martes, 20 de diciembre de 2011

Contra el miedo

Desde que somos niños nos enseñan a tener cuidado con lo que no conocemos. Nos previenen contra lo que hay al otro lado de las esquinas, detrás de los muros, detrás de las ventanas y las puertas cerradas. Tan pronto saltamos de la fortaleza del vientre materno, notamos ese vértigo al nacer que ya no nos abandonará hasta el día de nuestra muerte. Vivimos con miedo. Nos asusta equivocarnos, pero debemos tomar decisiones. No asusta el fracaso pero tenemos que intentarlo. Nos asusta el dolor pero tenemos que sentir. No s asusta la tristeza, y aún así nos adentramos en la noche con paso decidido.
Os hablaré de mis miedos. Temo que el hombre olvide al niño, que el ser sensato acalle para siempre al atrevido, que el ser enfadado pierda la sonrisa. Me asusta mirarme un día al espejo y no ver ese brillo en los ojos que le da sentido a la vida.
No es más valiente quien no teme, sino aquel que aún sabiendo lo que va perdiendo no deja de intentarlo.
No debemos darle a los demás lo que esperan de nosotros, sino darnos lo que esperamos de nosotros mismos. Poco importa si nos entienden, si nos hacemos comprender o no. Si nuestro corazón es nuestro templo y late con franqueza, también el miedo tiene su cabida. Miedo a dejar de sentir, miedo a dejarse arrastrar por esta ola de pesimismo, de penuria, de tragedia, como si nada fuese a pasar mañana. Como si no fuese a salir el sol, como si esa persona que mas no fuese a despertar a tu lado.
Ojalá nunca me venza el miedo a intentarlo. Vivir, a mi manera, sin aspavientos, sin dramas, sin comedias.
Recuerdo cuando era niño y mi padre me trajo la primera bicicleta. Recuerdo que la vi tan enorme como un caballo. Recuerdo la cuesta abajo por Torrebaró, el barrio donde nací. Recuerdo el golpe, la piel quemándose en el asfalto. Recuerdo las lágrimas asomando a los ojos, los dientes apretados, el escozor de las rodillas y los codos sollados. Recuerdo que volví a subir a la bici y volví a caer, muchas veces. Pero recuerdo que aquel día domé mi caballo y fui un niño feliz.
Hoy le pido ayuda a aquel crío de ojos oscuros y pelo cortado al uno para que me ayude a no desfallecer, a seguir adelante, con el miedo como compañero, pero nunca como amo.
Hoy le necesito más que nunca, a ese niño, apretando la mano de este adulto. Necesito su voz de dientes mellados diciéndome con un guiño; "¿Ya no te acuerdas, hombre? El Mundo es nuestro parque de los juegos"

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