para creer que, ellos sí, son inmortales: Que no podemos cambiar las cosas.
Creen que la inmortalidad les vendrá por negar la vejez con sus operaciones de cirugía, que vivirán más con sus seguros sanitarios, en sus casas lujosas y con sus coches caros. Se arropan con eso que se llama dinero, sí creen que eso les empujará hasta el final de los tiempos.
Se equivocan. Morirán, y cuando lo hagan ningún himno, ninguna bandera, ninguna hagiografía pagada por sus mercenarios, ningún retrato, ninguna escultura y ningún escrito les librará del polvo, del olvido, de la extinción. Como a los demás.
No nos sirve de nada el miedo. No nos dará un segundo más de este milagro que no se paga. No importa demasiado en el devenir el dolor, ni la desazón. Si lo supiéramos, si lo creyésemos, no viviríamos este segundo con angustia, este regalo como una maldición. Todo estaba antes que nosotros. Todo seguirá después. Ojalá, en algún eslabón de esa cadena que somos la Humanidad, una generación, sólo una, alcance la lucidez de lo que digo. Serán ellos los que sientan la plena libertad de haber formado parte, sólo un segundo, de esta maravillosa y absoluta inmensidad.
Tal vez nosotros sólo seamos pasos para que llegue ese momento. No importa, si llega, habrá valido la pena este camino que empezamos un amanecer en la sabána africana.

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