viernes, 31 de octubre de 2014

Con mala uva (I)


Me he propuesto hacer algunas entradas a contrapelo, con ciertas palabras que están en uso pero de las que parece desconocerse, en muchos casos, el significado.

Abres el diccionario y encuentras palabras arrinconadas, que te miran con timidez, no sea que quieras convertirlas en arcaísmo. Por ejemplo, Decencia.  La primera acepción dice: Aseo, compostura y adorno correspondiente a cada persona o cosa. De modo que el adjetivo, ser decente, tiene que ver con persona pulida, aseada y adornado, aunque sin lujo. Si de ello dependiera pues, de la imagen, podríamos pensar que todos nuestros políticos, banqueros, personajes mediáticos y demás son decentes. El señor Camps , de quien ya no se habla, por ejemplo, podría decirnos que sus trajes eran necesarios para estar decente. Lo mismo para el señor Blesa, Rato, etc. Podrían argüir que el uso de tarjetas opacas que hemos (estamos aún) pagado los contribuyentes con el rescate bancario era un gasto necesario para mantenerse aseados y adornados (deberíamos borrar sin lujo). Por la misma regla, el señor eurodiputado Pablo Iglesias no sería decente. Porque se considera en los círculos del Poder que las medias barbas y las melenas son propias de los tiempos de las chaquetas de pana, los contubernios en los sótanos de las bodegas de barrio y las manifestaciones con mocasines en los pies y pancartas pintadas a mano en una sábana robada a la abuela. Demodé, kich, de mal gusto, vamos.

La segunda acepción dice así: Recato, honestidad, modestia. Y aquí es donde se funden los plomos. Para empezar habría que rescatar esas otras palabras, recato, honestidad y modestia,  para grabarlas en las fachadas de los ayuntamientos, y en todos los edificios públicos al estilo de la trilogía francesa mundialmente conocida.  Ser recatado, comedido, no es algo que se entienda en estas latitudes donde lo que prima es el atributo, por mis cojones o mis ovarios, porque yo lo digo o porque yo lo valgo. El exhibicionismo nos pone; no hace falta irse al Congreso de los Diputados o a un pleno de ayuntamiento o Comunidad Autónoma para ver ese despliegue de chulería. Cualquier bar, cualquier empresa, cualquier oficina sirve.  Lo de la honestidad llama a risa, pero no hace gracia. Buscaremos la palabra otro día, en el tomo II del la Real Academia. El primero solo llega hasta la G (de golfo). De la modestia, qué decir. Modestos son esos veinte multimillonarios españoles que según Cáritas acumulan la misma cantidad de capital que los 11 millones de personas pobres de solemnidad de este país, sí, esos que desde hace dos años acumulan un beneficio de 1,3 millones de euros/hora. Por no hablar de nuestros chorizos patrios, tan dados a la modestia de cacerías, coches de lujo, señoritas de a 1000 euros noche y botellas a cargo de concesiones públicas. Modestos son en definitiva los aeropuertos que salieron como setas, las estaciones de AVE fantasmas…Tan modestos como, y estos sí son los fondos para Cultura, Sanidad, Educación. Modestos son los salarios que nos han situado al nivel de Rumanía, los números de empleados con condiciones dignas, las cifras de profesores, médicos. Nada modestas son las excusas de los servidores públicos, el tú más que yo, el usted no sabe quién soy yo. Modestas las declaraciones de salva patrias que insultan a la inteligencia mezclando conceptos, apropiándose de las víctimas del terrorismo para justificar tics e insidias personales. Modestos, pobres,  los argumentos en la Tribuna Pública. Modesta la democracia cuando se convierte en el paraguas para indeseables, modestos los recursos de la Justicia para hacer su trabajo.  Modestia, de verdad, para entender que este sistema necesita un cambio radical. Y que ese cambio no vendrá de las siglas, sino de cada uno de nosotros, de nuestro cambio de pensamiento y de valores.

Y por último, la tercera acepción dice: Dignidad en los actos y en las palabras, conforme al estado o calidad de las personas.

Ser decente es por tanto ser digno, justo y equilibrado tanto en lo que se hace como en lo que se dice. No prometer aquello que se sabe que no se cumplirá (conforme al estado o calidad de las personas) No cambiar las reglas del juego a conveniencia, no decir y desdecir, sino cumplir y dar lo acordado. Decente es quien estrecha la mano, firma un contrato, da su palabra y la cumple. En la vida pública y en la privada.

Cuanta decencia hay en el mundo ¿no les parece? Yo lo creo. Pero creo también que el ruido de los indecentes hace que parezca que esta palabra solo sirva para colocarla en un discurso. Leído, por supuesto.

Volveremos. Lo prometido: La próxima: Honestidad.

1 comentario:

  1. Tu n'y vas pas de main morte !! C'est revigorant :))) En France on devrait aussi remplacer égalité et fraternité par décence et honnêteté, ceux-ci entraînant ceux-là...Mais bon trop tard on a déjà fait notre révolution... A bientôt pour "honestidad".
    Amandine ;)

    ResponderEliminar