domingo, 6 de mayo de 2012

Sencillo

Las vidas que una vez soñaste siendo niña quedaron demasiado pronto atrás.
Casi sin tiempo a decirle adiós a esa chiquilla que veías en el espejo.
Llegué yo.
Y ahí sigo, siempre flotando en tu mirada.
En el latido de tu corazón.
En las tristezas que sientes por mí y que querrías quitarme con un abrazo.
En las alegrías de la que te apartas a un rincón porque dices que el momento es mío.
Te recuerdo tan chica. Al principio mirándote desde abajo. Poco a poco desde los ojos.
No siempre somos los mejores hijos.
No siempre alcanzamos a tiempo la sabiduría que nos traen los años.
No siempre estamos ahí para curar esas manos que aún huelen a harina.
A veces lo sabemos todo demasiado tarde.

Pero tú nunca llegas tarde a mi mirada.
Tu voz nunca se esconde detrás de una queja, de un lamento.
Aunque sé que te duele.
Aunque sé que el corazón te grita de alegría por las pupilas cuando me miras y piensas que el reflejo de aquella niña vive hoy en mí. 

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