martes, 3 de abril de 2012

La balanza



Llego a Lyon y esta vez no me espera la nieve ni esos campos que parecían desde la ventanilla del avión el escenario de la batalla de las Ardenas la última vez que estuve aquí. me gusta este aeropuerto con nombre de Principito. Además de escritor, Sain Euxèpery sólo podía ser aviador, claro.
Voy con el tiempo justo pero me gusta guardarme cada detalle. Los detalles son la geografía del momento. Y yo sé que los momentos pasan, así que quiero guardarlo todo, desde el principio. Para cuando la memoria invente el pasado. En la puerta me espera un taxista oriental que se llama Jean (me parece, porque mi francés es tan duro como mi oído, a pesar de que se esfuerza en hacerse entender y yo me esfuerzo en hacerme entendido) Sostiene un cartelito con mi nombre (mi apellido) Mr Del Arbiol. Me acerco, lo saludo y le borro la i. Mejor así, le digo, nunca se sabe si aparecerá un tipo apellidado Del Arbiol y me pispará el taxi.
Tomamos la autoroute a Lyon. Hablamos un poco, mi lengua y mi mente necesitan calentar un poco para desperezar los escasísimos conocimientos de francés. Me gusta este idioma, y me fascina la musicalidad de los franceses cuando dicen "yo hablo un poquito el español" y me apeno pensando que no en todas partes todos estamos tan dispuestos a ponerlo todo de nuestra parte para entendernos.
Aparece el Rhoine, y me gustaría parar y bajarme, asomarme a la barandilla de un puente y contemplar con calma su cauce verdoso y la catedral que se eleva como un ente altivo y distante. Pero no hay tiempo. Son las 16:45, estamos en un atasco. Y a las cinco me espera el señor Watson ( un escritor inglés al que no conozco, pero que parece ser que ha vendido millones de ejemplares, y con el que voy a debatir sobre hacia dónde va la novela negra (¿?). Me llama la jefa de prensa de la editorial, un encanto de mujer con un apellido glorioso. ¿Dónde estás? No lo sé, pienso, en la gloria, cerca de ella, en el asiento trasero de un taxi contemplando por la ventanilla algo que tal vez nunca se repita.
El bouchon Liones es una especialidad de restaurante donde se comida comida típica. Luego, horas después sabré por mi colega y amigo Carlos Salem, que también significa atasco, tapón. Así que debemos estar en un bouchón de narices.
Pero llego, siempre se llega, a dónde quiera que sea. A veces también a los lugares inesperados.
Ya están todos en la sala principal del Palacio de Comercio. Es como caer por la trampilla de un avión sin paracaídas. Vuelas tan tranquilo leyendo el periódico y de repente, zas, el suelo se abre y estás inmerso en otro lugar, en otra realidad, tan real o irreal como tú quieras creer. Veo a mi amigo Claude, su pelo canoso y su naríz afilada que le sirve de parapeto. Ya ha visto todo lo que tenía que ver en este mundo y me sonríe. Los chistes privados son como una especie de secreto placentero.
Lo primero que me llama la atención es la inmensa sala, los frescos de los techos, las luces y ver a más de doscientas personas esperando para escuchar lo que yo (no me engaño, y sobretodo el escritor inglés) tenemos que decir. ¿Pero qué tenemos qué decir? teorizar sobre los anhelos y las necesidades siempre es algo un poco ajeno. Fuera del papel uno se siente, la verdad, un poco extraño.
Hablamos en inglés, en francés, en castellano. El instituto Cervantes ha traído dos traductores al español y al francés. A veces se me olvida que necesitan una pausa para interpretar lo que digo.
De allí corriendo a la Chapelle, un marco inmenso, asombroso, hermoso como el milagro que estoy viviendo sin tiempo para saborear, y sin embargo, me tomo mis pausas, mi corazón late con una calma absoluta, quizá porque estoy pensando en Lola, en Aurélia que se está muriendo al otro lado de una frontera que sólo está dibujada en los mapas. Quizáporque me pregunto para qué sirven los sueños que no puedes compartir con los que amas.
Claude y yo volvemos a sonreirnos cuando todas las personas y personalidades (no son lo mismo, y tampoco lo son los personajes) me llaman para que suba al escenario, donde antiguamente hubo un altar y donde ahora se ofician otros actos donde son otros los oficiantes.
Y a partir de aquí la hermosa certeza de estar viviendo unos días únicos, unos momentos que pasarán, que serán sepultados por otros momentos en los que yo ya no seré el protagonista. La Gloria pasa deprisa y sólo te acaricia de pasada. Mejor así, me digo mientras unos y otros me felicitan. Mejor pensar ahora en las páginas que he dejado a medio escribir en Barcelona, en los amigos que están trabajando, en Lola que está sentada junto a la cama de su madre. Mejor saber que los espejismos son bellos en el momento que refulge el sol para desvanecerse después. Pero nadie puede evitar que este niño de cuarenta y cuatro años cierre un momento los ojos para que nadie vea que se le están escapando las lágrimas.
Lo siguiente es algo asombroso: más ponencias, firmas como nunca antes, colas de lectores que quieren hablar contigo, que les firmes un libro (sigo sin entender porqué), hacerse una foto contigo..incluso firmo ejemplares en español y me acuerdo de los amigos de Alrevés, en cómo están sufriendo para que La Tristeza del Samurai triunfe en España como aquí, mientras que en Lyon los estudiantes de español quieren "practicar tu hermosa lengua y conocer un poco de tu asombroso País" Asombrosos somos, sí.
Más ponencias con escritores que hasta hace unos días no sabían que existía. Yo sí: yo los tenía a todos en mis estantes, los leía desde hace años sin imaginar que son seres unidos por los mismos miedos y pasiones que yo: Cook,Kerr, Meyer...Hablamos del amor en la literatura, hablamos de la culpa, de la redención. Y cada ponencia está a rebosar de gente que quiere escuchar y decir.
Con todo, lo mejor son los ratos en los que fumo un pitillo con los organizadores del festival, todos voluntarios, con lectores que me encuentran por casualidad, y las risas incontenibles e irreverentes con Carlos Salem, ese escritor imperativo español y argentino al que me he prometido leer.
Todo va pasando demasiado deprisa, demasiado. Pero encuentro momentos de soledad en la escalinata interior del palacio, entre montones de sillas, tapetes y cachibaches que han amontonado en una sala para no afear el escenario magnífico del salón. Allí fumo solo, lloro solo, pienso solo. Y me doy cuenta de que la soledad es un bien preciado y precioso, una pausa en el camino que abre los pasadizos secretos que te conectan con el mundo y contigo mismo. En silencio, le doy las gracias al universo por todos sus dones, le pido que no me falle ahora el esfuerzo, que en España las cosas vayan un poco mejor para mí y la editorial....Siempre hay algo que pedir incluso cuando se tiene todo.
Y mientras vuelvo con una sonrisa a la librería donde me esperan para continuar firmando ejemplares, veo en el reflejo de una hermosa puerta el rostro de Lola mirándome desde Barcelona, poniéndome bien la chaqueta, recordándome que no me ponga la mano en la mejilla, moviéndome el flequillo como si fuese mi primer día de colegio. La veo cansada y ojerosa, diciéndome "adiós, amor. Ve a por nuestro sueño"

1 comentario:

  1. Me alegro de que gente como tu, pueda vivir y disfrutar sus sueños. Todo tiene un por qué....en tu caqso está claro. Te lo has "currado".

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