miércoles, 19 de junio de 2013

Como el aire. De Le Havre a París


Desde los chapiteaux del festival se ve la playa pedregosa, sin arena y sin bañistas, donde las gaviotas siguen la lengua de espuma que van abriendo cargueros y pesqueros que entran en la dársena. Hace frío, y el cielo se retuerce como una vid. Son los tonos de Pisarro, las gentes normandas, el calvados, los estibadores que pintaba en sus cuadros.
Salir a fumar un pitillo es la excusa para acercarme a la orilla (porqué me llama siempre el mar, cualquier mar? Seré descendiente de Ulises?) y contemplar al fondo el estuario del Sena y más allá las playas de Normandía donde desembarcaron los Aliados durante la II Guerra Mundial. Armonie, pequeña mujer de estatura con una sonrisa que le sirve de escalera, hija de españoles marcados por el pasado inevitable español, me cuenta que una ola se llevó allí a la hija de Víctor Hugo, y que desde entonces, sus poemas fueron un latido triste; nunca superó su pérdida.
Ignacio del Valle firma a mi lado, y de vez en cuando se entretiene con Respirar por la Herida. Este escritor tiene ojos tan azules que parece salido de una de sus glaciales novelas. Nadie diría que somos de la misma tierra, y los normandos lo confunden con uno de los suyos.
Hay tiempo para charlas, debates programados, pero también espontáneos entre escritores, lectores, libreros y editores. Hablamos de política, de fútbol, de libros y de pintura. En algún momento pienso en el encuentro del Colegio de Abogados que tuve con Lorenzo Silva y Reyes Calderón. Todo va tan deprisa que apenas tengo tiempo de disfrutarlo. Ayer era ayer, hoy es hoy.
Cenamos en una casa con historia, cuando ya el festival se apaga y la mayoría de escritores se han marchado ya. A la luz de las velas, en un jardín en medio de la ciudad, privilegio de los privilegios, me cuentan que aquella casa fue una vez de unos comerciantes judíos que fueron deportados. Sus nuevos dueños, que compraron la casa años después, un día encontraron en este jardín frondoso un tesoro enterrado. Imagino la cara de un niño escarbando para plantar un magnolio y encontrando relojes, joyas y manuscritos.
Camino a París, al día siguiente, descubro que me he dejado la documentación, el dinero y el teléfono en casa de mi benévola Armonie. Mea Culpa, despistarme viendo sus rosales mientras llovía y tomaba un café, fumando tras la vidriera del invernadero. No llevo nada encima, salvo lo puesto y un billete de avión en el bolsillo que, sin DNI no sirve para nada. Durante un par de horas me imagino cómo es de duro el mundo para quien no tiene papeles, ni dinero, ni puede estar comunicado. No existes, literalmente, Pero yo tengo amigos.
Emanuelle, de la editorial francesa ya se ha ocupado de todo con Armonie, un día extra en Saint Germain de Pres, un hotel en la calle du Dragon, un nuevo billete...Solo ha sido un espejismo, la soledad. Armonie ya se ha encargado de hacerme llegar mis papeles. Ya no soy invisible, ya puedo mirar el Mundo desde el lado de los tranquilos.
Presentamos la nueva novela, La Maison des Chagrins (Respirar por la Herida) en plan lanzamiento best-seller, el teatro del Odeón, la sala regia, llena de libreros y detrás un enorme afiche con la portada. Cecile, la intérprete me pregunta si estoy nervioso. Sonrío, uno no puede ponerse nervioso cuando es feliz, le digo.
Tras la presentación, asombrad todavía por el vértigo de una vida que me colma de momentos impensables hace un tiempo, dejo atrás ciertas mezquindades, aunque no puedo evitar entristecerme al pensar en cómo van las cosas aquí. Prefiero borrar la informalidad, las mentiras, los engaños, los abusos de confianza. Ahora solo veo París, el cielo brumoso, los aplausos y el enorme abrazo que me da Françoise, la editora.
Camino ya a solas y me siento en un café del boulevard Saint Germain, el café des fleurs, de los escritores que venían a emular a Cortázar. A mi derecha una mujer se prepara con dos bebés para dormir al raso, bajo la marquesina de la librería des Pages. Un afiche de Picasso reverbera en el escaparate. Vuelve a llover. La mujer le cuenta algo a los bebés, estos sonríen. Como si fueran a encontrar un tesoro en el jardín de una vieja casa en Le Havre, solo que escarban entre mantas raídas. Sin papeles, sin dinero. Sin amigos. Pero tienen a su madre, y no los dejará solos, pase lo que pase.
Vuelvo a casa con el teléfono cargado de llamadas y mensajes. No tengo ánimo para contestarlos.
Mientras el avión se eleva sobre el cielo de Orly pienso en las últimas páginas del libro que he estado leyendo. La literatura me sabe ahora a poco. Ni siquiera me molestan los malditos imbéciles que se han colado en la fila del embarque o la conversación carrasposa y envenenada de mis compañeros de asiento poniendo a parir a sus compañeros de trabajo.
Pienso en esos niños en el boulevard Saint Germain, donde volverán esta noche. Los veo a ellos y me estremezco al pensar en otro niño, hace 45 años.
Pero, al cabo de unos minutos, sonrío. Sé que se abrirán camino, con esfuerzo, luchando, como lucha por ellos ahora su madre,  que un día llegará para ellos un aplauso en el Ódeon.

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