miércoles, 18 de enero de 2012

Las guerras Interiores

He entendido que no podré vencerte si no me venzo.
Mejor aún, he entendido que no podré vencerte.
Y entonces llegó lo extraordinario. Al comprenderlo, supe que no necesitaba tu derrota para mi victoria. Y entendiendo eso, te vencí sin querer, porque ya no tenías nada que arrebatarme. Ahora, te miro, y te conozco, sé el nombre que utilizas para engañarme, las ropas tras las que te esondes para simular mil cosas que me confunden. No, tú eres el miedo. Pero yo, ya no te temo.

Me dijeron muchas veces que el camino era demasiado alto y mis piernas demasiado cortas. Y aunque fuese verdad, también me mintieron, porque no importa lo alto que quieras subir, ni lo cortas que sean tus piernas. Importa la voluntad que te impulse a hacerlo.

Me disfracé de muchas cosas para ser todo y nada. Siempre el primero, siempre en guerra, siempre un rebelde necesitando una causa. Odié al Mundo porque maltrataba al mundo, cuanto más me odiaba porque no podía hacer nada. Sentí todas las tristezas de las pieles que me rozaban porque mi propia piel rezumaba dolor. Me llené la cabeza con los gritos de los demás para acallar mis gritos de angustia. Dejé de dormir para no tener que soñar. Todos y todo eran mi frente de batalla. No importaba la bandera, ni el himno, ni la causa, ni el fin. Sólo la lucha, la lucha por otros y contra otros para escapar de mí mismo.

Tapé las heridas de la cobardía con arrojo, cubrí mi manto de timidez con arrogancia, disculpé mi inseguridad con la vehemencia de un profeta. Fui terrible cuando quise ser tierno, porque el gesto de abandono siempre estuvo al acecho.

Te dije mil veces, véte, no te amo. Y mil veces te mentí, y mil veces me creíste. Hasta que me dejaste sólo en este cuarto sin paredes, sin suelo, sin techo y sin ventanas. Aquí ya no importan las máscaras; no hay teatro que valga cuando el alma se desnuda y los ángeles caídos corren a sus anchas entre los laberintos de tus debilidades, inclinando el fiel de la balanza.
De nada sirve pedir perdón cuando no hay nada que perdonar. Todos se fueron, los ofendidos y los engañados, los que me amaron y los que me odiaron. Ninguno de ellos tuvo razones suficientes para quedarse a mi lado. Yo los eché, como expulsé el veneno de mis heridas dejando los campos secos, estériles y sombríos a mi paso. Es el destino del guerrero. Matar, destruir, hacer daño. Hacérselo a los demás como camino a tu propio escarnio.

También en el amor supe darme sólo a medias. Nunca demasiado, sólo entreabriendo puertas. No se acostumbraron mis manos a tus pezones, ni mi boca a tus caderas. Siempre me sentí de paso, un extranjero que no puede permanecer mucho tiempo satisfecho. Nunca encontré la puerta correcta, la que entraba sin atajos al centro de mi corazón. Supe que en alguna parte estaba mi pasión, mi ternura, mi compasión. Pero todas fueron puertas flasas. Hasta que di con la que cerraba el balde, Y pegando el oído, escuche al niño que me llamaba cada vez que te amaba con la desesperación de quien estando perdido desea creer que ha encontrado el camino.

Voy aprendiendo despacio. Y puede que el tiempo no me llegue, difícil saberlo. Pero ya no te necesito, miedo. Ya no invento guerras ni motines para ocultarme. Ahora me enfrento al más tremendo de mis retos. Quererme a mí mismo, reconstruirme desde los cimientos. Decir mi nombre en voz alta, mirándome a un espejo, soportar la tentación de apartar la mirada.

Luego, con esta nueva armadura que será mi pecho, podré volver a las otras batallas.

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