viernes, 15 de junio de 2012

El entorno y el escritor

Cuando uno empieza a escribir con la conciencia decidida de que los demás le lean y de convertir esa pasión íntima que siempre te ha acompañado en una forma de vida, y además en un medio para vivir, descubre algunas cosas que en la soledad del acto de escritura ni siquiera era imaginado.
Creo que fue un entrenador de fútbol ( oh, sí, los tópicos!) el que mencionó eso tan prosaico que llamamos "entorno" Tal y cómo yo lo entiendo, el entorno se forma con todas las circunstancias y personas que siendo ajenas al hecho propio de escribir tienen incidencia en tu obra: libreros, editores, periodistas, críticos, blogueros, lectores, amigos, amigas, enemigos y enemigas. Todos ellos, de un modo u otro tienen que ver contigo de repente, y descubres que ya no estás sólo, aunque a veces querrías estarlo. A partir de un cierto momento, eres tú quién debe imponerse los límites para no perderte en ese mar de cosas y anécdotas que, sencillamente, no controlas y ue pueden terminar por engullirte. Cuando ese entrenador de fútbol dice (decía) "hay que sobreponerse al entorno", creo que se refería a algo así.
En estos años de camino por el mundo de la edición (no sería justo decir literario) he tenido que ir aprendiendo sobre la marcha, como nos ocurre a todos cuando afrontamos algo nuevo. Se han ido combinando momentos extraordinarios con otros más agridulces y algunos sencillamente trágicos y decepcionantes. Y a base de errores y aciertos he ido teniendo claras una série de cosas (y las que me quedan, espero): unas de orden práctico, otras de orden intelectual o creativo, y muchas de tipo personal. Uno nunca llega a saber quién es hasta que lo descubre, y a veces el resultado puede ser desconcertante.
He conocido editores para los que lo que el libro, la materia prima con la que trabajan, no ya como objeto sino como contenido, no es más que un medio para ganar dinero rápido y a cualquier costa. Son ese tipo de personas que te reciben con los brazos abiertos, te doblan con halagos que con el paso del tiempo te provocan risa pero que hasta que te acostumbras te obnibulan, juegan conscientemente con tu ingenuidad y te prometen mil cosas que tú, claro, quieres creer. Pero si pasado un tiempo (el tiempo en este mundo es vertiginoso, os lo aseguro) no has vendido 10.000, 15.0000 o 1 millón, simplemente te borran de su agenda y a otra cosa, mariposa.
He conocido editores que ni siquiera se preocupan en trabajar lo que escribes, para los que sencillamente eres parte de un engranaje que o funciona o te deshecha. Pero eso, en la lógica empresarial puedo entenderlo. Lo que me ha costado mucho asimilar es la falta de palabra, la facilidad con la que se prometen cosas que no se van a cumplir, y la desfachatez de ni siquiera darte una explicación. Donde dije digo, digo Diego, debería ser una frase grabada en muchas oficinas editoriales.
Por suerte he conocido el otro lado de la moneda. Empezar de nuevo, desde la humildad, poco a poco, hombro con hombro, apostando realmente por algo en lo que crees. Existen también este tipo de editores, pero hay que tener suerte para dar con ellos (y no tiene nada que ver que vengan de un grupo grande o pequeño, es una cuestión de actitud y de aptitud) También flaquean en esa necesidad de decir y no decir o desdecirse, debe ser cosa de la farándula, del momento, de los estados de ánimo. Un día todo es posible y al día siguiente todo es más complicado. Pero a trancas y barrancas unas veces, y fluyendo otras, aprendes a saber discernir qué es cierto y qué no, y al menos sabes que estás con gente que, acierte o yerre, cree en lo que haces.
Otro especímen son los escritores. los hay consagrados que necesitan lastre en los pies para no levitar en las fiestas, los hay sensatos, los hay interesados, los hay directamente vendidos a su producto. Y los hay que escriben. Cuando das con estos es cuando las cenas se pueden hacer un prodigio de amistad, de aprendizaje y de compartir. Entretanto, aprendes a apartarte de las camarillas, de los celos estúpidos y de la tentación de sentirlos, de los egos y las vanidades que nada tienen que ver con lo que es escribir y mucho con un mundo que nos exige ser mediáticos para existir.
Quedan los libreros; existe una leyenda negra que dice que el librero es inmovilista, conservador y poco o nada dado a las novedades. Sí, claro, los hay así. Pero yo os juro que existen reductos dónde encontrarás a un hombre o una mujer, joven o viejo, regentando pequeñas librerías de barrio o trabajando para grandes cadenas que aman lo que hacen, que creen que el libro es una manifestación de la cultura y el alma del Ser Humano. Luchan contra la vorágine de las novedades impuestas por el mercado, deciden dentro de sus posibilidades qué es, a su juicio, bueno y qué no. Y se pelean contigo y para tí, para ayudarte a mantenerte a flote.
Queda mucho por decir, y tal vez, en los días que vienen lo haga.
Por ahora, me quedo con esa sensación de que el entorno existe sólo si tú le permites existir. Como decía aquel entrenador de fútbol a sus jugadores para quitarles presión: "lo que importa es que salgáis ahí fuera a disfrutar. Por eso hacéis lo que hacéis"
Tengo entendido que ganaron algunas Copas de Europa :)

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