lunes, 5 de enero de 2015

Noche de epifanía

Epifanía, del griego, podría interpretarse como manifestación de lo que estaba oculto, hacerse visible. En la epifanía del Señor, la fiesta de origen religioso que llamamos noche de Reyes, el Hijo de Dios se hace hombre y los poderosos del mundo se arrodillan. El tema se las trae y daría para una entrada jugosa, pero no es el motivo que hoy me interesa.
Esta noche entronca con la parte más feliz de mi primera infancia, ese limbo de inocencia donde imperaban las fantasías, las hadas, los magos, los camellos - ¿o eran dromedarios? siempre me liaba con las jibas -, y esos tres seres de Oriente que aparecían omniscientes en todas partes al mismo tiempo. 
Mi madre me contaba que cuando ella era muy niña en Jaén los Reyes eran jornaleros pobres, no había camellos sino burros, ni trajes lujosos, ni pajes. Tampoco juguetes. A ella le dejaban una cestita de mimbre al pie de la cama con unas pocas naranjas. Naranjas que recuerda grandes y hermosas, olorosas y carnosas. Naranjas en tierra de olivos. Y ella esperaba esa cesta con los ojos abiertos y tardaba días en comérselas, las contemplaba como un auténtico tesoro. Pocos niños tenían otra cosa en la infancia rural de mi madre. Entonces el juego era cosa de la calle, de charancas dibujadas con yeso en el suelo, muñecas de trapo sin ojos, excursiones con cañas en los cortijos del señorito. Había que trabajar y los niños tenían que dejar pronto ese mundo de sueños. Su mayor tristeza, me cuenta, fue ver un año a su padre colocando con amor esas naranjas en el cesto. Lloró mi madre; lloró intuyendo lo que perdía: los sueños.
Quizá por eso siempre se empeñó en que esta noche fuera especial para sus hijos. No hay mayor alegría que ser familia numerosa la noche de Reyes, aunque se sea pobre, aunque no se tenga nada. Cinco niños ojipláticos,  en la cabalgata de los Reyes cruzando la Vía Julia en sus carruajes dorados (poco importaba que se les vieran las ruedas de camión, o que Baltasar decolorase), batiéndonos como jabatos con otros niños del barrio por los caramelos que los pajes lanzaban a puñados (más generosos cuando pasaban cerca de los conocidos; ¡ay, las prevaricaciones infantiles!) . Pocas veces tengo el recuerdo tan fresco de estar sentado sobre los hombros de mi padre como entonces, la risa infantil y nerviosa de mi madre, las exclamaciones de mis hermanos. ¿Y yo? Yo solo miraba con la boca abierta aquel derroche de luces, de música y de magia. Y soñaba con lo mismo de todos los años: mi bicicleta BH de color azul. La que nunca llegaba.
Años duros a finales de los setenta en Barcelona; años de paro, de precariedad, de cáritas y cortes de luz, de ropa de segunda mano. Pero esa noche, todo se olvidaba. Había una juguetería en la calle de Las Torres, modesta. Mi madre abría una cuenta y la dueña le fiaba los regalos que, poco a poco, pagaba durante todo el año. A veces, me ha confesado, se solapaba un año con el siguiente, pero la dueña le condonaba la deuda: "no puedes quitarles la ilusión a las criaturas" Todo eso lo supe años después.
Por la noche, todo eran nervios, irse a dormir temprano para no espantar a los pajes. Entrada la madrugada, yo escuchaba ruido en el comedor, fris-fras de paquetes y bolsas. ¡Ya están! decía entre dientes y mis hermanos se tapaban con la sábana. Si los Reyes se daban cuenta de que no dormíamos, se marcharían sin dejar nada. Pero yo era demasiado curioso, me podía la tentación de ver cómo entrarían tres camellos en un piso de cuarenta metros, quería ver de cerca sus vestidos. Me asomé a la puerta del cuarto...Y perdí la infancia.
Nunca dije nada. No quería robarles el sueño a mis hermanos ni la ilusión a mis padres. Y de todas maneras, los regalos estaban allí. Siempre modestos, nunca suficientes, nunca los que anotábamos en nuestras interminables cartas con caligrafía esforzada.Si pedía un Geiper Man me traían al hermano pobre, el madel man, la bicicleta tardó tanto que cuando llegó fue para los más pequeños, pero recuerdo los tebeos de Tintín, de Mortadelo y Filemón, las bolsas de chucherías y el exin castillo.. Y recuerdo las mañanas en la cama con mis padres, toda la casa llena de paquetes abiertos, risas y un espejismo de felicidad.
Pienso en las naranjas de mi madre mientras hago los regalos para mi ahijado. Tiene de todo, y eso es una suerte. Pero quizá no tiene aquella alegría de ella. Los niños deberían aprender a jugar con otros niños en la calle, deberían tener algo pero no todo, Quizá soy un poco nostálgico, quizá no puede pararse el tiempo ni devolverles a la realidad de los juegos arrancándoles de lo virtual. Quizá soy demasiado severo: aún quedan camiones de bomberos con cuerda, balancines y peonzas. Aún se caen los chiquillos con sus bicicletas de tres ruedas detrás.
Los adultos seguimos queriendo regalos; nos conformaríamos con un trabajo, con un poco de salud, con una pizca de esperanza para seguir adelante. Pero esta noche no es nuestra, es de los chiquillos, de todos, en todas partes, sin importar su credo o religión. Lo triste de una noche sin regalos es que esa herida se queda para siempre.
Y el mejor regalo que se puede hacer a un niño es no robarle antes de tiempo la infancia.

2 comentarios:

  1. Muy bonito Víctor. Feliz noche de Reyes.

    ResponderEliminar
  2. He tardado en leerte porque los "Reyes" me tenian liada.... Pero me ha llegado cada una de tus palabras. A mis taytantos sigo preparando con ilusión esa noche y me revuelve ver como hay padres que hacen mayores a sus hijos al hacerles ver que Baltasar se parece al primo tal....
    Ojala siguieramos teniendo esa ilusión toda la vida

    ResponderEliminar