domingo, 2 de septiembre de 2012

Café con horas

Quedamos en la Plaza de la Virreina, en el barrio de Gràcia, como siempre. No es que el bar que hemos convertido en el centro de reuniones (las importantes) entre el editor y yo sea especial por algo concreto, los precios no son anticrisis, y desde luego el café no es una maravilla. Pero siempre quedamos en ese lugar, porque allí nos conocimos, y, animales de costumbre, allí nos seguimos conociendo.
Yo llego antes, vengo de lejos y con los accesos a Gala Placídia en obras nunca se sabe. No me gusta llegar tarde, ni hacerme esperar. Espero no merecer nunca ese privilegio que para mí, roza la mala educación. Además, me gusta disfrutar del paisaje y del paisanaje sin prisa. El café muy caliente, para dejar que se vaya enfriando entre sorbo y sorbo, entre pitillo y miradas. Entre pensamientos que deambulan al paso de los traseúntes sin un objeto concreto. Sí, siempre me ha gustado esta plaza, y nunca he sabido porqué. A veces uno siente que pertenece a alguna parte sin que exixta una verdadera razón para creerlo así. Barcelona no me trata demasiado bien en lo literario, cierto. Pero como a una mujer fatal, no puedo dejar de quererla, aunque últimamente le sea más infiel que de costumbre, con otros acentos más al norte de los Pirineos.
El cielo está un poco turbio, como un vino peleón, pero nadie claudica ni cede su silla en las terrazas. Nos negamos a aceptar la derrota cercana del verano, y aquí estamos, fingiendo no notar esas gotas que caen sobre la libreta en la que apunto cosas que decir o que escribir que casi siempre termino olvidando. Mato el tiempo y el tiempo me mata. Siempre el mismo duelo, y yo voy perdiendo. Siento esa lenta derrota en las risas de las chicas de al lado. Yo ya no me río así.
Llega Josep puntual más un minuto. Lo veo aparecer con las manos en los bolsillos y unos gruesos auriculares conectados a su reproductor. No sé a dónde mira detrás de sus gafas de perfil discreto. Mientras escribo esto pienso que nunca le he preguntado qué escucha para aislarse de las calles. Camiseta gris de manga corta, pantalón tejano, corte de pelo a cepillo. Le encuentro más delgado que la última vez, un poco más pálido. Nos damos un abrazo, instauramos esa costumbre de saludo la primera vez que vendimos los derechos de "La Tristeza del Samurai" al extranjero, locos de alegría y ya no hemos querido bajarnos de ese caballo de optimismo, aunque a veces vengan malas noticias. Abrazar a alguien de verdad trasnmite energia, es decir que quieres a alguien más allá de un mero reconocerle. Yo doy pocos abrazos. Soy avaro con mis emociones, pero con Josep es fácil dejarse llevar.
Agua, o café sólo, sin azúcar. Nunca pide otra cosa. No fuma, yo lo hago por los dos. Doble de azúcar el mío. Nadie podría pensar que íbamos a llevarnos bien.Como buen francófono, Josep es cartesiano, su optimismo se basa en el análisis y la pausa; el mío, más latino, se sustenta en la intuición y el impulso. Y convergemos. Hablamos de esta isla en el mar de lo cotidiano que son las vacaciones, y sin pausa estamos hablando de pintura: la luz de Hopper, los cuadros menores de Velázquez, Goya...La próxima novela que publicamos en Enero "Respirar por la Herida" trae en la portada una pintura que le he pedido de Lucien Freud, y él lo ha aceptado con una sonrisa cómplice. Estamos nerviosos como críos con esta nueva novela, hacemos planes, hablamos del texto, de cómo lo aceptarás tú, lector...Soñamos con los pies en el suelo. Comentamos las últimas novedades sobre la Tristeza del Samurai, hacemos balance de cómo van las cosas, me cuenta otros proyectos en los que está trabajando la editorial. Contagia un entusiasmo calmo, sereno. Lo que tenga que ser será. Reímos, nos reímos de nosotros mismos, de nuestras ensoñaciones, exhorizamos así nuestros miedos. Y como siempre, terminamos hablando de lo que importa, lo que nos une, la pasión por la escritura, por los libros. Comentamos lecturas, hablamos de escritores, discutimos sobre poesía (y yo sólo puedo escuchar).
Hasta que surge la pregunta: ¿Porqué has querido escribir "Respirar por la Herida"? ¿Porqué ese título doliente? Sé lo que piensa, que tal vez podríamos buscar un título más pegadizo, más ingenioso, o más comercial. Pero no me impone nada, simplemente quiere escuchar mis motivos, dejando claro que respetará mi decisión. Me quedo pensativo. Sé porqué he escrito esta novela, sé porqué quiero esa pintura de Lucien Freud en la portada, y sé porqué he elegido este título. Pero a veces, hasta que no verbalizas las cosas no adquieren una forma coherente. Le explico que Respirar por la herida es un concepto que encarna una forma de entender la vida para ciertas personas, Vivir a pesar de las heridas, a pesar de las cicatrices, del dolor que esa misma vida nos infringe. Y hacerlo con dignidad. También le explico que es un concepto médico, que existen determinadas heridas que para sanarse necesitan respirar, permanecer abiertas sin sutura, permitiendo que el paso del tiempo y el contacto con el aire hagan su trabajo y la cautericen.
Luego hablamos de la primera escena, la razón por la que un hombre enterrado en su propia derrota puede encontrar la fuerza y la fe necesaria para emerger de todo ese dolor. Y entonces, después de escucharme sin intervenir, tal vez divertido con mi vehemencia, me dice que debería crear un blog, o una página, o algún medio virtual para hablar sobre esta novela contigo, lector. Discutimos sobre la utilidad de las redes sociales, sobre lo que es promoción o publicidad obscena, sobre los lectores prescriptores, sobre la crítica en los medios de comunicación convencionales.
Y sin darnos cuenta, los cafés y las botellas de agua se van acumulando en la mesa, la camarera vacía los ceniceros y yo me quedo sin cigarrillos. Empieza a llover, ahora de verdad, y diga lo que diga el calendario, no podemos seguir negando que el verano se marcha.
Han pasado más de tres horas, y se han ido en un suspiro. Incluso mientras nos despedimos hasta la próxima, seguimos hablando de lo mismo. Le prometo que lo pensaré.
Sigo pensándolo.
Pero entretanto, me siento privilegiado. Escribo libros que quiero escribir y hay personas que quieren leerlos. Por fin, lentamente, la literatura ha decidido que puede darme de comer sin converitrme en paniaguado. Pero hay un tipo por ahí, rondando las calles de Barcelona con aire despistado que ha decidido poner todo su talento y su esfuerzo en las historias que yo te cuento. Un día, dije que jamás volvería a dejarme engañar por ningún editor, fue después de publicar mi primera novela. Y lo mantengo, no me dejo engañar. Es sólo que al otro lado de mi café hay un tío que edita libros y que te pide, simplemente que creas en él, porque el ama lo que hace. Y lo hago. Tal vez te lo encuentres por ahí, con unos auriculares enormes, pinta de francés despistado viviendo en un tiempo que no le toca. El tiempo de los ilustrados, cuando el conocimiento y la cultura eran mucho más que una moneda de cambio.

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