jueves, 11 de julio de 2013

Semana Negra Gijón y algo más

Esta entrada en el blog bien podría haberse titulado "Entre el tópico y la realidad" porque tanto  los acontecimientos como las personas que los protagonizan sufren, padecen o disfrutan (según los casos) esa tendencia inevitable a la petrificación de las leyendas. Y para cualquier autor, la Semana Negra de Gijón es una especie de mito en la novela negra (una cierta novela negra) desde hace, creo, treinta años. 
No creo que a nadie vivo le guste verse fosilizado, ni siquiera en un pedestal. A fin de cuentas, las estatuas de bronce sirven para adornar glorietas y para que se caguen en la testa las palomas de turno. Y la verdad es que, pese a la leyenda, los tópicos y esa especie de mística, la Semana Negra de Gijón sigue siendo un acontecimiento muy vivo, que año tras año, debe sacudirse ese san Benito de "histórico", adjetivo que a veces suena casi a epitafio.
Diferentes ubicaciones (este año se repetía en los astilleros) en los últimos años, y los recortes inevitables en los presupuestos y subvenciones (muy sangrantes en el campo de la cultura como en todos los ámbitos de interés general), cuitas políticas/institucionales, etc...amenazan, edición tras edición, este festival de características únicas en nuestra Península y que es un referente en otros Países (se lo digo de buena tinta). Y sin embargo, como en la canción de la Puerta de Alcalá, podríamos repetir el mismo estribillo; "ahí está, viendo pasar el tiempo..."
Conjugar lo nuevo y lo no tan nuevo no es tarea sencilla. Pero el resultado merece la pena. Acercarte a Gijón en estas fechas es otear la noria en la cara marítima y dejarte llevar por el bullicio y el olor a pulpo y pincho moruno, la oleada de familias que a partir de las cinco de la tarde se acercan a lo que parece un zoco de marroquinerías, artesanía, atracciones, vendedores ambulantes de todo tipo de cosas y, sí, unas pequeñas carpas alineadas como en un campamento romano, las librerías que escoltan el paso  hasta las dos grandes carpas de encuentro donde se presentan libros, autores, conciertos y debates, bajo un enorme afiche de un cuadro de Ramón Casas en el que un bizarro Guardia Civil del XIX embiste a caballo y sable en mano a una turba de obreros. Toda una declaración de intenciones.
Los tiempos quizá cambian muy deprisa. Los males del Pueblo no; solo la apariencia. Y alguna vez estos espacios de encuentro fueron concebidos, no con la idea de vender libros (exclusiva, ni siquiera principalmente) sino de vender ideas, rebeliones, zarandeos. Algo de eso perdura. Basta ver pasear por estos caminos sin asfaltar (la propiedad es privada) a Paco Taibo y a muchos otros,  acercar la oreja cuando se reúnen escritores de un tiempo que se niega a dejar de ser útil, cuando escribir era (y en alguna parte sigue siendo) meterle el dedo en el ojo a la realidad para no dejarla pestañear.
Ocurre que los libreros, como los escritores, se van viendo sumidos en el nuevo paradigma. Todo va muy deprisa, y hay que "estar" Ya no basta lo escrito: ahora se requiere ser un escritor.com, tener el don de la verbosidad (algunos, también, de la oralidad). Hay que ser ingenioso, dominar la escenografía (y aquí tienen ventajas los dramaturgos reconvertidos a novelistas). Una nueva forma deen la que importa casi tanto el continente como el contenido. Cosas de la generación visual. Y lo cierto es que hay que comer, por más que uno pueda admirar mucho a Van Gog.
Y en esa dicotomía se ven pasar riadas de gente que, en su mayoría, apenas dejan resbalar una mirada de cierta displicencia sobre esos pretorianos que se empeñan en sostener las fronteras de la civilización bajo sus carpas de libros, nuevos, viejos, usados, clásicos, o que jamás serán leídos.
Bien está que, camino de las atracciones, alguien se quede varado por la llamada de una sirena en forma de portada o título, o acaso porque escucha una conversación en una mesa redonda y decide detenerse, aunque sea para descansar los pies bajo unas sombrillas de Cocacola, y de paso, parar la oreja a eso que dicen esos seres raros que creen en algo tan intangible como el poder de la palabra escrita. Si tienen suerte y su receso cae en espacio de gloria, acaso descubran que hay vida en la fiesta, y que la literatura no es más que una forma porfiada de esa noria que atrona al final de nuestras vidas. Gijón está lleno de metáforas, ya ven.
Desmitificar el discurso es fácil aquí. Una presentación a carpa abierta, con el ruido de las atracciones de fondo, en un pasacalles de idas y venidas, de gente que te concede cinco minutos de atención, entre risas de novios y llantos de niños sin piruleta; eso es vocación. Y la risa siempre a punto, cargada, por si sobreviene cualquier desgracia.
Que todo este tinglado esté amurallado tras un fortín que reza SEMANA NEGRA, donde alta esculturas de cartón piedra evocan a los personajes míticos del género, con pinturas sacadas de películas o novelas tiene mucho de intención. Casi tanta como encontrarte a uno de esos mitos negándose a ser presa de museo, sentado en una silla de plástico y fumando un pitillo con la mirada perdida en uno de los sucios canales del astillero. Y que al verte pasar, alce una ceja y te diga. Tómate una cerveza y cuéntame cómo es el mundo ahora. Y que tu le digas, sentándote como quien se acerca a un confesionario: el mundo es el de siempre. Así que, cuéntame tú, que llevas más aquí.
Y acabar contando los chistes cabrones contra todo lo que huele a corrupto, que si de algo vamos sobrados los españoles es de sarcasmo.
Las noches de Gijón son otro tópico que se necesita vivir para comprender. Esas tertulias un día quedarán en el imaginario popular, la versión transmutada de aquel otro mítico café Gijón de Madrid o 4 Gats de Barcelona.  Hay que sentarse en esa terraza y, lo que es más difícil, callarse, escuchar, adivinar cuanto de bueno hay detrás de los chistes malos de siempre. Porque, cuando llegue el momento de soledad, necesario paseo por el frente hacia San Lorenzo, todas y cada una de esas palabras dichas, germinarán en el propio silencio, haciendo sentir que, realmente, uno es privilegiado de compartir ciertos momentos, por más que quien regala el privilegio no sea consciente de ello (lo que es de agradecer)
El último tópico al que me referiré hoy es la felicidad, la creencia de que la felicidad completa no existe. Puede que sí, puede que no, no soy experto en felicidades eternas. Pero sí les diré que la felicidad es un momento donde el pasado no cuenta y el futuro no existe. Poco importa si ese instante llega a través de un gin tonic en la voz rota de un viejo rockero o en la coca - cola light de un nuevo autor naiff que necesita ser reconocido por la tribu y hace valer su currículo lector. En algún momento, sin que nadie lo sepa ni lo prevea, créanme: la felicidad aparecerá en forma de gesto amistoso de alguien admirado, de reflexión de una certeza absoluta en quien menos se espera, en la emoción sentida de una historia nacida del apasionamiento por la literatura. O simplemente en el instante en que el toldo de Don Manuel empieza a recogerse y uno camina hacia su hotel mientras avizora el amanecer.
Como el llanero solitario. Pensando mundos que regalar.

4 comentarios:

  1. Gràcies per la visió de la "Semana negra" i alguna cosa més. De vegades, el més interessant és "la cosa més". Ja t'he compartit a les xarxes. Que te lean, Víctor.

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  2. Sí, al final lo que importa es lo que queda escrito. Encuentros como este, te animan a no apartarte de tu vía. Petons

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  3. Yo creo que esa dicotomía de la que hablabas la dominas a la perfección, o como mínimo a mí me lo parece.
    Una visión, como siempre, muy especial de un gran evento. Luchando a capa y espada por ser escuchados mientras pasan las riadas de gente. Que valor. Ánimo con ello.
    Saludos

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  4. Se me acaba de poner la carne de gallina al leer la comparación de las noches en Don Manuel con el Café Gijón y 4 Gats. Porque si era consciente de vivir un momento enorme de mi vida, ha sido como una bofetada de felicidad.
    Ojalá pueda contarle a mis nietos que pasé dos noches de ensueño con esos grandes escritores que son parte ya de la Historia de la Literatura, con mayúsculas, porque lo merecéis.

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