domingo, 15 de mayo de 2011

Romance de la Luna de Federico García Lorca (II)

Huye luna, luna,luna. Si vinieran los gitanos harían con tu corazón collares y anillos blancos. Niño, déjame que baile. Cuando vengan los gitanos, te encontraran sobre el yunque con los ojillos cerrados.


Huye luna, luna, luna, que ya siento sus caballos. Niño, déjame, no pises mi blancor almindonado.




Me viene el niño que late dentro de mi pecho, que no se calla aunque le tape la boca con años, me advierte el pobrecito con sus miedos de antaño, cuando intuye que vienen sonando los cascos de los caballos.


Pero de algo sirve hacerse hombre, eso me digo, eso le digo a mi retoño, que los miedos ya no me atrapan, que las cadenas ya no me asustan con su brillo de acero. Yo ya no temo la mano, no temo la palabra, no temo el insulto. Ahora mi raiz es de hombre, imbrincada en la tierra de mi cuerpo, muy adentro de mi entraña. Ya nadie puede herirme, sólo yo, cuchillo traicionero que me apuñalo el costado cuando me muerde la nostalgia.


Ya no tengo miedo de silbar en el silencio y de romper el sueño de los muertos.


Ahora quiero bailar, le digo a mi niño mañanero, ahí escondido entre los jirones de mi alma, pobre niño legañoso y aterido, pobre niño sin cuerpo.


Déjame bailar, déjame decirle que la quiero, que no me importa lo que gritan cuando me vuelvo, ni si conviene o no conviene, ni su precio ni mi tercio. Que vengan los gitanos, que aquí los espero, que no será mi cuerpo molido el que les espere dormido en el yunque, que les enfrentaré a pie de mi sueño. Y no sufras tú pequeño que llevo dentro, a tí también te protejo con mi manto de hombre nuevo. Nadie te va a hacer daño, nadie te va a dejar ya mudo. nadie te va a decir más: yo no puedo.


A tí, que no me lees pero que sí me sientes.


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