miércoles, 20 de junio de 2012

El nombre que soy

La nostalgia. Ese artilugio inventado por los humanos para convertir la ausencia en esperanza, la pena en bruma, el olvido en espera. Sólo nosotros, los seres extraños que orbitamos en este Mundo podemos inventar algo que siendo inútil nos es tan necesario. Sólo nosotros pintamos los colores de nuestra realidad.
Viajamos de un nombre al siguiente en un tren sin ventanas. Imaginamos el Paisaje que somos, lo dibujamos, lo escribimos, para hacerlo cierto. Pero no somos mucho, estamos hechos de aire: basta ver una tumba vacía para comprenderlo. Basta con escuchar nuestro nombre en una boca distinta cada vez.
Nos asusta reconocernos indefensos, frágiles, pasajeros. Decidimos valer en lugar de ser. Apostamos por la invención que hacen los otros de nosotros en vez de escuchar ese silencio que nos habita y que nos habla de lo que somos, de lo que de verdad somos, ahí abajo, en las entrañas, donde no nos sirven los disfraces ni los nombres.
Somos errores y aciertos, y a menudo, lo uno y lo otro no es más que fruto de un azar que nos empuja  adelante y hacia atrás, un azar contra el que luchamos con la pretensión ilusoria de imponer nuestra voluntad. Como si al alzar la mano pudiéramos detener los vientos y la tempestad.
¿Qué tiene de malo reconocer que no soy nada despojado de lo que otros ven? Un hombre desnudo, sin nombre, con un horizonte inquietante y finito que nunca podrá recorrer por entero.
¿Qué tiene de malo reconocer esa confusión de ser contradictorio y pequeño frente a sus propias sensaciones, frente a la enormidad del milagro que nos rodea?
Ocurren las cosas. Ese es un hecho. Y que el tiempo que se piensa es ya tiempo muerto. Ese es otro hecho. Pero nos devanamos los sesos con preguntas que no tienen respuesta. Tenemos la belleza delante pero no la vemos mientras nos preguntamos qué significa. Sentimos algo pero no lo vivimos perdidos en buscar razones a lo que es irracional. Sentimos miedo y vacilación cuando algo nos sorprende, un sentimiento nuevo, una afloramiento de la piel, una experiencia para la que no estamos preparados.
Y lo dejamos pasar, mientras sopesamos, tememos y nos morimos. Despacio, lentamente, con cada indecisión, con cada pequeño acobardamiento de nuestros días.
Tal vez buscamos los rincones del Pasado porque no creemos en nuestro presente.
Así somos a veces.
Por suerte, no siempre.

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