martes, 18 de octubre de 2011

Viajaba en aquel tren


(Deja el enlace para después)
En los tiempos que corren, quedarte quieto es arriesgarte a que te atropellen, te empujen, o te miren como si fueses idiota. Y si además de eso te sorprenden mirando hacia arriba, entonces estás perdido. Pero la verdad es que a poco que uno afloja el paso, los matices que cobran las cosas que nos rodean son asombrosos y es inevitable que esas mismas cosas que pasan desapercibidas para otros, alargen sus manos como fantasmas, tiren de ti reclamando atención y acaben encelándote, dejándote boquiabierto y flojo, como si no estuvieras aquí. Puede pasar con cualquier cosa, por ejemplo con una bolsa de supermercado, sucia y mugrienta que va danzando al son del aire y que hace que recuerde una escena similar en no recuerdo qué película. O el modo peculiar de leer que tiene una chica sentada en el capó de un coche, con la cabeza ladeada, como si quisiera ver lo que hay debajo de las letras, o sus calcetines listados que me recuerdan a Pipi Langstroon.
Hay algo especial en el modo de deslizarse de las ruedas de un camión sobre un bache encharcado. Miro el barro que salta hasta la acera y escucho las imprecaciones de una señora a la que le ha manchado los bajos del pantalón. Se los levanta y miro sus venas varicosas, como pesados ríos de lava azul que se apelotona sin encontrar salida. Sigo la curva de una colilla que un adolescente ha lanzado justo al paso de un motorista, que hace un quiebro intuitivo y se vuelve jurando en arameo mientras el precoz aspirante al efisema se ríe y le señala el centro de su culo con un dedo.
Todo sigue y todo pasa, al mismo tiempo. sin cesar, rodeándome, me llama como las sirenas a Ulises, la realidad me llama para hacerme embarrancar. Hasta que entro en el vestíbulo precioso y reformado de la estación, y escucho la voz de esa mujer por altavoz anunciando los trenes y las vías (¿cómo será? Qué curioso, enamorarte de la musicalidad de una voz que anuncia la llegada del AVE). los pasos de los viajeros encuentran un eco especial en el pavimento de las estaciones, distinto al de los aeropuertos o las estaciones de autobuses. Aquí es como si sonaran bajo las cúpulas de una gran catedral de sueños y posibilidades. A dónde van, de dónde vienen, qué traen en las maletas, qué llevan a sus nuevas vidas ¿volverán? ¿recordarán a los seres que dejan atrás? ¿Serán felices allá donde el tren les deje, en ese nuevo andén? Todas las metáforas caben en la vía de un tren, todas las canciones, todas las poesías, todas las novelas.
Allí me quedo, contemplando los raíles y las ruedas neumáticas cargadas de grasa, y aunque añoro esos tiempos de las orlas de vapor y el giro de la máquina motriz, un escalofrío me recorre la espalda cuando mi amor enlatado canta con su mejor voz: señores pasajeros, al tren.

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