sábado, 7 de enero de 2012

Pequeñas Muertes


Aquella tarde era hermosa, como lo son las tardes de otoño en quien siente melancolía. Había llovido y la carretera que llevaba al lago estaba mojada, el asfalto agrietado por las raíces de los enormes abetos que flanqueabanlos arcenes, los pequeños desprendimientos que había que ir esquivando con el coche y la cercanía de la noche, que siempre se avanza en la quietud de las colinas, hacía presentir que aquella belleza sin tiempo era el preludio de algo por venir.
Ella conducía sin prisa, lo suficientemente despacio para poder adivinar tras cada curva los precipicios que caían a plomo y cuyo final no se adivinaba más allá de las nubes que quedaban a sus pies. Algún pájaro sobrevolaba las cimas escarpadas pero ella no sabía ponerles nombre. Echaba de menos a su padre, él era el experto, conocía cada especie viva, animal o vegetal de aquellas montañas.Era él quien le había descubierto, muchos años atrás, el rincón escondido al que ella se dirigía, aquel lago que en su recuerdo era mucho más grande y profundo de lo que, seguramente, debía ser en realidad.
En alguna parte la carretera se terminaba, sin más, como si la montaña hubiese terminado derrotando a las excavadoras, como si los hombres hubiesen decidido en un arrebato de sentido común que no merecía la pena seguir tratando de llegar más arriba. Un sendero poco trillado se desviaba hacia abajo. Ella lo reconoció al instante, cerró los ojos y vio a su padre cargando la mochila, aquella mochila de colores estridentes, "por si nos perdemos y queremos que nos encuentren" justo a pie del sendero. A veces las personas se pierden por azar, y entonces los colores estridentes son útiles. Pero en ocasiones, hay quien se pierde porque no quiere que se le encuentre, entonces es mejor una mochila caqui, de colores apagados. Como la que ella cargó a la espalda. Pesaba más de lo que pensaba, pero aún así dejó el coche bien aparcado, con la carta a la vista en el asiento del copiloto y descendió con buen ánimo por el sendero. El suelo estaba alfombrado de hojas mates y rojas que hacian frisar sus suelas como los hábitos de una monja. A ratos miraba al cielo, inmenso, precioso, surcado por la estela lejana de un avión. Se sintió bien aquí, pegada al suelo. había perdido demasiadas horas de su vida soñando que volaba.
Encontró el lago sin dificultad, dejando que la guiara su recuerdo, los recuerdos de los niños son los más certeros, no se confunden ni se prostituyen con nuestros deseos.
Era tal cuál lo recordaba, virgen, escondido a quien no tuviera la paciencia de buscarle, como sucede con las maravillas de esta vida.
Encendió un cigarrillo sonriendo entre dientes, ya no tendría que preocuparse de dejar de fumar. Ya no tendría que preocuparse de demostrarles a los demás que podía ser cualquier cosa que esperasen de ella. Por fin libre. El cigarrillo se consumía despacio, pero no tenía prisa. Sacó la cartera y miró las fotografias que no había querido dejar atrás. Su padre, muerto cinco meses atrás. Su hijo mayor, universitario orgulloso y también con la presunción de quien cree que sólo si grita será escuchado. Luís, el hombre que dijo amarla pero que nunca se atrevió a dar el paso de amarla realmente. Se subió a una piedra que se abismaba a la parte más profunda del lago. Suficiente para ahogarse, pensó. Bastaba con decir adiós, un pasito, el último de sus muchos pasitos que la habían llevado hasta allí, hasta aquella decisión irrenunciable que había tomado. No volvería a traicionarse, nunca más, por nada ni por nadie. Se quitó la mochila y la dejó en el suelo. La abrió y empezó a sacar, una por una todas las cosas que había puesto: las cartas de Luis, las lanzó al aire y vio cómo una tras otra se convertían en barquitos de papel. Los libros de contabilidad de su trabajo, también los arrojó. Las llaves del cohe y de la casa que no podía pagar y que no necesitaba, el teléfono móvil, los retratos de sus hermanos que la odiaban, aquella chaqueta que compró en París para impresionar a un tipo que sólo quiso acostarse con ella. Objeto tras objeto, Ella lanzó al lago todas las pequeñas muertes de su vida, las que la habían ido consumiendo. La última, la fotografia de su padre con ella de niña. Debes dejarme marchar, le había pedido él, debes seguir.
Lentamente aquella fotografía quedó suspendida en el aire antes de caer, entre hojas de los árboles hasta la superfície gris del lago. Y siguió ahí mucho rato después, cuando Ella se alejaba hacia lo profundo del bosque sin más ataduras que la niebla que la envolvía.

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