lunes, 14 de mayo de 2012

Camino indignado

Contra el miedo.
Contra el terror de la noche el hombre se aventuró una mañana de hace cuatro millones y pico, tál cuál hoy, fuera de su caverna y emprendió un camino que todavía continúa.
Podría haberse quedado en su refugio húmedo, oscuro pero seguro, y sin embargo le pudo el impulso del caminar. La llamada de la vida, la innata condición humana de querer saber qué hay más allá del horizonte que atisbamos.
Imagino que. como hoy, muchos trataron de impedirle al caminante echarse las sombras por montera, le llenaron el espíritu de terrores que le esperaban ahí fuera si se adentraba sólo en la espesura. Muchas madres debieron llorar y rogarle que no lo hiciera. Algunos también tratarían de amedrentarlo porque no soportarían su espíritu díscolo. Antes de lanzarse en pos de su destino aquel primer Hombre debió vivir como los demás: atado por la ignorancia, creyendo las leyendas que los brujos contaban generación tras generación para mantener a la tribu en la caverna bajo su ley.
Muchos años, contados en siglos, después. El Hombre conoció la esclavitud de sus semejantes. Otros hombres que le trataron como un animal de carga por causa del color de su piel, su lugar de origen, o cualquier otra excusa suficiente para ocultar la verdadera naturaleza del Poder: aprovecharse, a toda costa, del trabajo de los congéneres. Vivió el Hombre errante durante años la opresión de las religiones, los clavos de una cruz que él no había visto ni elegido, murió mil veces y mató otras tanta en pos de un Paraíso que los brujos dibujaban en la mente de los ignorantes, un Paraíso futuro con cuyas penalidades alfombraron el Paraíso aquí de unos pocos.
Un día llegaron las dictaduras de los hombres mediocres, los hipnotizadores de serpientes con sus gestos estrambóticos, sus cañones y sus tanques. Eran unos pocos, pensaba el hombre errante, lleno de Historia y de experiencia, miles de años a su espalda. Creyó que no volvería a pasar. Sólo eran unos locos gesticulantes, sin manos que se les prestasen no eran NADA. Pero hubo hombres y mujeres, millones que creyeron su mensaje, que mataron y murieron por esos mentirosos enloquecidos, que sumieron a la humanifdad en el horror.
Hoy la Dictadura que vive aquel hombre es otra bien distinta, pero es la misma. Vencimos en Europa los fascismos para caer en el mismo error del discurso del terror. Y ahora la dictadura se llama mercado. El mercado nos quita libertades, nos quita derechos, nos miente y sigue habiendo miles de hombres y mujeres, millones que creen su discurso como antaño, que les prestan manos e inteligencia para destruirnos como seres libres y convertirnos en balances de beneficios. Son legión los vendidos, son millones los crédulos.
Pero aquel hombre que un día se asomó a la puerta de su caverna hoy está acampado en un tienda en la Plaza de Cataluña, en Puerta del Sol, en Berlín, en Moscú, en Nueva York. Y sigue su camino, que todavía no está por terminar.

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