domingo, 11 de enero de 2015

Un reto de todos

Mientras veo discurrir por las calles de París la ingente marea humana, no puedo evitar sentir una emoción colectiva: ver que Francia, su sociedad, sigue viva. Hay banderas de la República, españolas, portuguesas, veo una griega, alemanas, de Israel y de Palestina. Hay pancartas oficiales en la cabecera y otras improvisadas en sábanas, en cartones, en hojas de papel. De reojo, vigilan miles de policías, recordatorio de que algo grave sucede. Al mismo tiempo que esta emoción muda, me asalta el temor de que, como tantas veces en España, toda esta marea se diluya con el paso de los días. El grado de emotividad y de crispación es máximo todavía; todo el mundo aquí grita por cosas que parecían haber quedado obsoletas: libertad, igualdad, fraternidad. Pero ¿olvidaremos?
Me pregunto si tendremos el suficiente empuje para dar ese paso que necesitamos, para entender de una vez por todas que el fanatismo nace del racismo, del desconocimiento mutuo, del miedo al diferente, de la falta de oportunidades, de la falta de educación. Los mulhás que atraen a esos jóvenes a la muerte matándonos se alimentan de la miseria de los que captan, de sus suburbios, de sus listas del paro, de su frustración ante lo que está a la vista pero no pueden tener. Contra los fanáticos no bastan policías, ni ejércitos, la historia nos lo ha enseñado. La libertad es cosa de cada uno de nosotros, aquí en Europa, pero también en Nigeria, en los campos de refugiados de Siria, en Kobane, en Israel, en Palestina, y en cualquier lugar donde los hombres y mujeres se baten por libertades esenciales. Es nuestro frente de batalla luchar en las escuelas contra la discriminación, contra quienes cosifican a las mujeres, contra quienes dejan morir de frío a los refugiados, contra las mafias que lanzan las pateras a fronteras imposibles. En los centros de trabajo debemos batallar contra la precariedad, el abuso y la discriminación salarial; desde el mundo del arte debemos alzar bien clara la voz contra las infamantes mentiras de un discurso que sirve a los poderosos; desde la política debemos participar activamente para adecentar nuestra vida pública y echar a los corruptos.
Tendremos que mantener esta misma fuerza de hoy contra los que imponen el discurso del miedo, los que pretenden recogernos en una burbuja de seguridad imposible. No se trata de ser de derechas o de izquierdas: se trata de arrojar de nuestras sociedades a los Tea party, a los extremistas, a los que están construyendo un mundo de desesperación para beneficio de unos pocos. Un mundo que NO queremos.
Tenemos que cambiar nosotros para enfrentarnos a ellos.
Ojalá fuese este el día en que todo empieza de nuevo.

1 comentario:

  1. Como siempre Víctor, veo que navegamos en el mismo barco, aunque opino diferente en cuanto a un punto : "[...] arrojar de nuestras sociedades [...]", yo preferiría más bien no excluir a nadie, porque con la exclusión se crea incomprensión, odio y de ahí se pasa rápidamente al fanatismo . Pienso que para combatir el fanatismo es imprescindible dar a cada ser humano lo que necesita y se merece: instrucción (que la hemos olvidado y es el pilar del conocimiento para tener elementos en los que fundar nuestro espíritu crítico); educación (saber vivir juntos); tolerancia (para aceptar las diferencias del otro y concebirlas como una manera diferente de ver, de pensar y desear el mundo). No más exclusión, instruyamos y eduquemos a todos esos niños que hoy al convertirse en hombres no han acumulado nada en el cerebro más que odio, porque les hemos dejado un vacío que otros han sabido llenar con imágnes de paraísos llenos de vírgenes, sangre y odio.

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